Boca arriba, boca abajo, 2010-2011

Galería Marlborough. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 22 de octubre. De 7.000 a 30.000 E.

Nadie, en la pintura, puede hacer sombra a Carlos Franco, y pocos han llegado tan lejos en la exploración de la imagen.

Decir Carlos Franco (Madrid, 1951) es decir el arte de la pintura y, con ella, uno de sus instrumentos principales, el dibujo. No creo que en los cuarenta años transcurridos desde su primera exposición hasta ésta, haya surgido nadie que pueda hacerle sombra en ese registro, y muy pocos son los que han llevado la exploración de la imagen, desde su rudimento mental hasta las más sofisticadas de las técnicas contemporáneas, tan lejos y profundamente como él.



Una de las constantes en su trabajo es la poderosa imbricación de tradiciones culturales de diferentes procedencias geográficas y temporales -desde el profundo conocimiento de la mitología clásica a las creencias populares africanas y americanas-, así como su distancia con respecto a los momentos históricos del arte, lo que le permite una mirada lúcida desde las producciones del paleolítico a la contemporaneidad, sin solución de continuidad ni jerarquización de movimientos o tendencias. Aprende de todo y de todos, y a todos enseña.



En esta cuarta individual en Marlborough presenta unas cincuenta nuevas obras, realizadas entre 2007 y 2011, que cabría encuadrar en al menos cinco líneas o series, que no son campos individuales cerrados, sino que establecen un fecundo y denso diálogo entre ellas. El conjunto de Hermes y Afrodita -que alcanza casi la veintena de piezas- sigue el proceso ya utilizado en obras anteriores: parte de una pintura de mano del artista, pasa por la fotocopia, la digitalización, la impresión y nueva impronta directa de su mano, y vuelta a empezar, hasta que resulta imposible distinguir entre manualidad y ausencia de ésta. Un sistema semejante al de las piezas de La dama del lago, serie en la que, con encantadora desfachatez se vuelve y nos remite a muchos de sus descubrimientos de los años setenta, tanto en el cromatismo como en la resolución de distintos planos sin perspectiva para marcar la diferencia entre fondo y figura o mostrar los mecanismos de dinamicidad de los personajes. Aquí la mancha genera la imagen y fija la representación.



El contraste entre la opaca densidad de las tres obras que componen Mercurio cosechando, con predominio de los negros, y aquellos otros, los más, cuadros blancos o vacíos -El augurio, La camarera de verano-, marca la distancia entre las asperezas del color y la claridad inmediata del trazo, a la vez que permite calibrar cuánto hay de sabio en su conocimiento del oficio. A veces es imposible hacer más con menos.



Confrontando todo lo anterior con esas obras, como de intermedio o de inteligente capricho, que recogen paisajes vecinos a su estudio u otros procedentes de la memoria y los viajes -Fuera del Paraiso o Quiosco rojo-, cézannianos o matissianos, con cierto regusto en alguna de las figuras a Claudio de Lorena, se comprende su deseo de no querer que la abstracción le aleje de lo natural.



De las obras en solitario señalaría la impresionante Puerta de Oxúm, una diosa africana pintada con los colores que le corresponden, el amarillo, la miel y sus símbolos, el agua corriente, fértil, y el oro. Oxúm, dorada y fecunda, como la pintura de Carlos Franco.