Marc Quinn

La exploración de la naturaleza es uno de los pilares de la obra de Marc Quinn (Londres, 1964). En la serie Flower Sculptures congela flores en aceite de gelatina que las mantiene en una vida simulada (cuando se congelan mueren pero al hacerlo en esta sustancia perdura la imagen de lo que fueron). Una exploración entre física y arte. En Self, una escultura o autorretrato compuesto por su propia sangre coagulada que se mantiene firme gracias a la corriente eléctrica, en cambio, explora la idea de regeneración del cuerpo y dependencia del ser humano hacia las cosas. Y lo que presenta ahora en la galería Ivorypress de Madrid, Thames River Water, explora cómo ha cambiado la relación del ser humano con la naturaleza y la influencia y control que ejercemos hacia ella. Esto ha llevado a que la pintura paisajística no se pueda concebir como lo hacía Monet. "Se trata de ver cómo se pueden pintar paisajes en el siglo XXI sin que la naturaleza sea relevante", explica Quinn.



Las obras que forman la serie The Toxic Sublime son pinturas esculturales realizadas en aluminio con varias capas visibles en la superficie. Todas ellas están "conectadas al medioambiente y a nuestra relación con la naturaleza" y su lectura es una "respuesta al impacto ecológico" que pone en cuestión la idea de lo sublime. El primer paso fue fotografiar un atardecer, ampliarlo en un lienzo y después, recogiendo corales, conchas y diferentes residuos que llegan a las playas, pintarlos con spray en el lienzo. Una vez seco, sacó las piezas a las calles de Londres y con una máquina introdujo "las impresiones del suelo de la ciudad, de las alcantarillas", apunta. "El agua en las ciudades se convierte así en una cautiva como la sangre en nuestro cuerpo. Las tuberías del entresuelo de las ciudades serían el equivalente a las venas por las que corre la sangre. Así domesticamos el agua".



El resultado de las impresiones confiere a las obras un carácter de naufragio en el que "se puede observar la textura urbana de la ciudad con la presencia de la polución". Junto a las pinturas se muestran los trajes con los que Quinn trabajó en las obras. Al tiempo que iba pintando los lienzos con el spray el traje se iba ensuciando y la tinta recorriendo su blancura. Para el artista "está relacionado con la circulación de la sangre de modo que esta conexión con la naturaleza se convierte en las venas del cuerpo en términos de arte y suministros", apunta.



Una de las obras de la serie The Toxic Sublime y, a la derecha, River Paintings

Otro conjunto de dos obras, River Paintings, analiza el poder y control que el ser humano ejerce sobre la naturaleza. Con un proceso similar al anterior, Quinn fotografió el río Támesis, extrapoló la imagen a un lienzo y lo cubrió con pintura negra. En este caso las impresiones no son de residuos de las playas sino patrones "de las calles, del suelo, del metro de Londres". En ocasiones con motivos tribales o africanos que "nos recuerdan que antes cualquier lugar era mucho más primitivo que el mundo que habitamos hoy", explica. Un mundo, quizá, "un tanto apocalíptico", añade.



Toda la muestra se puede entender como una crítica al impacto que el ser humano está ejerciendo sobre la naturaleza. En ocasiones "creemos que los humanos estamos involucrados con la naturaleza hoy en día pero hemos estado destrozándola siempre", critica. "Pero es así, un animal se come a otro animal, es normal pero nosotros tenemos conciencia y deberíamos responsabilizarnos de nuestros actos. La naturaleza sobrevivirá, los humanos no", concreta. Esa destrucción a la que estamos sometiendo a nuestro paisaje lo muestra con una de las esculturas realizadas para la ocasión, una serie titulada Frozen Wave que muestra el efecto erosivo tanto del mar como del ser humano en la playas. Una de ellas, Broken Sublime, está creada a partir de una concha que el ser humano ha erosionado para comer. Según Quinn es una especie de pieza de arquitectura que nos adentra en los antiguos templos derruidos.



La escultura Broken Sublime, de la serie Frozen Wave

Así, el artista perteneciente al movimiento Young British Artists, considera que "el arte debería reflejar el tiempo que vivimos". El arte "es una manera de ver la vida y de entender el mundo. Pero no hay respuestas, solo los científicos tienen respuestas acerca de las cosas. El arte debe hacer ver y sentir algo porque si ofrece respuestas la gente deja de pensar. Es decir, debe proporcionar preguntas". Esa manera de pensar quizá sea influencia directa de su padre, que era científico y también ha tenido su impacto en la manera de trabajar de Quinn. "Estoy seguro de que ha influido. Los trabajos en los que congelo cosas [flores, su sangre] y las piezas en las que hablo del cambio climático son temas científicos que se reflejan en mi obra". La diferencia, no obstante, radica en que "el artista coge un tema u objeto y lo convierte en algo diferente, en algo bello que a la vez te hace pensar.



La belleza es, de hecho, otra de las corrientes que interesan al artista y que ya ha tratado en las esculturas de Kate Moss en posturas de yoga imposibles, en las de Alison Lapper, una mujer embarazada sin brazos ni piernas que expuso en el Fourth Plynth de Trafalgar Square y en las de Jamie Gillespie, Peter Hull, Helen Smith y Stuart Penn, todos ellos personas discapacitadas físicamente. La idea partió cuando observó que en el British Museum los visitantes se paraban a mirar detenidamente la belleza de las estatuas desmembradas y pensó que en el arte esa discapacidad era bella, algo que no ocurre en la vida real. "Son esculturas sobre diferentes tipos de belleza", señala. "Somos como animales, como una oveja que sigue el rebaño. Alguien nos dice que tenemos que poner el foco en algo y terminamos con una visión muy estrecha del mundo. La labor del artista está en expandir esa mirada", concluye.



@scamarzana