Vista de la exposición

Es la exposición más importante de la temporada. Disappearing Acts, la esperada retrospectiva de Bruce Nauman, considerado por muchos el artista vivo más influyente, llega a Basilea en una coproducción imponente entre Schaulager y el MoMA, donde la exposición recalará en otoño. 160 obras de todas las épocas y técnicas, ocupan el sensacional espacio diseñado por Herzog y De Meuron.

Cuando Bruce Nauman (Fort Wayne, Indiana, 1941) decía en 1967, en uno de sus archiconocidos trabajos con neón, que la contribución de un artista al mundo en el que vive se basa en la revelación de verdades místicas debemos tomar sus palabras con cierta cautela, pues ya venía dando motivos para no fiarnos de él. ¿Qué eso de "verdad mística"? ¿Se acogía al mismo principio que predecesores como Malevich o Mondrian, para quienes el arte había de alcanzar su anhelado estado de inmaculada pureza o se adivinaba ya en el horizonte estético el sistema de injerencias que habría de sufrir la verdad, propensa, en adelante, a desvanecerse irremisiblemente?



Que el célebre neón se hubiera mostrado en un escaparate, como el luminoso letrero de cualquier establecimiento de Los Ángeles, donde entonces vivía Nauman, ponía de manifiesto la prudencia con que debíamos percibir tan solemne aseveración, invitándonos a valorar la segunda opción. Abierta quedaba la veda para el engaño sistemático y procaz. Vean este otro trabajo, Wax Impressions of the Knees of Five Famous Actors, realizado unos meses antes, en el que, al contrario de lo que reza su título, ni las rodillas eran de actores famosos ni la cera era tal, sino una mezcla de fibra de vidrio y resina de poliéster. Este indisimulado sistema de trampas ha sido alimentado durante décadas desde múltiples posiciones, hiriendo nuestras convenciones perceptivas y desestabilizando nuestros códigos morales.



No siempre jugó limpio Nauman, y eso provocó un tenso conflicto en torno a sí que entorpeció la comprensión inicial de su trabajo. Entiéndame: desde muy joven planteó situaciones en las que el espectador se enfrentaba a un abismo de incertidumbre, ahuyentada toda verdad absoluta. El primer problema residía en la dificultad de discernir de dónde venía esa voz. ¿Quién habla?, nos hemos preguntado multitud de veces, una duda que permanece latente cuando nos acercamos a su trabajo en toda su amplitud. Los mensajes que desprenden sus primeros experimentos en su estudio con el cuerpo y el material, así como sus posteriores textos y figuras con neones, sus videos o sus grandes móviles, proceden de una fuente huidiza, que plantea un problema sin apenas aportar pistas para su solución. En 1973 realizó una litografía titulada Pay Attention Mother Fuckers, en la que, sirviéndose de la naturaleza del medio, plantea el texto al revés, embarrando su comprensión. La urgencia del mensaje -"¡prestad atención, cabrones!"- contrasta con nuestras dificultades para entenderlo, y cuando finalmente lo hemos captado él ya ha desaparecido, como quien tira la piedra y esconde la mano.



Desde muy joven planteó situaciones en las que el espectador se enfrentaba a un abismo de incertidumbre

La exposición que ahora organizan Schaulager y el MoMA en Basilea y Nueva York, donde recalará en otoño, es la mayor muestra dedicada a Bruce Nauman en sus más de cincuenta años de carrera. La ha montado Kathy Halbreich, quien junto a Neal Benezra, organizó su anterior gran retrospectiva en el Walker Art Center de Minneapolis en 1994, una exposición que María de Corral traería después al Reina Sofía. Schaulager, en cuyas instalaciones, diseñadas por Herzog y De Meuron, se dan las mejores condiciones para la exhibición de arte contemporáneo, cumple ahora un sueño que surgió hace muchos años, antes incluso de la creación del edificio, en 2003. Los contactos con el director del MoMA se iniciaron hace 6 años.



La comisaria Kathy Halbreich, con quien pudo conversar El Cultural en las salas mientras ultimaba los detalles de la exposición, plantea ahora un escenario muy distinto al que acogió la retrospectiva del 1994. "La exposición solo podía ser así de grande [nada menos que 160 obras conforman esta muestra, por las sesenta y tantas que integraron la de 1994]. El de Nauman es un caso insólito. Es muy difícil descartar obra en un artista cuyo trabajo es tan sólido, con tan poca obra menor".



Que la exposición sea en un espacio de las dimensiones de Schaulager ayuda mucho a la realización de este proyecto. Además, continúa con una tradición de apoyo al arte de Nauman forjada desde hace años por el aparato institucional suizo. Aquí realizó una deslumbrante muestra de dibujos (Kunstmusem Basel, 1984), y un año después otra de escultura en la Kunsthalle. La muestra del 1994 viajó a la Kunshaus de Zurich tras hacer la escala en el Reina. Suizos y alemanes, liderados estos últimos por el galerista Konrad Fisher, han sido los grandes valedores de Nauman en Europa. "Cuando Neal [Benezra] y yo preparábamos la exposición de 1994 pensábamos que Nauman tenía más apoyo en Europa que en su propio país, un argumento que el tiempo desmontó. Aquí gustó mucho que fuera el más americano de los americanos, y que encarnara algunas de las cualidades más representativas de la mejor condición americana: su individualismo, su valiente carácter innovador, incluso el cowboy que hay en él. Hay una enorme riqueza moral en todos los estratos de su obra, y esto es algo que ha gustado en Europa".



Fotograma del vídeo Green horses, 1988.

La exposición arranca en el piso principal y desciende hacia el sótano. Es cronológica, salvo por la presencia de piezas que demuestran cómo Nauman siempre vuelve a la escena del crimen, reelaborando asuntos desde nuevas posiciones. Las primeras salas hacen énfasis en los años sesenta, cuando el trabajo experimental en el estudio, con la exploración del comportamiento del cuerpo en el estudio y del material en relación a sí mismo, acaparaba por completo su interés, tendente más a lo excéntrico que a lo minimalista, dos términos que definirían el paisaje artístico del momento en Estados Unidos. El montaje aquí es trabado, como señalando el paroxismo del quehacer diario. Se desliza entre estas piezas tempranas Mapping the Studio, realizada en 2001, un conjunto de videos que atestan una gran sala rectangular y que muestran el metraje nocturno de cámaras fijas distribuidas por el estudio. Nada ocurre, o todo tal vez, igual que cuando estudia el cuerpo o su ausencia misma, tan valiosa o más que la propia carne, como atestiguan los múltiples vaciados de brazos, piernas, costillas u orejas que pueblan estas abigarradas salas.



Este interés por el vacío asociado al cuerpo y al espacio se inscribe en lo que parece el leitmotif de la exposición, la idea de desaparición, de quitarse de en medio, que apuntábamos en el inicio de este texto. "No es el único tema -señala Halbreich-, pero es el que me ha servido como estructura. De la desaparición deriva la reflexión sobre el gran prestidigitador que es Nauman. Uno de los retos de la magia es hacer desaparecer las cosas, algo ligado a la ilusión y al engaño, pues todo artista es en el fondo un ilusionista, y pocos lo son como él. Es alguien que produce incertidumbre, lo cual, al no ser una ideología, abre las puertas de la libertad".



El interés por el vacío asociado al cuerpo y al espacio, la desaparición, es uno de los temas centrales de la muestra
Todo este conjunto inicial de obras viene acompañado de un número importante de dibujos, que amplifican el eco de los experimentos corporales y espaciales. Tendemos a ver el dibujo como un momento previo a la resolución formal del trabajo artístico, y lo es en Nauman en la mayoría de los casos, pero hay ocasiones en las que los dibujos aparecen después, como queriendo fortalecer algún matiz que tal vez conviniera desarrollar, cerrar algún cabo abierto. Es el caso de su Slow Angle Walk (Beckett Walk), de 1967, la documentación en video de un ejercicio con su cuerpo que al año siguiente retomó en un sucinto pero nítido dibujo.



Una primera fase de la exposición termina con el citado neón The True Artst Helps the World by Revealing Mystica Truths y con el crucial pasillo, Corridor Installation (Nick Wilder Corridor, 1970) en el que nos perturba mostrándonos nuestra espalda, cuando en realidad caminamos hacia un pequeño monitor que haría las veces de espejo, en el que esperaríamos reflejarnos. Típica jugada de Nauman. Junto al pasillo se encuentran algunas de las grandes maquetas de los setenta, en las que advertimos la tensión dentro-fuera y cierta irracionalidad onírica cuando lo que vemos es en realidad algo tan simple como un triángulo, un círculo, un cuadrado. El paisaje aquí ya se ha ensanchado y el espacio de Schaulager abruma.



La cosa se complica en el nivel inferior. Aparecen los animales pelados, que Nauman obtiene de taxidermistas; aparecen el sexo y la moral, y nos deslizamos hacia un terreno áspero. Estamos ya en la década de los ochenta, cuando vuelve a aparecer la imagen en movimiento, que había abandonado durante un largo periodo de tiempo, en dos trabajos extraordinarios, Clown Torture (1987), su célebre y melancólico payaso que es maniatado en situaciones patéticas y Shadow Puppets, ya del 90 con los que Nauman introduce de nuevo repeticiones y elipsis, arritmias y decalages, voces cuya procedencia desconocemos y que parecen imponer órdenes que alguien ejecuta con resignada sumisión. El desasosiego y la desorientación afloran, sentimos nuestra autonomía debilitada, como si anduviéramos bajos de defensas.



"Había tensión y conflicto en aquel joven Nauman, y eso ha sido ahora reemplazado por cierta melancolía", apunta Halbreich

En fechas recientes, Nauman ha revisitado un trabajo de juventud, Walk with Contraposto (1968), otra documentación en video de una acción en la que Nauman, fiel a su interés en la historia del arte, camina con el peso cargado alternativamente sobre una de sus piernas, como una escultura clásica. La tensión que nos ha embargado durante todo el recorrido desaparece aquí de inmediato, y una rara ternura imprime otra temperatura a la parte final de la exposición.



Sirviéndose de las tecnologías digitales, a las que Nauman nunca ha dado la espalda, recrea esa obra, regresando él mismo como performer después de muchos años y aportando una nueva visión del tema que ha ocupado el centro de su quehacer durante medio siglo, el cuerpo, visto aquí no tanto desde la experimentación como desde una sentida meditación. "Bruce también ha cambiado en estos 25 años", me dice Halbreich. "Había tensión y conflicto en aquel joven Nauman, y eso ha sido ahora reemplazado por cierta melancolía, la conciencia de que el tiempo pasa, que escucha el tic-tac del reloj".



@Javier_Hontoria