Antes de entrar en la sala ya se puede escuchar la música que Phillip Miller ha creado para la ocasión. Está en todas partes, el sonido del piano reverberante y recurrente estructura y modula la visión de lo que el espectador se va a encontrar. Se trata de un “run run”, como dice el comisario Manuel Cirauqui, que te arrastra a un ritmo particular, muy cercano a las imágenes que componen 7 Fragmentos, la exposición que William Kentridge (Johannesburgo, 1955) ha inaugurado en el Guggenheim de Bilbao y que se podrá ver, si la propagación del coronavirus lo permite, hasta el próximo 14 de junio.

La muestra se compone de una instalación de nueve pantallas que se distribuyen en tres títulos: 7 fragmentos, Día por noche y Viaje a la luna, película para la que Miller ha compuesto su música de piano. En su totalidad funciona como un homenaje al pionero de la cinematografía moderna, Georges Méliès, a quien “invoca y emula”, asegura Cirauqui. “Lo bonito es ver cómo el espacio del estudio de Kentridge se convierte en un lugar donde aparecen visiones y donde la propia maquinaria del dibujo y del trabajo gráfico genera epifanías y manifestaciones visionarias con los movimientos de los objetos”.

En 7 Fragmentos para Georges Méliès podemos ver al artista sudafricano interactuando con algunos de sus dibujos animados en un estudio que se convierte en un escenario cósmico. Una cafetera, una taza o los papeles que allí tiene se mueven animados por fuerzas misteriosas. Se podría decir que “todo está animado por el cine, que es una especie de magia animista aplicada al mundo de los objetos, del estudio y del dibujo”, sostiene el comisario. En definitiva, compone un autorretrato repleto de imágenes oníricas y situarse frente a esas películas es como “ver los avatares de la existencia de uno mismo y los procesos por los que pasa un cuerpo”.

Los tres títulos tienen como hilo conductor el cine de Méliès aunque no esté trabajado de manera explícita más que en el título de la obra. Sin embargo, en todas las piezas “está presente la idea del cine primitivo, de los efectos especiales, de la magia ligada a la cinematografía artesanal que promovió Méliès y que marcó mucho a Kentridge”, explica Cirauqui. Así, Día por noche recuerda los experimentos que el cineasta hizo en torno a la inversión del negro en blanco del negativo cinematográfico. En esta obra utiliza a un grupo de hormigas que invaden su piso y estas, siguiendo un reguero de azúcar rompen filas para reagruparse de nuevo después. Funcionan como “puntos en movimiento que crean la ilusión de constelaciones y sistemas que se van moviendo bajo un comportamiento colectivo”.

Detalle de 'Viaje a la Luna'. Foto: Sergio Verde

En la tercera película, Viaje a la Luna, el artista camina por su estudio imaginando acciones creativas y haciendo que las hojas de sus dibujos vuelen a sus manos. Aquí rinde homenaje a los experimentos con efectos ilusionistas del cineasta francés. En Kentridge existe “una artesanía en la confección de imágenes que es una referencia directa a Méliès, a cómo creaba sus films y cómo inauguró el ámbito de los efectos especiales de manera muy casera y artesanal”, detalla el comisario. Todos estos guiños son constantes en esta exposición que, como es costumbre en el creador sudafricano, está compuesta en blanco y negro.

Este es uno de sus rasgos distintivos pues toma el blanco y negro “como un sistema de traducción del mundo visible. Es muy importante porque está enmarcado en el contexto de su procedencia, la Sudáfrica del apartheid”. Algo que ha marcado, de alguna manera, su trabajo. En este sentido, el reconocimiento no le llegó hasta la década de los 90 cuando llevaba ya muchos años trabajando. “Es en ese momento porque coincide con las elecciones de 1992 que acaban con el apartheid. Hasta entonces la gente de fuera tenía que venir al país para ver lo que se estaba creando y la verdad es que en ese momento no había mucha gente que se dedicara al dibujo”, explicaba el artista en una entrevista con El Cultural.

También el dibujo es la base de su creación porque, en palabras de Cirauqui, “está más cerca al pensamiento que la pintura, pues esta última se acerca más al mundo visual efectivo. El dibujo tiene más de boceto, de idea y es un proceso para hacer visible el pensamiento, la especulación, la imaginación, la fantasía. Todos estos componentes toman más fuerza en el dibujo”. 

Kentridge es un iconoclasta y un ironista sobre lo que es clásico y lo que no y su obra repiensa el proceso creativo a partir de las relaciones entre los medios y los procedimientos gráficos y de creación de imágenes. A través de “su artesanía y de su confección consigue una animación cómica y retro pero emancipada de la responsabilidad de ser moderna y tecnológica”. Sin embargo, y de manera recurrente, el artista “insiste en que cualquier intento de sintetizar su obra es una falsa interpretación de la misma”. Por eso, es importante que el trabajo ponga en juego una serie de elementos que conlleven un “proceso de reaprendizaje de lo que es el acto de mirar y de nuestra confrontación con la imagen”.

@scamarzana