Obra de Harry Callahan
Móviles, internet, redes sociales, cámaras de vigilancia…la privacidad es cosa del pasado. Pero, ¿por qué nos dejamos someter a esta exhibición constante?, ¿por qué nos atrae tanto el voyeurismo? Esta exposición, que viene de la Tate Modern, suma más preguntas.
La estrategia predominante en todas las fotografías presentadas -que no tienen siempre el estatuto de obra artística, pues hay imágenes militares, periodísticas e incluso de paparazzi- es la del disimulo. La cámara se esconde o se camufla para obtener la imagen sin que el observado sea consciente de ello. Así lo evidencia la primera sección de la exposición, "El fotógrafo invisible", consagrada a la street photography y a los clásicos del género: Walker Evans, Dorothea Lange, Lewis Hine, Henri Cartier-Bresson, Helen Levitt, Harry Callahan, Garry Winogrand... Lo más novedoso en ella son las pocas fotografías más antiguas, del siglo XIX, cuando era difícil que el fotógrafo pasara inadvertido. Pero la fabricación de las cámaras Leica, mucho más pequeñas y ligeras, les permitió patrullar las calles en busca de "tipos" que trasmitieran el pulso de la calle.
Mucho más interesante es la segunda sección "Vigilancia", que nos ofrece un amplio abanico de situaciones en las que las cámaras violan la intimidad de las personas o desvelan instalaciones secretas y actividades ilegales. En general, el montaje está muy desordenado, intercalando imágenes de diferentes épocas y tipologías, pero es posible formarse una idea de cómo los dispositivos de vigilancia han determinado las conductas y, en alguna medida, pues podría haberse insistido más en esta derivación, cómo han influido en la mirada de los artistas. Abundan en esta sección las imágenes documentales -históricas, bélicas, policiales, judiciales...- pero encontramos también en ella incisivas obras artísticas como las de Shizuka Yokomizo, que espía a través de las ventanas a personas que han dado su consentimiento para ello; Thomas Ruff, que utiliza las cámaras de visión nocturna; Barbara Probst, que juega con los puntos de vista; Simon Norfolk, que se acerca a los cables de una estación repetidora en uno de los pocos "paisajes" de la muestra; o Emily Jacir, que se vigila a sí mismo a través de una webcam pública que muestra desde una ventana una céntrica plaza en la ciudad de Linz.
A continuación pasamos a "Voyeurismo y deseo", que hace un breve repaso a la historia de esta faceta de la fotografía a través de algunos de los más conocidos "mirones": Pierre Molinier, Miroslaw Tichy, Merry Alpern, Nobuyoshi Araki o Kohei Yoshiyuki. El concepto del voyeurismo, la contemplación de aquello que no debería ser visto, se extiende en distinta medida a toda la exposición y constituye una forma de agresión tan intensa como la física. Ambas dimensiones se combinan en "Testigos de la violencia", una selección de imágenes sobre asesinatos, atentados, ejecuciones y catástrofes que no nos ahorra la dureza de tales sucesos... a la que, a decir verdad, casi nos hemos acostumbrado a través de este género: las recientes imágenes de Gadafi muerto apenas nos asustan ya. Son casi siempre fotografías periodísticas; destacan, entre las que tienen una intención más artística, la de Susan Meiselas que muestra un cadáver en un paisaje idílico, y las siempre impresionantes imágenes de la serie Tulsa, de Larry Clark. Finalmente, en "Famosos y la mirada del público", vemos en perspectiva, con sólo unos pocos ejemplos, el género aún boyante hoy de la fotografía robada a las celebridades del cine o de la televisión. Seguramente, sin ser la forma de violación de la intimidad de consecuencias más graves, es la que más casos ha llevado ante los tribunales.
