La casa roja, 2012

La Fresh Gallery. Conde de Aranda, 5. Madrid. Hasta el 20 de abril. De 700 a 3.500 E.



Hannah Arendt escapó de Alemania en 1933 a través de una casa situada exactamente sobre la frontera con Checoslovaquia, en los Montes Metálicos y cerca de Karlovy Vary. La familia alemana que vivía allí acogía durante unas horas a los prófugos, dándoles salida por el bosque a otro país. Gabriela Bettini (Madrid, 1977) lo leyó en una biografía de la pensadora judía y sintió que necesitaba conocer esa casa, de la que desconocía su ubicación exacta. Aunque en principio pueda parecer un pretexto caprichoso para un proyecto artístico, lo cierto es que tiene mucho sentido en la trayectoria de la artista, que ha representado repetidamente interiores domésticos en los que el dudoso confín entre realidad e imaginación se materializa en cortes y desdoblamientos de objetos e imágenes. Son casas, como ella dice, en las que ha ocurrido algo.



Bettini es una excelente dibujante, y el dibujo se presta perfectamente para materializar ese terreno intermedio. Aquí, desde luego, mejor que la fotografía y el vídeo: el que se expone en la galería, indispensable para conocer el relato de esta expedición en búsqueda de un lugar de tránsito, no está ni mucho menos a la altura de los dibujos, densamente cargados de misterio, dramatismo y emoción. Realizados con cera sobre papel negro, muestran -desde la distancia, desde fuera y en el interior, y con licencias poéticas- la casa que, tras varias pistas falsas, la artista identifica tentativamente como el umbral de huida. A pesar de que ni los dibujos ni el montaje proponen una secuencia lineal de acercamiento, circunvalación y adentramiento, sí hay en el conjunto un aire cinematográfico, como de storyboard... en cualquier caso narrativo.



El papel negro propicia una luminosidad como de anochecer, que evoca la tensa espera de la oscuridad para salir de la casa. Y reina el silencio. La región, que en tiempos del nazismo estuvo muy vigilada por su condición fronteriza, está hoy casi despoblada. El episodio se ha olvidado y sólo algunos pueden dar referencias de esa particular vivienda. El hallazgo es sólo una posibilidad: podría haber otras casas similares. En los dibujos se contornea un vacío: en la memoria y en el espacio. Gabriela Bettini no pudo acceder a la casa pero puede recrear ese "estar dentro", moviéndose de un país a otro en una misma habitación. Y son esas recreaciones las más interesantes del conjunto, no sólo por esa intensificación de la subjetividad sino también porque en ellas combina la representación naturalista del paisaje exterior con una estructura mucho más abstracta, lineal, del interior. El fondo negro de las habitaciones hacen pensar, fotográficamente, en un negativo y, escultóricamente, en un vaciado. Se insinúa una vigilancia invertida: el temeroso escrutinio, a través de las puertas y ventanas abiertas, del entorno, en el que cobran protagonismo los caminos de llegada y partida, y la señalización de la línea divisoria.