William Kentridge. Foto: Fundación Princesa de Asturias

El multidisciplinar artista sudafricano, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Artes, ha desmitificado la importancia del arte como acto social reivindicativo

William Kentridge tenía sólo cinco años cuando entró en el despacho de su padre, el abogado Sir Sidney Kentridge, y abrió una caja amarilla creyendo que podrían ser bombones. Pero la caja contenía unas fotografías de 60 personas asesinadas. Su padre estaba especializado en las víctimas del apartheid e investigaba el caso de la matanza en Sudáfrica como abogado de los familiares de los asesinados. Cuando años más tarde William Kentridge terminó Félix en el exilio, una película animada con ilustraciones a carboncillo, comprendió que había reproducido aquellas fotografías que descubrió con cinco años en el despacho de su padre. "Volver a capturar aquella indignación de la infancia" le aportó las claves sobre las posibilidades de ser artista, dijo ayer en la rueda de prensa celebrada en el Hotel La Reconquista de Oviedo, con motivo de la próxima recepción del Premio Princesa de Asturias el viernes en el Teatro Campoamor.



Kentridge reconoció que las experiencias vitales influyen en la creación del artista, aunque entiende que su misión es trabajar en el estudio. "No sólo por disfrutar del placer que provoca el tacto del carboncillo", sino por ejecutar lo que entiende que es la función de un artista: "recoger, reorganizar y enviar al mundo los fragmentos que recibimos de él". Quiso matizar que no se trata de una actitud pasiva, pues "nuestro cometido es construir el mundo al mismo tiempo que pasamos a través de él". En este sentido, trató de atemperar la responsabilidad del creador a la hora de instrumentalizar el arte de un modo político. "El arte no sólo funciona así, sino que debe concebir la realidad como una paradoja llena de contradicciones".



"Toda afirmación de autoridad debe deconstruirse", dijo apuntando hacia varias direcciones. Se refería a su oficio, por supuesto, pero también habló de Sudáfrica, que "se ha mantenido como país democrático gracias a figuras como la de Nelson Mandela", aunque "sigue habiendo problemas de igualdad y justicia", como había en el apartheid. "La riqueza de las minorías siempre acaba en manos de las élites", apuntó, dejando claro que "esto no sólo ocurre en los países subdesarrollados. La corrupción, por ejemplo, está en todos lados". Respecto a las nuevas tecnologías, Kentridge manifestó que el futuro será testigo de "una producción artística de interés", por más que el proceso de creación, o sea, "recoger los fragmentos del mundo para unirlos", no vaya a cambiar nada de manera fundamental.



Con todo, la exposición William Kentridge. Basta y sobra que acogerá el museo Reina Sofía a partir del 1 de noviembre se apoya en las nuevas tecnologías para conjugar todas las disciplinas que ha cultivado a lo largo de su carrera. Creador obstinado y multidisciplinar, Kentridge es consciente de que "la gente queda cautivada por la música de forma directa", pero al ver un cuadro encima de una pared, "todo dependerá de lo grande que sea la etiqueta que lo describe". Por ello, él ha apostado en esta muestra por la imagen en movimiento, donde se intercalan dibujos, grabados y películas en una producción escénica que incluye teatro, ópera y performance, para que sea más atractivo.



@JaimeCedilloMar