Miriam Dilhman: Espinas, 1932
Por lo general estoy en contra de las exposiciones de artistas mujeres. Si no nos avisasen de que este recorrido por la fotografía mexicana entre 1872 y 1960 está integrado exclusivamente por trabajos de mujeres, nada nos lo haría pensar. También los hombres hicieron retratos de estudio amanerados, miraron con compasión a los más desfavorecidos y se interesaron por las composiciones de flores y de verduras. E igualmente se embarcaron en esforzadas aventuras artístico-arqueológicas, experimentaron las novedades vanguardistas y se implicaron en proyectos de fotografía social con carga política. Y, sin embargo, esta muestra organizada por Canopia y el Museo de Arte Moderno de México, donde ya se ha visto, está justificada: de las 50 fotógrafas representadas, más de 30 eran desconocidas.Su comisario, José Antonio Rodríguez, es editor de la revista Alquimia del Sistema Nacional de Fototecas de México, crítico fotográfico de El Financiero y catedrático de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Conoce las fuentes historiográficas, los archivos y las colecciones particulares; en ellos ha localizado la mayor parte de estas 130 imágenes, muchas expuestas por vez primera. La "diferencia" es ésa: exceptuando a las más conocidas por sus conexiones con la élite cultural, como Lola Álvarez Bravo o Tina Modotti, las obras de estas mujeres no llegaron a las colecciones públicas. Muchas de ellas no tuvieron gran reconocimiento, pero incluso algunas de las que tuvieron presencia pública a través de libros, revistas o alguna exposición, quedaron relegadas. Más que de "justicia" deberíamos hablar de rigor histórico.
No son siempre artistas -una parte de lo expuesto es más oficio que arte-, pero sí profesionales. Entre las pioneras, hay dos tipos de trabajos: los retratos de estudio -mayoría- y los antropológicos. No hay apenas paisaje y ninguna composición narrativa pictorialista, ni fotografía técnica o publicitaria. La nómina está llena de apellidos extranjeros: son viajeras, implicadas en proyectos científicos o inmigrantes que establecieron estudios, muchas veces junto a sus maridos o hermanos. El gran momento de la fotografía mexicana se produce entre mediados de los años 20 y finales de los 30: hay aquí obras magníficas de Modotti, de Grete Sager, con una mirada muy original, las vanguardistas Aurora E. Latapí, Miriam Dilhman, Katy Horna y la sorprendente Josefina Niggli, que practica los juegos abstractos de sombras. Y un par de naturalezas muertas de Frida Kahlo. La tercera sección se dedica a la fotografía humanista de los 40 y 50, en reportajes publicados en revistas y libros, aquí sí, con un hilo narrativo; destacan las imágenes de Álvarez Bravo, Gertrude Duby o Ruth Lechuga, que reflejan el folclore y la realidad rural indígena alejada de la modernidad capitalina.
Rodríguez ha censado 210 fotógrafas en este período, que se cierra cuando, con la creación de la sección femenina del Club Fotográfico, crecen la información y las obras conservadas. De muchas no queda más que una mención. Lástima que no se haya editado catálogo -Turner publicará un libro-, pues hay mucho que conocer sobre su imbricación en la historia y muchas historias personales curiosísimas.
