Lactancia permanente es una de las obras centrales de la exposición de Aballí

Galería Estrany-de la Mota. Passatge Mercader, 18. Barcelona. Hasta el 11 de julio. De 3.000 a 17.000 euros.

Cuando, bajo los focos y ante un decorado de lentejuelas, el prestidigitador con frac saca de la chistera un conejo ante un público expectante es el momento de lo maravilloso. Una chispa, aunque sea por un instante, perfora e ilumina la banalidad de lo cotidiano. Acontece la magia, lo portentoso, el milagro, y el público no sabe cómo. Es el poder del ilusionismo. Y, sin embargo, este efecto hipnótico también es posible en un atrezzo y con unos procedimientos totalmente alejados de los del ilusionista. A Ignasi Aballí (Barcelona, 1958) se le identifica con ciertas prácticas conceptuales, pero él empezó siendo pintor para derivar, conscientemente, hacia otras formulaciones que iban más allá de la pintura. Aballí conoce, por tanto, muy bien la cocina del trompe-l'oeil, sus posibilidades y sus límites. Y también sus fantasmas. Dicho con otras palabras, estamos ante un artista consciente cuyo trabajo se ha centrado, entre otros aspectos, en la problemática de la percepción. Acaso esta vertiente fundamental de su labor se resuma en una cita del propio creador: "Cuanto menos hay que ver, más deseos hay de ver".



La obra de Ignasi Aballí gira en torno a la ocultación y la presencia, de la invisibilidad y lo visible. Es el mundo de la sugerencia, de lo dicho sottovoce, del inframince... El suyo consiste en un paciente ejercicio de depuración realizado en el justo límite de las cosas. Una experimentación compleja y difícil, pues un milímetro más y todo puede derrumbarse en el autismo. Existe toda una práctica artística orientada hacia la reducción: el "menos es más" de Mies van der Rohe, Duchamp, el minimalismo... Un modo de hacer y de ver que excede las fronteras del arte contemporáneo y que podemos rastrear en otros ámbitos y tradiciones, como el cine oriental. Pienso, por ejemplo, en las silenciosas y sosegadas películas de Yasujiro Ozu, en las que aparenta no pasar nada y en las que, sin embargo, un drama terrible aflora. La tempestad en un vaso de agua. Un drama que resulta más brutal por acontecer en un ambiente de opacidad emocional. Y éste es un punto que interesa subrayar: Aballí no niega el deseo de la mirada; al contrario, ocultando, sugiriendo, articulando elipsis, realiza una suerte de rodeo para provocar todavía más su avidez y apetencia. Cuando más se veta el objeto del deseo, más se intensifica éste.



Una de las piezas más significativas de la exposición se titula Latencia permanente. Latente es sinónimo de oculto y literalmente significa "algo que, aunque existe, no se manifiesta o se exterioriza". Se trata de un curioso ready made: dos campanas de cristal transparente -como aquellas que se usaban en el XIX para contener ornamentaciones florales o figurillas- sobre una peana. Originalmente, estas campanas se utilizaban para exhibir objetos y protegerlos. Sin embargo, lo que se muestra es el puro vacío, no hay nada en su interior. ¿La nada? Para quien supere la frustración de la expectativa y entre en el juego de sutilezas y elipsis que propone Ignasi Aballí, lo que implica un espectador cómplice y activo, advertirá que aquellas campanas no están del todo vacías. Descubrirá que están habitadas por una ilusión, una ilusión que no es otra que la propia mirada mordida por el deseo que Aballí ha aguzado. Él lo explica muy bien: "cuanto menos hay que ver, más deseos hay de ver".