Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

Una de las estancias interiores de la Casa Vicens

La reciente rehabilitación de la Casa Vicens (Barcelona), realizada por los estudios Torres-Martínez Lapeña y DAW Office, demuestra, al contraponer pasado y presente, las ventajas de aproximarse a Gaudí sin prejuicios.

Como ya demostraran Julio Cortázar o Adolfo Bioy Casares, toda historia de fantasmas es cuestión de perspectiva, un choque entre tiempos del que el presente sale, por lo común, victorioso, cuando no impune, mientras que el pasado se ahuyenta o, peor aún, se desactiva. En la recién abierta rehabilitación de la Casa Vicens de Antoni Gaudí, obra de Elías Torres, José Antonio Martínez Lapeña (jamlet) y David García (DAW Office), la vía adoptada es muy distinta. Aquí se ha venido a chocar, sí, pero con plena consciencia de que es tal colisión lo único que puede poner en contacto -y, en consecuencia, animar- tiempos dispares. En ese forcejeo, ¿de quién es la Vicens, de Gaudí o de sus invasores?



Para ser estrictos, no puede afirmarse que esta villa -Patrimonio de la Humanidad- sea "de Gaudí", ni histórica ni estilísticamente. El arquitecto la construyó a mediados de la década de 1880 para Manuel Vicens, un neoburgués que decidió instalarse en Gracia, municipio entonces aún independiente de Barcelona. "La casa es la pequeña nación de la familia", afirmó el artífice; una prestancia que la Vicens, pese a su tamaño y condición medianera, declaraba con sus torreones y huecos verticales. La casa cambió de manos a finales del XIX y fue reformada en 1925 por un segundo autor, Joan Baptista Serra de Martínez, quien -con la probable aquiescencia del mismo Gaudí, fallecido un año después- duplicó el volumen y modificó la organización, de vivienda unifamiliar a un hogar por planta, aunque mantuvo el lenguaje original en lo nuevo, un anacronismo en plena efervescencia racionalista. La actuación de Torres, Martínez Lapeña y García se enfrentaba al desafío de preservar la historia, sí, pero ¿cuál? La decisión adoptada para facilitar su adaptación como casa-museo fue taxativa: se conservarían las habitaciones de Gaudí y la carcasa de 1925; el resto, ya muy deteriorado -incluida una nueva intervención de la década de 1960-, sería demolido. La Vicens se escinde, pues, en dos extremos temporales: las habitaciones que vierten al jardín han mantenido su condición histórica, cuando no han revertido a sus diseños originales; la parte de atrás, con su escalera, un relámpago congelado, ha efectuado el movimiento opuesto, hacia el futuro.



Descartado el camuflaje formal, es la libre interpretación de Gaudí por parte de sus últimos sucesores la que permite el diálogo entre épocas. El de la Vicens, obra temprana, no es todavía el Gaudí mórbido de la Casa Batlló o la Pedrera, sino un profesional tan ecléctico como dotado. Por ejemplo, la historiada decoración de la casa, desde las rejas a los azulejos o a los mocárabes, sugiere un minucioso trabajo artesanal; pero una mirada atenta -como indica el profesor Juan José Lahuerta- desvela que, en realidad, se trata de piezas estándar ingeniosamente dispuestas para engañar al ojo e introducir una complejidad ficticia. Esas mismas intenciones también se trasladan al espacio en elementos como los distribuidores que separan las habitaciones: su geometría de planta hexagonal hace que, mediante un mecanismo tan sencillo como la combinación de puertas abiertas y cerradas, surjan perspectivas diagonales que sajan la ordenación cartesiana de la vivienda. Frente a esa atracción por lo seriado y lo múltiple, la intervención actúa por contraste. A la policromía y la penumbra, responde con el blanco uniforme y la luz que horada el volumen, y a la sistemática del ornamento, con el preciso trazado de la escalera. En realidad, más que como elemento, la nueva subida parece presentarse como un material constructivo, una "piedra de sustitución": ese tirabuzón anguloso se adhiere al germen de la Vicens, muestra con nitidez el pasado, pero rechaza imitarlo y ensueña, incluso, un hipotético Gaudí expresionista.



Fachada de Casa Vicens

Hace casi un cuarto de siglo, Torres y Martínez Lapeña presentaban así su trabajo en la universidad de Harvard: "Nuestros edificios están hechos de fragmentos inconexos, unidos a través del proyecto en un orden parecido a un mapa de carreteras. Solo es durante la construcción cuando la idea se ajusta y completa". Se completa: la intervención en la Vicens no se reduce a la mera corrección del respeto; y tampoco "deja en paz" al pasado -una forma como cualquier otra de ignorarlo-, sino que le contesta para construir un discurso único. Una prueba de lo diferente que es la arquitectura de cualquiera de las otras artes es su capacidad para asumir secuelas y prolongaciones: en pintura -descartados los pentimenti-, son imposibles, como también en escultura, música o danza; y en literatura suelen verse como cosa menor o fenicia. En un edificio, sin embargo, la insistencia sobre lo ya construido no solo se acepta con naturalidad, sino que puede obrar el peculiar milagro retroactivo de convertir un original en otra cosa, quizá mejor. La Casa Vicens es ahora de todos.