Cosiendo la vela, de 1906

El Museo Sorolla de Madrid acoge Sorolla en París, una muestra que cuenta cómo fue su ascenso internacional desde la capital francesa. Blanca Pons-Sorolla, María López Fernández y Consuelo Luca de Tena nos hablan de la muestra y de cómo se gestó su internacionalización

París fue la ciudad que le dio el impulso internacional que siempre había soñado. La primera vez que viajó hasta allí fue en 1885 gracias a la relación que entabló en Italia con Pedro Gil Guillermo de Mora, un rico banquero residente en la capital francesa. Este le dijo que debía visitar la ciudad para conocer por dónde iba el camino del arte. Joaquín Sorolla, entonces un joven de 22 años becado en Roma, decidió aceptar la invitación y se plantó en el lugar donde se medían todos los artistas. París era el centro de la pintura moderna, el lugar al que debía acudir a presentar su obra y el foco en el que se congregaban los grandes maestros. El ascenso y reconocimiento que tuvo de crítica y público se gestó en sus salones y es lo que se cuenta en la exposición Sorolla en París que recala en el museo del pintor en Madrid, con el patrocinio de Iberdrola, tras su paso por el Kunsthalle de Múnich y el Museé des impressionnismes de Giverny.



Desde joven Sorolla "tuvo una visión clara de que el mundo del arte era amplio y había que conocerlo para saber qué se estaba gestando", cuenta Consuelo Luca de Tena, directora del museo. Las becas en España consistían en residencias en Roma pero él "sabía que París era el mejor escaparate para darse a conocer", amplía María López, comisaria de la muestra. A su vuelta de Italia decidió instalarse en Madrid "porque pensaba que podría moverse más hacia el extranjero". Cuando Guillermo de Mora le invitó a su casa pudo visitar exposiciones, salones y museos que le abrieron el camino y fue consciente de que no quería perder aquel imaginario. Empezaría a viajar cada año a la capital francesa y "en el primer salón en el que se presentó en 1893 consiguió una tímida tercera medalla. Pero dos años después, en 1895, el estado francés adquirió la obra que presentó, La vuelta de la pesca, que ahora está en el Museé D'Orsay", cuenta López. Fue allí donde "entabló contacto con los pintores clásicos franceses, fue amigo de Bonnard y entró en su órbita", añade Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del pintor y también comisaria de la exposición.



El bote blanco, de 1905

En París Sorolla absorbió los matices que más le interesaban de cada movimiento que se estaba fraguando. De los impresionistas adoptó su modo de componer y en su obra, en la que nunca se pierde la línea, "introdujo pinceladas más sueltas y frescas que reflejan mejor la luz de lo que estaban haciendo otros", sugiere Pons-Sorolla. También entra en el mundo del naturalismo, movimiento que asimila, y a su base del realismo español añade "el naturalismo que le es muy cercano". Tejió una red de relaciones con artistas como Sargent, Duran, Merrit Chase, Redon, admiró el impresionismo de Degas y Monet (hay algún testimonio de encuentros con ambos) y tanto Pinazo como Velázquez fueron grandes fuentes de inspiración. Con quien sí mantuvo una amistad que se denota a través de las misivas que intercambiaron fue con el escultor Rodin, llegando este a regalarle una pequeña figura que se muestra en el Museo Sorolla.



Cronología de la trayectoria y gestación de la muestra

La selección de obras para la muestra tiene en sí misma una historia especial ya que la primera criba la hizo el propio Sorolla. "Son obras que él escogió para presentar en sus exposiciones en el extranjero, las que él consideraba adecuadas para labrar su proyección internacional", cuenta López Fernández. Fueron su carta de presentación, su tarjeta de visita, las obras que él exponía y mandaba a los salones parisinos. De este modo la primera parte de la exposición recorre "las primeras obras que presentó en París y en los grandes certámenes internacionales como la primera Bienal de Venecia o la Secesión de Austria". En ellas, obras de gran formato, introdujo novedades compositivas.



Pescadores valencianos, de 1895

Si hubo un género al que le dedicó muchos lienzos y le sirvió para promocionarse fueron los retratos, expuestos en la segunda sala. Escogió dos caminos que explica la comisaria: "por un lado presentarse como el gran heredero de Velázquez y mostró en París una versión muy renovada del pintor sevillano". La segunda vía fueron los retratos de su intimidad, de su familia e hijos, en los que "presentaba la espontaneidad y la frescura que podía conseguir en sus lienzos".



Sin embargo, el año realmente importante para el pintor fue 1906 cuando expuso su primera individual en Georges Petit, la misma galería en la que solía exponer Monet. Allí recogió todo lo que presentó anteriormente y fue una gran muestra de cerca de 400 obras mostradas al estilo del siglo XIX, con paredes abarrotadas. No hubo formatos grandes sino muchas obras pequeñas en las que "transmitía lo espontáneo de su técnica", opina la directora. También llevó pinturas realizadas para otras personas y algunas realizadas específicamente para la ocasión. Un rasgo común de todas ellas es, no obstante, la transparencia de color y luz. Rasgo diferencial que "conmocionó bastante porque era un tipo de pintura diferente a lo que se hacía en su momento, diferente al impresionismo y a la pintura academicista", anota Luca de Tena. Tenía un cuerpo y una solidez novedosa por "ese tratamiento de la luz que siempre llama la atención". Así pues, la crítica lo consagró en 1906 y se convirtió en el año en el que Sorolla se lanzó a la esfera internacional, a ser el pintor reclamado que le llevó a tejer una gran red de compromisos a los dos lados del charco.



Detalle de Una investigación, de 1897

El éxito no lo frenó y cada año "iba a París -añade López- a mostrar sus nuevas creaciones con la humildad de un pintor que seguía aprendiendo". Y comenzó su periplo: En 1907 expuso en Berlín, Colonia y Dusseldorf en las galerías Schulte (allí exponía Klimt), en 1908 viajó a la Grafton Gallery de Londres, en 1909 itineró por Nueva York, Búfalo y San Diego. En 1912 recibió el encargo de pintar la biblioteca de la Spanish Society, en 1913 volvió a París a pintar muchos retratos que tenía por encargo pero poco después estalló la Primera Guerra Mundial y "durante muchos años, como se lee en sus cartas no salió de España por miedo". País, por otro lado, que nunca descuidó pero "tenía la grandeza de mirar que el mundo era muy grande y que tenía que salir para labrarse su futuro como artistas internacional". Hasta 1919 no volvió a exponer en París y en Burdeos en la muestra De Goya a Sorolla, "donde presentó 7 u 8 obras importantes como Madre e hija, Los chicos en la playa y Un patio andaluz que resumían la producción de sus últimos años", detalla López. Pero un año más tarde sufrió el derrame cerebral que le llevó a abandonar los pinceles de manera definitiva para tres años más tarde morir. A partir de ese año, 1923, "las vanguardias empezaron a estar en plena fuerza y la crítica, con el empuje y transgresión de las mismas se olvidó de Sorolla porque ya no aportaba ninguna novedad", se lamenta Luca de Tena.



Y ese olvido se prolongó durante casi un siglo, cuando en 2006 el Museo Thyssen Bornemisza decidió dedicar una exposición al maestro de la luz junto a una de sus grandes influencias, Sargent. Una muestra que también viajó a París. Pero el vacío de una exposición individual ha llegado hasta el 2016 con esta Sorolla en París. En Alemania, cuenta María López, la acogieron con miedo, pensaban que era un riesgo porque ya nadie conocía al pintor (la última muestra del valenciano fue en 1907 y en vida). Pero triunfó, al igual que lo hizo aquel año 1906 que lo asentó en lo más alto.



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Clotilde, esposa y marchante

Clotilde, la esposa y madre de los hijos de Sorolla, "tenía claro que tenía que dejarle pintar. Ella preparaba los envío, establecía los precios de las obras, estaba en contacto con los transportistas", cuenta María López. Aquel apoyo sólido le proporcionó la estabilidad necesaria para dedicar una vida entera a la pintura. Pero también fue "su musa, la persona que le dio tranquilidad y quien participó como modelo en muchas de sus obras", añade la bisnieta de Sorolla.



Pero sobre todo, apunta, "tuvo la visión de a su muerto de donar todos sus bienes al estado español. Fue una decisión generosa y, sobre todo, visionaria porque Sorolla está donde está por ese fondo que nos dejó". Un corpus que lo conforman los "1300 cuadros, 5000 dibujos, toda la documentación, la correspondencia, las fotografías, la biblioteca, sus muebles y sus jardines diseñados por él mismo", apunta la bisnieta del pintor que lleva toda una vida configurando el catálogo razonado del artista.