Love, 1992
La belleza conlleva un gran riesgo. Cuando un artista produce imágenes u objetos demasiado bellos le hacemos inmediatamente sospechoso de esteticismo y si, además, se atreve a manifestar algún tipo de contenido espiritual o trascendente, puede darse por ejecutado. La belleza no es un criterio de valoración privilegiado en el arte actual. A muchos artistas no les interesa, y apreciamos sus obras por otras razones, a veces más poderosas. Pero es justo defender a quienes tienen el coraje de recorrer esa cuerda escurridiza e inestable desde la que se puede caer fácilmente al abismo de la cursilería o el ridículo. Adam Fuss es uno de esos equilibristas. Hay que tener alma de cántaro para no sentirse hechizado por los grandes fotogramas que recogen las dinámicas del agua, del humo, de diferentes formas de vida, o por sus mágicos daguerrotipos, pero somos conscientes de que esas imágenes se salvan por los pelos de los peligros del preciosismo -o no, pensarán otros-.Fuss nos ofrece puntos de apoyo muy sólidos para subir con él a la cuerda. Uno de ellos es la pericia con la que recupera técnicas fotográficas en desuso. Empezó a hacer fotogramas en 1987, después de experimentar con cámaras estenopeicas -lástima que no se muestre esa etapa de su trabajo-, y encontró en el procedimiento una correspondencia espiritual. Hay que imaginar al artista en el viejo teatro neoyorquino que le sirve de estudio, completamente a oscuras, subido a una escalera y con un nido de serpientes sobre el papel fotosensible a sus pies; o con un estanque de agua en el que ha sumergido el papel y dejando caer, en la oscuridad, una gota de agua.
El instante de luz -el disparo del flash- es para Fuss una revelación. El entendimiento. El elemento alquímico que sobrevuela toda práctica fotográfica tradicional se acentúa en él que, como cuenta Christopher Bucklow en el catálogo, se baña en vapores tóxicos en el revelado de los grandes fotogramas, y manipula cobre o latón, plata, bromo, yodo y mercurio para realizar los también grandes daguerrotipos que no sólo nos reflejan, por sus cualidades especulares, sino que, por lo mismo, también proyectan sobre nosotros una intensa luz, nos iluminan. Siempre hay algo de misterioso en las obras de Fuss, y saber cómo se han producido no hace sino acrecentar la admiración que provocan. Como esas composiciones de líneas onduladas resultantes del desplazamiento de las serpientes sobre polvos de talco, o los efectos cromáticos producidos por la corrosión de los elementos químicos presentes en el papel por el contacto con las vísceras de conejo.
Fuss no dibuja, sólo crea una situación para que las energías vitales, primordiales, produzcan un rastro, un índice. Los motivos que utiliza no son sólo hermosos, pues tienen fuertes implicaciones simbólicas: la mariposa como atracción hacia lo luminoso; la cola del pavo real como imagen de la inmortalidad; la vasija como alma; la serpiente como Kundalini, unión de lo positivo y lo negativo, y mil significados más... No es el único artista, desde luego que utiliza la "fotografía sin cámara" pero sí destaca por esta potencia simbólica y esa implicación vital.
Merecen mención particular las fotografías negras que se expusieron ya en la galería Fúcares en 1990. La atención prolongada, y la observación desde el ángulo apropiado, revela la presencia, fantasmal, de niños sumidos en la oscuridad y en el límite de la invisibilidad. Esperando el instante de luz.
