Antes de escribir sobre cualquier serie suelo documentarme. Primero la veo y después me pongo el bañador, me tapo la nariz y salto a la charca internáutica para ver qué se ha escrito sobre tal o cual novedad que me interesa (hay quienes prefieren evitarse esos ratos de nado en aguas profundas y bucear libres de influencias entre las imágenes; postura totalmente respetable, sana y hasta diría que ejemplar. Yo estoy lejos de ser un ejemplo para nadie; sólo tienen que darse cuenta de que acabo de utilizar la primera persona, algo que prohíben todos los manuales del buen periodismo y los libros de estilo para redactar esquelas fetén, así que estoy a dos yoes del linchamiento profesional). Rastreo Twitter, leo las columnas –a veces las páginas– que los periódicos dedican a las series de televisión y husmeo entre las revistas y las webs especializadas para ver si encuentro cualquier cosa que sea de mi interés, desde detalles que pasé por alto a lecturas que reafirmen mis hipótesis o, mejor aún, que las contradigan (sí, también me topo con textos a los que solo una chimenea les haría justicia y pienso en lo mal que lo pasarían Pepe Carvalho o los nazis con esta nuestra actual literatura intangible, que se puede leer pero no tocar, que no puede arder). Para no cometer latrocinio intelectual, a medida que voy repasando todo lo que otros han escrito sobre cualquiera que sea el asunto, abro un documento de Word sobre el que pego todo aquello que despierta mi interés, añadiendo siempre al final de cada selección el nombre de su autor para citarlo convenientemente si procede, evitando así no hacer pasar sus ideas por las mías aún cuando haya coincidencia opinativa o cierto paralelismo en las argumentaciones.

Si traigo está práctica a colación es porque, mientras iba saltando entradas de Google a la búsqueda de escritos sobre la tercera temporada de Mira lo que has hecho que pudieran ser honrados con un copia/pega, me di de bruces con un blog cuya escatológica nomenclatura captó mi atención como aquel neón de gasolinera que, cierta noche sin estrellas, le guiñó un ojo al piloto de la reserva que teñía de rojo el salpicadero de mi coche (quizá las vacaciones en el desierto de Atacama no fueron tan buena idea). ‘Ficciones de mierda’ se llamaba el blog (¡cómo no rendirse ante ese apelativo!) y venía firmado por David Aaron Jr. (¡e incluía un agravio!). Si he referido este hallazgo en pretérito imperfecto es porque, cuando me he puesto a escribir estas líneas, en internet no queda ni rastro del blog y su creador parece haberse evaporado como una aspirina en una piscina olímpica (yo lo leí hará, más o menos, una semana). Les juro que he tratado de buscarle utilizando todos los medios a mi alcance sin éxito alguno, cosa que me exaspera puesto que corro el riesgo de que me tomen por un farsante (¡cómo si yo me dedicase a la ficción!). De todos modos, mi espíritu biblioteconomista hizo que conservara su texto titulado ‘Ni puta gracia’ a propósito de la entrega final de la serie de Movistar +; ni que decir tiene que si usted, querido lector, es capaz de dar con el paradero de David Aaron Jr. o con su ahora inencontrable cuaderno de bitácora, agradeceré que me haga llegar sus señas de la manera que estime oportuna (exceptuando el lanzamiento contra alguna de mis ventanas de un hatillo formado por un papel con los datos del susodicho y un ladrillo).

Por mi parte, lo único que puedo hacer es encomendarme a mi vagancia y citar algunas partes de su análisis, un análisis con el que mantengo una relación elástica, de tensión sin llegar al rompimiento, como un lifting bien hecho -que te deforma el rostro y te deja la piel tirante- o como una máscara de látex diseñada para una cabeza no tan prominente como la que uso. Para esquivar cualquier confusión entre sus opiniones y las mías -me gusta entremeterme en los asuntos de los demás, como un abuelo curioso y sordo- me tomo la licencia de inclinar sus frases empleando la cursiva, conservando la rectitud para mis intervenciones, contrapunto y ampliación del campo de batalla a sus objeciones y diría que también a su estilo. Las comillas también deberían ponerles sobre aviso.

“Berto Romero es un mal actor, pero es un tipo listo. Tan listo como para esconderse detrás de una serie y hacer todos esos chistes que (según él) ya no se pueden hacer. Basta con convertirse en un personaje. En la tercera y (aleluya) última temporada de 'Mira lo que has hecho' un chascarrillo a propósito de Hitler desencadenará una cruzada mediática contra el Berto personaje (chistes sobre el Führer: Vigalondo tiene un máster). Una coartada -otra más- para hablar de los límites del humor (un tema inédito), de lo complicado que es burlarse en el presente sin levantar suspicacias (por eso en este país casi no hay cómicos), de la comedia bajo sospecha permanente. Pero el Berto real es un tipo avispado (logró que lo nominaran a un Goya… como actor). Los otros dos guionistas -Enric Pardo y Rafel Barceló – parece que también. Así que utilizan a otros personajes para hacer todas esas bromas prohibidas (esta frase hay que leerla imitando al Doctor Maligno de Austin Powers). La madre de Berto, que sufre demencia, se marca un número de stand up comedy Arévalo style. Hace chistes racistas a propósito de sus aspirantes a cuidadora. También hay bromas sobre enanos y humor soez. Y pullas contra las organizaciones antifascistas o las asociaciones LGTBI. No se salva nadie. El cuñado facha, que aquí adopta la forma de un primo calvo y con bigote, tampoco. Sólo que todo es mentira. Esto no es 'Aída' o 'Aquí no hay quien viva', esas series que jamás aparecerán reseñadas en suplementos sesudos como El Cultural ni en revistas de tendencias ni se promocionaran con una lona que podría cubrir Las Ventas porque no son de ninguna plataforma. En 'Mira lo que has hecho' todo es irónico: llamamos a alguien enano de mierda no para burlarnos de él sino para reflexionar sobre el origen o las consecuencias de esa burla (mientras nos burlamos de él). Es una serie para listos (afortunadamente, menos para listos que la segunda temporada, solo apta para personas con un consciente intelectual de 237)”.

“La metaficción queda como algo muy moderno. Esa autoconciencia, ese análisis constante del oficio de cómico es lo que podría parecer que le da calidad a la serie que diría el crack de Sanchidrián. Si lo llamas libro de autoayuda para artistas postadolescentes (“porro, pizza, peli, paja, play”… ¿tenemos 17 años?) a algunas de tus amistades la cara se les retuerce como si se los tragara un desagüe. No eres cool. Hasta que los de Pantomima Full no saquen un video igualmente irónico desmontado 'Mira lo que has hecho' creo que no será posible rajarla públicamente sin correr riesgo de exclusión social. Y poniéndonos canallitas, nos sobran los motivos. Ahí está el personaje de Daniela, con menos recorrido que el auto loco de Pierre Nodoyuna. Es un zeppelin: la ves venir de lejos. La mala de la película. Su arco dramático tiene la misma tensión que una gala de los Goya con Almodóvar nominado. La embaucadora, la trepa, la prima arrabalera de Bernie Madoff. Su cliché, gracias”.

“Tampoco hace falta ir a los secundarios. ¿Qué pasa con Sandra? La coprotagonista, interpretada por Eva Ugarte (actriz, esta sí, nominable), es una mujer que ha renunciado a su trabajo como anestesista, que está haciendo un postgrado y que no es independiente económicamente (le pide 20.000 euros a su marido para invertir en un negocio de máquinas exprimidoras). Todavía sigo buscando a ‘les critiques’ de este país rasgándose las vestiduras, abominando ante tal regresión ¿dónde están los personajes femeninos fuertes? ¿las mujeres liberadas? ¿era está la serie presuntamente renovadora? El único personaje que te arranca dos carcajadas es el padre de Berto -de Berto personaje- que funciona porque parece sacado de una peli de Pajares y Esteso (ese humor que no se puede reivindicar porque enseguida sacan tu carné del club de fans de Vizcaíno Casas). El resto, ni puta gracia”.

Me temo que a David Aaron el coctel Hitler-ironía no le sentó muy bien. Si leen crítica televisiva con cierta regularidad se encontrarán con otras indigestiones como esta. ¡Con lo fácil que es tomarse un Pepcid! Aunque su aproximación me hizo pararme en cosas en las que no había caído (siempre hay que reservar un espacio para aquellos que no piensan como tú) me pareció excesivamente parcial, superficial acorde a sus propias tesis (el texto se componía de un par de párrafos más irrelevantes para el caso que nos ocupa). No meditaba, por ejemplo, sobre el hecho de que la expresión “mira lo que has hecho” pueda entenderse como una reprimenda que, en los inicios de la serie homónima, tendría una doble lectura; la exclamación que sucede a una travesura infantil y la interiorización de la llamada de atención de la conciencia que resuena en las cabezas de unos padres primerizos (¿dónde nos hemos metido?). Ahora, con la serie poniendo el punto final a una aventura de tres temporadas con un episodio que recupera el título de la serie, esa locución alertadora también se eleva como sinónimo de trayectoria creativa y dramática: un “miren hasta donde hemos llegado con esta tontería” y, al mismo tiempo, una revisión del proceso de construcción de los coprotagonistas (¿por qué son como son Berto y Sandra?).

La entrega definitiva -que rebaja la carga metalingüística con respecto a la temporada precedente (aun a riesgo de que David Aaron hijo mande al Mosad a darme las buenas noches: la más redonda por su complicado andamiaje y por la resolución de los problemas que se autoimpone)- profundiza en la compleja formación del núcleo familiar que orbita alrededor de la pareja principal. Estamos ante una temporada dual a todos los niveles, una comedia que ha ido separándose del humor para acercarse sin estridencias, pero sin cortapisas, al drama. Esos cambios de tono están en consonancia con los sinsabores propios de la vida, una tragicomedia, en la mayoría de los casos, peor escrita que Mira lo que has hecho. La dramaturgia no teme pasar del gag descacharrante al hostión trágico, algo lógico en una trama que, más allá del pretexto hitleriano, versa sobre unos padres que ven crecer a los hijos y morir a los abuelos. No hay bloque secuencial que resuma mejor esto que el que cierra ‘Nula visión’ (3.05): asistimos a una agradable comida familiar en casa de Ángela (Carmen Esteban), la madre de Berto; la charla se intuye agradable, hay brindis con cava y fotos de los nietos con su abuela; suena el ‘Summertime’ cantado por Ella Fitzgerald; Ángela les dice adiós desde el interior y se despide de la prole; sus hijos, contentos, convienen que buscar a una cuidadora ha sido un acierto y Berto dice aquello de “¿muy bien mamá, no?” y su hermano José (Jordi Aguilar) le responde un convencido “Yo creo que sí”. Se cierra la puerta de la casa y sin solución de continuidad vemos la foto de Ángela y el ataúd (el cierre de la puerta adquiere, ahora, otra significación). Un corte de montaje nos lleva de la celebración de la vida a un sepelio. En el tanatorio reina el silencio durante tres planos cuyo peso dramático se acrecienta al contraponerlo a la secuencia anterior, con la hermosa voz de la Fitzgerald aterciopelando la banda de sonido. Y, de repente, el humor en sus versiones funeraria y extemporánea-metalingüística (impagable el gag eurovisivo con Andreu Buenafuente) vuelve a aparecer antes de que Berto, Sandra y sus tres hijos monten en el coche y los enanos pidan que suene su playlist, plagada de canciones festivas en total desajuste con el rostro desencajado de los padres. La vida sigue. Siempre. Sin nosotros también.

Esas variaciones tonales no siempre tienen el mismo impacto y en ocasiones exigen la inclusión de suaves piezas de piano para remarcar el cambio de registro. Cuando la música no se introduce para texturizar la secuencia sino para otros fines, Mira lo que has hecho funciona mejor. En ‘Ultra Pressure 3000’ (3.03) suena el Bolero de Maurice Ravel. La archiconocida pieza no connota las imágenes de Berto incapaz de lidiar con su progenie, sino que marca el ritmo de la secuencia, ayuda a coreografiar ese baile imposible entre padre e hijos y demuestra, una vez más, que Javier Ruiz Caldera maneja los tempos de la comedia como casi nadie en el cine español contemporáneo (¡cómo se agradece que el humor no brote exclusivamente de los diálogos!).

Digo esto para constatar que los creadores asumen todos los riesgos posibles y casi siempre salen bien parados. Hacíamos referencia a los cambios de tono, pero están, también los cambios de género o los saltos temporales y la negativa a adecuarse a una estructura determinada. De hecho, vistos los tres primeros episodios, se intuye cierta organización que luego se quebrará sin que por ello la serie pierda ni un ápice de consistencia. Me explico. Si nos fijamos en los tres primeros episodios, todos arrancan con un prólogo onírico construido alrededor de unas claves genéricas concretas: el cine bélico, una versión de En busca del fuego (Jean-Jacques Annaud, 1981) filmada por el trío Zucker-Abrahams-Zucker y una sitcom postapocalíptica. En cada uno de ellos se reflexiona sobre temáticas distintas: en el 3.01 se nos habla sobre los sacrificios familiares en ese punto justo de la vida en el que te has de hacer cargo de tus hijos y de sus abuelos; en el 3.02 sobre los orígenes del humor, sus limitados privilegios y la corta vida de un gag; en el 3.03 sobre el futuro de un audiovisual marcado por la paulatina pérdida de atención de los espectadores. Sin embargo, ‘El condón de la suerte’ (3.04) parece un capítulo independiente, un previously en el que asistimos a los orígenes de la pareja -desde su infancia a su primer encuentro- y en el que, de nuevo, se incide en la influencia que han tenido los padres en la formación de los hijos (esto lo explica muy bien Conchi Cascajosa, profesora de la Carlos III, en este hilo de Twitter. Suscribo su reflexión punto por punto, así que no la repetiré).

Siendo un capítulo estructuralmente diferenciable de los tres anteriores, su relativa autonomía y su colocación en cuarto lugar, lo hermana con los arranques antes citados -un verso suelto situado en un tiempo diferente a la narración principal, como los prólogos- y desactiva lo que podría percibirse como una fórmula; dicho de otro modo, se reconvierte hábilmente lo que podría haber sido un módulo estable dentro de una composición serial (una separata introductoria al inicio de cada episodio). Y ahí empieza otra vez ese juego de recomposición, porque el arranque de ‘Nula visión’ también es un excurso (el descacharrante anuncio paródico de alarmas que firma Carlo Padial) que, sin embargo y al contrario que los prólogos, sí está integrado en el seno de la trama principal. Otro tanto sucede con el principio del episodio final: la serie se ha configurado de tal manera que podemos pensar que asistimos a un flash forward en el que se nos muestra a Berto y Sandra ya ancianos, cuando en realidad son una pareja que celebra sus bodas de oro junto a sus hijos en el mismo restaurante en el que los protagonistas tratan contener a sus retoños, empeñados en protagonizar una versión libre de El libro de la selva (ese gag no funcionaría sin todo el trabajo anterior). De buena parte de lo antedicho se colige que el equipo de guionistas no se arredra a la hora de alterar la temporalidad como se observa en ‘Justicia ciega’ (3.02) y ‘El condón de la suerte’ (3.04).

La producción de Movistar + hace gala de un sano sincretismo en el que una visión crítica, que no dogmática, de la actualidad -la relación que establecen los niños con la televisión, el tipo de programas que dominan la parrilla, la instauración del imperio de la opinión en virtud del cual todo es debatible (un inciso para dejar clara mi postura: la ley de la gravedad no es debatible), la cocainización de la vida social y, en particular, del mundo del espectáculo, la pervivencia de la xenofobia, etc. – se hermana con la inclusión de referencias fílmicas de muy distinta procedencia -de Esta casa es una ruina (Richard Benjamin, 1986) a El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991), de Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) a Scream (Wes Craven, 1996) –, otro sinónimo de esa realidad multiforme, difícilmente acotable, de la que se quiere dar cuenta (cabe no olvidar las evidentes conexiones entre ‘El condón de la suerte’ y la filmografía de Woody Allen; si leen A propósito de nada aún lo verán más claro. Por cierto, otro tanto sucede con los cameos).

Terminaré con una secuencia situada en el series finale. Es aquella que se hilvana, por mediación del It Was A Very Good Year interpretado por Frank Sinatra, con el fragmento citado por Cascajosa en el hilo de Twitter que hemos mencionado anteriormente. En el arranque de esa secuencia de montaje (más extensa) vemos a Berto en los momentos previos a una actuación y a Sandra en su regreso al hospital (David Aaron, ¿cómo quedamos?). Ella correrá la cortina de un box para atender a un paciente y acto seguido veremos abrirse el telón del escenario sobre el que él pronunciará su monólogo. Esa sutura practicada en la mesa de edición iguala esas dos categorías profesionales y es el colofón a un proceso de más largo recorrido consistente en pasar el plumero sobre la figura del cómico para limpiarle el polvo estelar al tiempo que se ponen en valor las tareas sanitarias. En ‘Justicia ciega’ (3.02) ya se comparan las consecuencias de un error cómico con las de un error médico. Son tragedias distintas. La primera no va más allá del contratiempo vergonzante, la segunda no tiene ni puta gracia. No sé si Mira lo que has hecho les habrá desencajado los intestinos o si su sentido del humor les deja tan fríos como al Rey Emérito una comisión de investigación, el mojo de la serie no está -sólo- ahí (hay que leer esto con la voz de Austin Powers/Florentino Fernández).

@EnricAlbero