Por rigores promocionales a los que los periodistas quizá nos plegamos con excesiva sumisión, esta mañana termina el "embargo" por el que reporteros de todo el mundo que ya han visto Oblivion, la nueva película de Tom Cruise, pueden escribir sobre ella, por lo que comenzarán a aparecer las primeras críticas y reseñas a la vez en todas partes. Con una campaña de promoción gigantesca y un presupuesto de 120 millones de dólares, Oblivion, más que llegar a los cines, los toma por asalto y en las medidas y calculadas campañas de Hollywood, todo se controla para que la posibilidad del fracaso sea prácticamente nula.



Oblivion está dirigida por Joseph Kosinski, al que conocemos por el remake de Tron, quien adapta al cine su propia novela gráfica homónima, Oblivion, una historia de ciencia ficción que, como es frecuente en la narrativa contemporánea (empeñadísima en destruir el mundo) se sitúa en un escenario posapocalíptico. En el año 2077 Cruise interpreta a un técnico destacado en una desolada y abandonada tierra que lucha contra unos saqueadores llamados "scavengers" mientras cumple los últimos días de una misión que su novia y compañera de equipo detesta, ansiosa por volver al planeta artificial en el que viven la mayoría de seres humanos que han sobrevivido a una guerra mundial contra extraterrestres que prácticamente destruyó la humanidad.



Planteada como una versión hardcore y opulenta de La Jetée, de Chris Marker, Cruise tiene recuerdos de una vida pasada anterior al conflicto que en teoría ha sido borrada de su memoria y trata de descubrir la verdadera naturaleza de su misión mientras su novia prefiere cerrar los ojos soñando con el futuro de paz y tranquilidad que les espera cuando abandonen la tierra. La trama de Oblivion resulta a veces demasiado confusa y reconozco una cierta dificultad intrínseca con esas películas que nos "obligan" a aprender en dos horas un montón de conceptos que solo existen y funcionan en ella. A veces, es fácil perderse pero el sentido final de la película por supuesto queda lo suficientemente claro como para que lo pueda entender cualquiera.



Oblivion es una buena película, por momentos incluso muy buena. Kosinski posee una poderosa imaginación visual y su invención de una tierra abandonada (concretamente, Nueva York) es realmente espectacular, empezando por esa casa colgada del abismo en la que habita o esos fulminantes drones que sirven como trasunto de esos más reales que Estados Unidos utiliza de forma más que discutible en Afganistán y otros lugares del mundo. La película plantea una metáfora, no excesivamente sutil, sobre nuestra falta de humanidad y sobre unos ciudadanos que prefieren vivir en la inopia gracias a la promesa de la prosperidad capitalista que plantearse los motivos de fondo del mundo en el que vivimos.



Su mensaje político quizá resulta demasiado edulcorado y poco convincente, pero no del todo descabellado y la poderosa maquinaria de efectos especiales que despliega la pantalla tiene la capacidad de hacernos olvidar de vez en cuando incluso que la película tiene trama o debería tenerla. Pero uno se lo pasa muy bien viendo un filme superior, por ejemplo, al reciente Prometheus de Ridley Scott en el que se cruzan las referencias de clásicos del género, de Mad Max a Alien pasando por aquella desafortunada Waterworld de Kevin Costner. Hay algo fascinante y muy atractivo en este ejercicio de imaginación visual posposmoderno que te deja atónito y pegado a la pantalla. Eso sí, cabe preguntarse durante cuántos años el cincuentón Tom Cruise piensa seguir interpretando a personajes que en teoría andan por los 30. Su eterna juventud comienza a parecerse a un siniestro ejercicio de ingeniería genética.