Abrazo, 1969

Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Comisaria: Alyce Mahon. Hasta el 7 de enero

La estrella más apartada de la constelación surrealista se llama Dorothea Tanning (1910-2012). Y es un ejemplo de qué significó que el eje de la vanguardia se desplazara de Europa a los Estados Unidos tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Dorothea nació en 1910 en una pequeña ciudad de Illinois, pero se formó en el Art Institute de Chicago. Cuando en 1937 visitó, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, una exposición legendaria: Arte Fantástico, Dada y Surrealismo, vio abrirse una puerta a lo desconocido interior que no dejó de explorar el resto de su larga vida. El primer paso fue viajar a París, pero cuando llegó, en 1939, la mayoría de los artistas que quería conocer estaban navegando en dirección contraria, para ponerse a salvo de la guerra inminente. De vuelta a Nueva York, realizó trabajos comerciales y empezó a exponer con la galería Julien Levy, a la sazón también marchante y amigo de los surrealistas desplazados.



El cuadro más importante de aquellos años, presente en esta exposición, es Cumpleaños (1942). Cuando Max Ernst lo vio en su estudio, bello e inquietante, la seleccionó para la exposición que preparaba. Que resultó ser 31 Women, celebrada el año siguiente en Art of this Century, la galería en la que Peggy Guggenheim trataba de promocionar el arte moderno ante el más bien conservador público neoyorquino. La leyenda cuenta que tras una partida de ajedrez, Dorothea y Max decidieron pasar juntos el resto de su vida. Se casaron en Hollywood en 1946, en una boda conjunta con Man Ray y Juliet Browner, rodeados de amigos como Marcel y Teeney Duchamp, Yves Tanguy y Kay, Joseph Cornell o Leonor Fini. Tanning entró así finalmente en contacto con los artistas que tanto tiempo llevaba buscando.



Lo que hace de Tanning una artista admirable es que siguió evolucionando hasta el final y no se detuvo en lo que sabía hacer y la crítica daba por bueno

Tanning, que murió en 2012 a los 102 años, fue una pintora apasionada e inquieta, pero también escribió cuentos, novelas y poesía. Publicó una autobiografía, cuya última edición ampliada data de 2004. Titulada Between Lives, describe extensamente su vida con Ernst. Con 94 años aparecería Chasm, a Weekend, una novela corta. Y con 101, el libro de poemas Coming to That. Me detengo en ello porque desde su infancia, los libros (de Oscar Wilde y Lewis Carrol) fueron una fuente constante de inspiración. Posteriormente, las lecturas de Ann Radcliffe, Horace Wimpole, Baudelaire y Rimbaud influyeron en sus cuadros. Para completar el relato de su actividad, hay que decir que Tanning, en los cuarenta, diseñó decorados y trajes para los ballets de George Balanchine. Y que aparece en dos películas del cineasta de vanguardia Hans Richter. En 8 x 8: A Chess Sonata in 8 Movements (1957), podemos ver a Ernst moviéndose como una pieza de ajedrez por las calles de Manhattan, persiguiendo a su reina.



Todas estas facetas de la artista se muestran puntualmente en esta exposición que contiene 150 piezas. Está distribuida en ocho secciones temáticas, en las que se intercalan proyecciones de las películas mencionadas y de una entrevista. Aunque el hecho de ser norteamericana y mujer, en el orden que se prefiera, le dota de singularidad dentro del panorama de la pintura surrealista, su obra, en este contexto, resulta bastante previsible. Practica un surrealismo ortodoxo, que nos recordará al propio Ernst, a Remedios Varo y, en otra dirección, a Balthus.



Eine kleine nachtmusik, 1943

Sin embargo, hay una serie de obras, las que llama esculturas blandas, de la década de los sesenta, cuya originalidad y potencia me conmovieron. También aquí encontramos ecos, pero son posteriores, en Louise Bourgeois e incluso en Sarah Lucas. Presentadas en una sala con dramática iluminación, grandes volúmenes de formas vagamente orgánicas se desperezan, se retuercen o se abrazan, procedentes de un fondo onírico tan inextricable que ni siquiera ha logrado ser reconocibles. Protagonizan también una pieza destacable, Hôtel du Pavot, Chambre 202 (1970-73). Una estancia iluminada con luz mortecina, cuyas paredes y mobiliario supuran una invasión de formas blandas que trasforman la normalidad en puro horror. Esa normalidad doméstica alterada, o revelada en sus profundas anomalías, fue ciertamente uno de los argumentos de sus creaciones. Dos cuadros memorables tienen esa temática: Interior with Sudden Joy (1951) y Portrait de famille (1954).



Pero lo que creo que hace de Dorothea Tanning una artista admirable es que siguió evolucionando hasta el final y no se detuvo en lo que sabía hacer y la crítica daba por bueno. En la década de los ochenta desarrolló una pintura que ya no era literaria en modo alguno. Grandes formatos llenos de color, en los que cuerpos, flores o nubes se funden sin narración posible. El postrero Woman, Artist, Nude, Standing (1990) es también un retrato femenino, pero el de alguien que ya no trata de ser nadie que no sea ella misma.