Amanecer Múltiple, 2014

Galería Elba Benítez. San Lorenzo, 11. Madrid. Hasta noviembre. De 3.500 a 40.000 euros.

Es seguramente la exposición más esperada de la Apertura de galerías madrileñas. Francisco Ruiz de Infante (Vitoria-Gasteiz, 1966), que vive en Francia y no se prodiga demasiado tampoco allí, mostró por última vez su obra en esta galería hace ya cinco años, en 2009 (interviniendo después en Artium, en 2010) y solo de manera muy puntual hemos podido seguir su trabajo en ese intervalo. Sus admiradores, que se preguntarán cómo es posible que tan buen artista, ya cerca de los 50, no haya tenido una completa retrospectiva en alguno de nuestros más importantes museos y centros de arte, no se sentirán decepcionados: esta es una muestra excepcional. En el plano conceptual, bien armada, coherente, capaz de suscitar múltiples disgresiones (una palabra que le gusta utilizar) a partir de un núcleo argumental de gran interés; en el plano plástico y visual, trabajada, rica, emocionante. Es posible que al visitante le falten algunas claves para adentrarse plenamente en las obras (intentaré transmitirles algunas) pero, aun así, la experiencia será de una gran intensidad.



Ruiz de Infante, cuya producción artística se caracteriza por la combinación de audiovisuales no narrativos pero sí con una notable densidad poética y complejos andamiajes constructivos-escultóricos realizados generalmente con materiales pobres, en los que quedan integradas las herramientas tecnológicas, no se ha propuesto aquí desarrollar un argumento literario pero sí hay una cita de La gran borrachera (1938), del surrealista y patafísico René Daumal, que se dibuja y se proyecta en varios lugares y que funciona como "texto-motor" de la exposición: "En cierta medida, al igual que la araña produce el hilo al extremo del cual se deja deslizar, vosotros produciréis el tiempo que es necesario para todo lo que debéis hacer, y caminaréis a lo largo del hilo que es visible solamente detrás vuestro, pero que es utilizable solamente delante".



El hilo del tiempo, interrumpido, doblado, tensado, recorre el espacio interior e incluso exterior de la galería, entrelazándose con la "línea de los ojos" y la "línea de la muerte" (ambas en el título de la exposición), con los vectores de luz de las proyecciones, los entramados alámbricos virtuales que flotan sobre las paredes o los que enjaulan un espacio real, con los cables y sus soportes, que forman parte de la dimensión escultórica de las obras, con los hilos de arena blanca de dos relojes de arena, con la estructura metálica del invernadero que está en el patio interior del edificio, reproducido a escala en el interior.



Selva húmeda, 2014

En cada una de las obras y en su conjunto encontramos diversas deformaciones de la linealidad temporal y espacial: simultaneidad, tiempo real y tiempo diferido, reflejos y desdoblamientos de las imágenes... un incesante ir y venir que en la conferencia performativa que hizo en el MUSAC el año pasado denominó virvuchear (inexistente traducción del francés virvoucher). El día de la inauguración en Elba Benítez y los dos siguientes ofreció junto a la coreógrafa Olga Mesa una performance nocturna en el patio en la que ambos seguían esa pauta del movimiento continuo que los equilibristas necesitan generar para no caer de la cuerda floja.



Una fuga desnortada que observamos igualmente en los remeros de la videoinstalación Trainera, que bogan eternamente para no llegar a ninguna parte, cual sísifos acuáticos. En la performance también se dibujaban líneas de luz, con linternas y focos cuyos destellos eran filmados por una cámara cenital (que Ruiz de Infante asocia con la idea de "ver más") y proyectados en una pantalla, y cuyos desplazamientos ellos mismos esquematizaban algunas veces con un rotulador sobre esa pantalla.



Todo es simplemente un dispositivo para el agudizamiento y la conciencia de la percepción en el que se favorece la afirmación de la condición espacial y temporal del propio espectador. Ya en la entrada escuchamos un metrónomo o un tic-tac marcado con el chasquido de los dedos que nos introduce en un transcurrir y en un tránsito. Pero la entrada se efectúa antes, en el umbral de acceso al patio, pues se produce una permeabilidad imaginaria entre interior y exterior que se establece también, físicamente, en varias obras, con huecos en las paredes que permiten contemplar los las videoinstalaciones desde fuera y desde dentro de los espacios acotados.



Calendarios y relojes inusuales nos salen al paso: cuellos de camisa de muda diaria (con textos de la feminista francesa Hélène Cixous pirograbados) agujas que marcan heterocronías, acelerados amaneceres y atardeceres, crecimientos vegetales... pero quizá donde el empeño por medir un tiempo superpuesto, cambiante e inasible se hace más evidente es en la instalación Selva húmeda (vanitas), que intercala con un ritmo infernal, difícil de soportar después de unos minutos, instantes de grabaciones realizadas en distintos momentos pero en un mismo lugar. En realidad dos lugares, pues el jardín que vemos tras la ventana que enmarca la escena (de nuevo la permeabilidad entre interior y exterior) está en otra parte y se ha insertado digitalmente, complicando aún más el collage fílmico. En media hora asistimos al vervucheo doméstico de un hombre y una mujer (Ruiz de Infante y Mesa) durante seis días, a razón de 25 imágenes por segundo, que varios contadores en pantalla van desgranando.



El espectador, como quería Daumal, fabrica el tiempo y el espacio con su presencia y su interacción, y aporta su tiempo vital (su death line), sus líneas de los ojos y su movimiento en el espacio, que traza nuevos hilos.