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Manuel Azaña[/caption]

 

Durante décadas, Manuel Azaña soportó la incomprensión y el desprecio de la izquierda y la derecha, pero el tiempo ha hecho justicia, reconociendo que su idea de España no era perfecta, pero sí humana, inteligente y necesaria. Azaña reivindicaba una España laica, tolerante y republicana, sin espacio para la intransigencia o el fanatismo. Una España reflexiva, plural y templada que desterrara el odio y el atavismo. La misión de la política no es defender intereses de clase, ni apegos locales, sino crear un Estado de derecho, con la fuerza necesaria para garantizar la libertad y la convivencia pacífica. Sólo el imperio de la ley puede acabar con los pronunciamientos militares y las algaradas revolucionarias, protegiendo los derechos individuales. Manuel Azaña, que nació en Alcalá de Henares el 10 de enero de 1880, procedía de una familia de altos funcionarios públicos de ideología liberal. Su bisabuelo había proclamado la Constitución de 1812 en la cuna de Cervantes, ejerciendo la autoridad que le confería su condición de secretario de Ayuntamiento. Su abuelo había dirigido la milicia nacional de la localidad y su padre había ocupado en dos períodos el sillón de alcalde, introduciendo amplias mejoras en las infraestructuras y creando escuelas para adultos. Además, había escrito una ambiciosa Historia de Alcalá de Henares en dos volúmenes (1882-1883). Aunque a los diez años se había quedado huérfano, creciendo en el hogar de unas tías, Manuel nunca olvidó sus orígenes, que influyeron de una forma determinante en su vocación política y literaria.

Solitario, orgulloso y melancólico, nunca se entusiasmó con las labores de gobierno. A pesar de haber obtenido una plaza de notario por oposición, se aburría con las cuestiones burocráticas: “Yo no hablo como un técnico, porque no lo soy. Yo soy un político”. Jamás aceptó la separación de ética y política propuesta por Maquiavelo, según el cual gobernar es una técnica, no un ejercicio de virtud. Ateneísta, ensayista y novelista, su interés por la política sólo era la continuación de su quehacer intelectual. Admirador de la cultura francesa, entendía que la lucha por el poder se justificaba por el anhelo de impulsar la civilización, acometiendo las reformas necesarias para combatir la ignorancia y la barbarie. Cuando afirma que “el Museo del Prado es más importante que la Monarquía y la República juntas”, no se deja llevar por un arrebato sentimental. Piensa que la educación de los pueblos constituye una prioridad, pues el saber no es un simple adorno, sino el fundamento de la paz y la concordia. Su perspectiva es la de un ilustrado que cree en el progreso por medio del conocimiento. Se considera heredero de los liberales de Cádiz, los septembristas del Sexenio Democrático y los maestros de la Institución Libre de Enseñanza. Europeísta convencido, opinaba que cualquier cambio político sería infructuoso sin “la transformación moral del individuo”. Por eso, había que apostar por la “evolución” y no por la “revolución”, que siembra odio y rencor con su violencia.

Azaña modificará su punto de vista tras el golpe de Estado del general Primo de Rivera. Si las oligarquías recurrían a la fuerza para frenar las reformas, no cabía otra alternativa que la oposición revolucionaria. Su faceta como conspirador se aplacaría cuando cayó la Monarquía y se proclama la Segunda República. Después de ese cambio de escenario, recupera su talante reformista, convencido de que el Estado puede actuar como educador, cambiando el paisaje social desde el poder: “El poder del Estado es una fuerza creadora, si se sabe hacer uso de ella con inteligencia”. En 1932, confiesa en un discurso en las Cortes: “Nosotros los castellanos, lo vemos todo en el Estado y donde se nos acaba el Estado se nos acaba todo”. Su objetivo es modernizar España, librando a los poderes públicos de la coerción de la Iglesia y el Ejército. Sólo con escuelas laicas podrá surgir una nueva generación emancipada de miedos y supersticiones. Indiscutiblemente, España necesita renovar su economía para incrementar la riqueza y mitigar las desigualdades, pero “no todo progreso consiste en hacer máquinas. Lo primero que hay que hacer es espíritu”. Espíritu cívico, que engendre ciudadanos responsables, y sensibilidad estética, sin la cual no hay porvenir para el arte y la belleza. Azaña cita el ejemplo de Carlos III, que protegió un árbol al final de su vida, desoyendo a quienes alegaban la necesidad de arrancarlo para mejorar el tránsito de un camino de El Pardo. Muchas veces se pregunto qué sería de aquel árbol, cuando él muriera: “Aquel rey ya presentía el advenimiento del técnico desalmado que esgrime su suficiencia contra la amenidad y la fantasía”.

Cuando escribe La jornada en Benicarló, ocupa la Presidencia del Gobierno y se ha trasladado a Barcelona, obedeciendo al Consejo de Ministros, que ha decidido alejarlo de Madrid por la proximidad de los sublevados. A principios de 1937, Azaña es un hombre abatido, que contempla los acontecimientos con enorme pesimismo. No le sorprende la violencia de los militares alzados, pero los crímenes de la retaguardia republicana han destruido sus expectativas sobre el papel educador y civilizador del Estado republicano. Durante el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid, han asesinado a Melquiades Álvarez, fundador del Partido Reformista y su mentor político. Opuesto a la intervención de los sindicatos y las milicias populares en el conflicto bélico, sus palabras en el Congreso de los Diputados en abril del 36 parecen ingenuas: “Ya sé yo que estando arraigada como está en el carácter español la violencia, no se puede proscribir por decreto, pero es conforme a nuestros sentimientos más íntimos el desear que haya sonado la hora en que los españoles dejen de fusilarse los unos a los otros”. Azaña sólo reitera lo que había expresado en 1919 en un artículo publicado en El Imparcial: “La guerra es un mal absoluto sin compensación posible ni mezcla de bien alguno”. Ni siquiera el espanto de la guerra civil le hará cambiar de opinión. En su famoso discurso en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938, pedirá “Paz, Piedad y Perdón”, asegurando que es el mensaje enviado por los caídos en defensa de la República.

La jornada en Benicarló reúne a once personajes que pasan la noche en un albergue situado frente al mar. Alrededor, hay olivos y huertas. Bajo la luz del atardecer, se recorta “la silueta abrupta de Peñíscola”. No se trata de una reunión concertada, sino de un encuentro casual. El automóvil del doctor Lluch se acerca al parador en compañía de Miguel Rivera, diputado, el comandante Blanchart, comandante de infantería, Laredo, oficial de aviación y convaleciente de graves heridas, y Paquita Vargas, artista de zarzuela. Sólo faltan dos meses para las Jornadas de Mayo, que enfrentarán a las milicias anarquistas y trotskistas con el gobierno de la República y la Generalitat, con un saldo de mil muertos. Los controles de carretera de los milicianos, las haciendas saqueadas y los fusilamientos incontrolados evidencian una tensión creciente. El doctor Lluch comenta: “Hace meses se encontraba uno en las cunetas de este camino a los muertos rebozados en su propia sangre”. Escéptico y descreído, exclama: “La historia es una acción estúpida. Ajena, cuando no contraria a la inteligencia humana”. No se hace ilusiones sobre el futuro. Piensa que el devenir histórico conspira contra la clarividencia y la mesura: “A los hombres como nosotros se les acaba el mundo. Sobramos en todas partes”. En el albergue se encuentran con Claudio Marón, abogado, Eliseo Morales, escritor, Garcés, exministro, Pastrana, “prohombre socialista”, Barcala, propagandista, y un capitán del ejército.  Se ha especulado mucho con los seres reales que se esconden detrás de los personajes de ficción. Se ha identificado al propio Azaña con Garcés y Morales, que encarnarían su doble vertiente como político y escritor. Pastrana recuerda a Indalecio Prieto, pero sería más exacto decir que representa al socialismo moderado, donde se incluirían a figuras como Fernando de los Ríos y Julián Besteiro. Algunos han reconocido a Negrín en el doctor Lluch, pero otros han señalado que refleja el desencanto y la desesperanza del último Azaña. Barcala se aproxima a Largo Caballero y el abogado Marón reproduce el talante de Ossorio y Gallardo, diputado democratacristiano. El resto de los personajes representan a su clase social o profesión, desempeñando un papel secundario.

Sin acotaciones, salvo al inicio y al final, el texto discurre sin interrupciones, con apariencia de diálogo platónico. Al igual que el filósofo ateniense, Azaña intenta plasmar su concepto de la República, la forma política que considera más apropiada para la modernización de España y su incorporación a Europa. Al principio, Azaña cede la palabra a Morales, escritor de ideas liberales. Morales deplora el fanatismo del español, que se vanagloria de su intolerancia, proclamando que es “más papista que el Papa”. La guerra ha exacerbado esa vehemencia. Los fusilamientos se suceden en las tapias de todos los cementerios, no sólo en el bando de los rebeldes. Muchos creen que la única forma de arreglar los problemas es partir de cero, eliminando sin piedad los obstáculos, ya sean hombres, edificios o ideas. La incapacidad de dialogar con el rival es un síntoma de barbarie, tristemente arraigado en la geografía nacional: “A dos kilómetros del asfalto de la Castellana, reaparece el siglo IX. En las mismas grandes ciudades hay núcleos importantes de barbarie; peor aún, de civilizados anacrónicos, resistentes a toda penetración”. España siempre ha vivido con la mirada atrás, oponiéndose a los cambios. A pesar de ese atraso, se aprecian, incluso en los pueblos más aislados y depauperados, “vetas civilizadas, notables en sentimientos de hospitalidad, de cortesía, de buen juicio”. Es la herencia de la romanización y el cristianismo, pero esas virtudes conviven con la hosquedad, la desconfianza y la ofuscación mental. Morales suspira por el progreso, pero una meta tan alta y encomiable pierde su atractivo, si se materializa a costa de sufrimiento y violencia: “Esperaba y deseaba la República como instrumento de civilización en España, no por arrebato místico. Con todo: si el año 30 o 31, en los preliminares de la República, su advenimiento hubiese dependido de mí, a condición de sumergir a España en una guerra espantosa, me habría resignado a no ver la República en toda mi vida”. A pesar de todo, sabe que la República, vituperada por los rebeldes como supuesta “antipatria”, constituía la oportunidad de inaugurar “una era de independencia espiritual y de respeto al pensamiento”. Después de una Ilustración insuficiente y un liberalismo tibio, había surgido la posibilidad de un Estado educador, animado por el propósito de establecer una sociedad próspera y libre. Nadie reivindica ahora ese proyecto: “Acabada la guerra, veremos si los combatientes que defienden su libertad comprenden que se han batido por la libertad de todos, incluso la de sus actuales enemigos, y si lo comprenden también los poderes de retaguardia”.

Indudablemente, el exministro Garcés es el personaje que expresa de forma más completa y coherente el punto de vista de Azaña. El político retirado se queja de la intervención de Alemania e Italia, de la pasividad de las democracias,  de los desmanes de la retaguardia y de la indisciplina de las fuerzas republicanas. Estima que la violencia de la guerra constituye una involución del espíritu. Además de inmoral, la violencia es inútil: “Ninguna política puede fundarse en la decisión de exterminar al adversario. Es locura, y en todo caso irrealizable. […] Mucho puede el terror, pero su falla consiste en que él mismo engendra la fuerza que lo aniquile”. Garcés considera que el furor exterminador desatado por la guerra no procede de las desigualdades, sino de la peculiaridad del carácter español: “El odio inextinguible azota a los españoles. Es falso llamarlo odio de clases. Dentro de cada clase el odio hace estragos. Ahí están las sindicales, asesinándose guapamente, y los burgueses de la rebelión fusilan en racimos a los burgueses del Frente Popular”. No oculta su pesimismo: “Estoy desolado por el fracaso de la República y sus consecuencias”. El golpe de estado ha propiciado una insurrección proletaria, pero las milicias han acabado alzándose contra la República, exigiendo una revolución que implante un nuevo orden social. Esta situación ha beneficiado a los rebeldes, pues en el bando republicano se han extendido la anarquía, la indisciplina y el desorden. Hasta la Generalidad se ha sublevado contra el gobierno, actuando de una forma egoísta y desleal: “La Generalidad funciona insurreccionada contra el Gobierno. Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en extremar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho”. Su indiferencia hacia la República resulta particularmente trágica en el campo de batalla. A pesar de ser una región próspera y rica, no ha movilizado sus recursos materiales, ni humanos: “Mientras otros se baten y mueren, Cataluña hace política. En el frente no hay casi nadie. Que los rebeldes no hayan tratado de romperlo, da que pensar”. Su pasividad sólo favorece al bando franquista: “Cataluña ha sustraído una fuerza enorme a la resistencia contra los rebeldes y al empuje militar de la República”. No hay solidaridad nacional, sino oportunismo y rapacidad: “La casa comenzó a arder por el tejado, y los vecinos, en lugar de acudir todos a apagar el fuego, se han dedicado a saquearse los unos a los otros y a llevarse cada cual lo que podía”. De nuevo, la Generalidad ha aprovechado las circunstancias para alimentar su sueño soberanista: “Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la Gran Cataluña”. Casi nadie ha trabajado por la “obra común”. Los sindicatos han instigado huelgas que han paralizado o retrasado acciones militares, aprovechando la coyuntura para demandar mejoras en las condiciones de trabajo. Esa falta de compromiso ha corrido paralela a la crueldad. Es cierto que los rebeldes han perpetrado atrocidades, pero eso no excusa los saqueos, las venganzas y las matanzas de las milicias: “Ellos son la negación de la ley, nosotros somos el Gobierno, la legitimidad, la República”. Confiesa que deseó morir, cuando una turba asaltó la Cárcel Modelo de Madrid y mató a los presos políticos más significativos: “El Presidente del Consejo lloraba lágrimas de horror. Razón no le faltaba”. Al crimen hay que responder con la ley, no con el crimen, duplicando la infamia. Admite que habría escondido en su casa a las víctimas, si hubiera podido hacerlo. Frente al fanatismo, reclama templanza, serenidad, reflexión, sensatez. Sabe que casi nadie le acompaña en ese viaje. Barcala se lo dice claramente: “Lo que usted piensa no sirve para nada. Nadie le escucha. En el otro bando le aborrecen por estar con nosotros, y en éste le volverán la espalda porque no se entrega a fondo”. Garcés ya lo sabe: “Tal es el rigor de mi destino. Lo conozco bien”. Le ofrecen unas pastillas para conciliar el sueño, pero las rechaza: “Prefiero seguir a brazo partido con mis pensamientos. Luchar con ellos es una forma de esperanza”.

La jornada en Benicarló deplora el desprestigio de la moderación, la incapacidad de crear un sentimiento nacional en el bando republicano, la insolidaridad de las regiones separatistas, la exaltación de la violencia, los egoísmos de clase, la crisis de la civilización bajo las presiones totalitarias. Desde el punto de vista literario, Azaña demuestra talento para el diálogo, consistencia en la creación de personajes, pulso narrativo. No alumbra una pieza perfecta, pero sí un clásico del pensamiento político. Es literatura de urgencias, que afronta el reto de retratar un momento histórico especialmente trágico, sin sucumbir a las consignas ideológicas que simplifican y deforman la verdad. Es un texto de enorme fuerza dramática, con la brutal sinceridad de una conciencia abrumada y lúcida, que se refugia en las palabras, donde la libertad y la razón plantan batalla al dogmatismo y a la tiranía de cualquier color. Desde el punto de vista político, es la crónica de un hundimiento, un testamento sin destinatario inmediato, pues nadie quiere escuchar la voz de la moderación. Sólo las generaciones posteriores apreciarán el valor de un texto melancólico y crepuscular, donde despunta la España que pudo ser y fracasó por la mezquindad de unos y otros. Azaña consideraba que había llegado demasiado tarde a su cita con la historia, pero la perspectiva del tiempo ha revelado que fue un precursor de los cambios experimentados por nuestro país décadas más tarde, cuando se asimiló la necesidad de reconocer al adversario político como un conciudadano y no como un enemigo.


Nota bibliográfica:

He manejado la excelente edición crítica de Manuel Aragón, con un prólogo esclarecedor y una completa bibliografía. Castalia publicó esta versión y Edhasa la rescató en marzo de 2017, incluyendo un pequeño álbum fotográfico, que completa el texto con imágenes de la vida de Azaña.