Pierre Huyghe: No son tiempos para soñar, 2004

Fundación Banco Santander. Sala de Arte Ciudad Grupo Santander. Boadilla del Monte (Madrid). Hasta el 16 de junio.

Su pasión les llevó a crear en 1999 la Cranford Collection, para apoyar a artistas emergentes y recoger parte de las creaciones de los artistas de las últimas décadas, sobre todo el arte creado en la década de los 80. De las más de 700 piezas, vemos ahora un centenar en la Fundación Banco Santander, en Boadilla.

En la web de la Cranford Collection (cranfordarts.org) pueden verse muchas de las obras de la exposición en el hogar de Muriel y Freddy Salem en Londres. Algunas, como los cuadros recientes del gran Sigmar Polke, azules violáceos, quedan mucho mejor en el elegante comedor bien entonado; también la pintura Cloud Cuckooland de Sophie von Hellermann, a modo de cabecero en el luminoso dormitorio. Pero son sólo una excepción, que además podría despertar la envidia a incipientes y futuros coleccionistas en nuestro país de lo que puede conseguirse viviendo y dejando respirar vivo el arte contemporáneo.



Por otra parte, la comparativa ofrece un buen ejemplo del esfuerzo en el experimento realizado en esta primera salida de la colección a un espacio institucional. Y es una suerte, propiciada por contactos personales de la familia Botín, que la primera presentación al público sea en Madrid. La selección con 92 obras, entre más de setecientas de 26 artistas, ha quedado perfectamente montada y, si en algún momento al espectador no le funcionaran los diálogos propuestos, le merecerá atravesar los controles de seguridad de la Ciudad Financiera Santander para disfrutar de muy destacadas piezas del arte contemporáneo británico y alemán desde los 80 hasta la actualidad, y descubrir artistas poco conocidos aquí como las jóvenes Karla Black (Alejandría, 1972), Spartacus Chetwynd (Londres, 1973) y Eva Rotschild (Dublín, 1972). En conjunto, se ha tratado de conjugar artistas alemanes nacidos en la década de los 50 y británicos nacidos desde los años 60, salvo los senior Sigmar Polke (Oels, 1941) y Bridget Riley (Norword, 1934), aquí con tres despampanantes cuadros de líneas, ondulaciones y rombos coloreados, el último de 2008, que demuestran la vibrante culminación de esta pionera del Op Art en los 60.



Vista de la exposición

El recorrido comienza de forma amable, con el rótulo luminoso I Do Not Own Snow White (No soy el dueño de Blancanieves) del francés Pierre Huyghe para indicar que la propiedad del arte forma parte, siempre, de un patrimonio que es de todos. Después, resulta muy afortunado el diálogo entre las elegantes pinturas y paneles (Doors) de Gary Hume y las piezas de pared de Damien Hirst, con el divertido efecto kitsch de sus grandes vitrinas. Y luego, en mi opinión, entre lo mejor de esta exposición, encontramos el contraste entre los cuadros de lana tejida montada sobre lienzo de Rosemarie Trockel y las frescas y descaradas piezas punk de Sarah Lucas: El canalla y el destartalado sofá-cama atravesado por un fluorescente Fuck Destiny, con que evidenció la identidad de género y clase en Gran Bretaña a comienzos del 2000, afrontando la controvertida política sexual.



Con esta primera sala ya podemos hacernos una idea del gusto de la joven pareja de coleccionistas Salem, que con el asesoramiento de Andrew Renton desde hace una década se han comprometido con expresiones frescas, desgarradas y divertidas del mundo que vivimos, ya sea el mobiliario paródico de Franz West, aquí muy bien combinado con los cuadros de Sophie von Hellermann, o el humor glam-rock de Jim Lambie. Irreverencia y maestría que se conjugan una y otra vez en las telas y estantería de Martin Kippenberger. Y también avistamos lo radical que puede llegar a ser el gusto de los Salem combinando la abstracción enérgica y desestructurada de Albert Oehlen con las amorfas esculturas de barro sin cocer de Rebecca Warren.



Obras de Gillian Wearing

Sin embargo, en ese amplio espectro también hay cabida para una línea más sobria y posminimalista, como los vaciados de Rachel Whiteread, aquí con una ventana a modo de monumento de lo cotidiano. Y que se convierte en gravedad, con el amenazador Biombo rallador de la palestina-libanesa Mona Hatoum, al que se suman las Sillas Sprague (Redundante) y Mano a mano, una circunferencia de guantes más explícita de su compromiso ético. O bien, incurre en melancolía, con las fotografías de adolescentes de Wolfgang Tillmans y los tiernos retratos, grabados a punta seca, de Thomas Schütte. Y en último término, en introspección sesgada por lo siniestro en los autorretratos de Gillian Wearing, con el rostro cubierto bajo máscaras protésicas modeladas con gran minuciosidad, cuyos orificios para los ojos dejan ver su melancólica mirada interpelándonos: en realidad, ¿quiénes somos bajo la máscara diaria?



Mostrar una colección privada es desnudarse un poco. También volver a elegir cuando la recorremos, haciendo como si hubiéramos podido adquirir unas u otras obras. Ante cada imagen, la experiencia estética propicia un encuentro entre sensibilidades, incluso hasta conformar una comunidad y numerosas, variadas, efímeras y transitorias comunidades invisibles que se enlazan y se reencuentran gracias al montaje físico en una exposición. Si quieren echar un vistazo al making off del proceso para llevar a cabo el proyecto expositivo de esta colección, idílico y edulcorado, saltando las fatigas que entraña cada proyecto expositivo, entren en la web de la Fundación Santander. Ahí descubrirán el esmero, la emoción y también las dudas sutiles de quienes trabajan y aman el arte y sus comunidades.