Hubert de Givenchy, 1960. Foto: Robert Doisneau

Tal vez no es demasiado afirmar que todos recordamos el vestido que lleva Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes dando vida a la mítica Holly Golightly. Y, tal vez, tampoco es demasiado admitir que muchas niñas, muchachas y mujeres han soñado con ser ella. Recordemos ese momento que ha pasado a la historia del séptimo arte: Golightly baja de un taxi ataviada con un vestido negro de satén, con la espalda semi-descubierta, un collar de perlas, guantes negros largos, gafas de sol y un moño culminado, brillantemente, en una diadema de diamantes. La elegante y flamante actriz camina lenta y sosegadamente, sumida en sus propios sueños, y se para frente al escaparate de Tiffany's de Nueva York al tiempo que saca un croissant y un café de una bolsa de papel. Suena Moon River mientras ella se aleja por una avenida neoyorkina que está a punto de abrir las puertas al crepúsculo. ¿Ahora sí? Pues bien, ese diseño de Hubert de Givenchy llega al Museo Thyssen de Madrid que acoge la primera retrospectiva del diseñador francés, figura elemental de la moda del siglo XX.



La firma fue fundada en la Francia de 1952 y sus colecciones tan exquisitas como vanguardistas en seguida lo catapultaron. Desde muy joven la moda y la belleza comenzaron a formar parte de su ADN. "Viene de una familia en la que su abuelo fue director de una fábrica de tapices, eran coleccionistas de arte, telas y mobiliario. Y sus padres continuaron esa tradición", cuenta Eloy Martínez de la Pera, comisario de la muestra que reúne 95 trajes y 15 cuadros de la colección de la pinacoteca. La Maison francesa siempre destacó por sus estilosos diseños que le valieron su fama y su prestigio. Contó, además, con una de las mejores embajadoras para su firma: Audrey Hepburn. Pero no solo ella, también fueron fieles a sus telas personalidades como Jacqueline Kennedy, Wallis Simpson y Carolina de Mónaco.



Fotograma de Desayuno con diamantes donde Audrey Hepburn viste el modelo de Givenchy

Es conocido que fue Hepburn quien decidió que el traje formaría parte del filme. Pidieron tres vestidos idénticos por si hubiera algún percance durante el rodaje. "La ropa de Givenchy es la única con la que me siento yo misma. Es más que un diseñador, es un creador de personalidad", afirmó la actriz. De ahí derivó en una relación profesional a la par que de amistad. Pero, ¿en qué se inspira el modisto para la creación de sus sobrios trajes? Una de las grandes inspiraciones para el francés fue Cristóbal Balenciaga. "Siempre fue su admirador - comienza De la Pera -. Fue el primer taller en el que quiso trabajar al ver sus primeros croquis". De él bebió los tres pilares fundamentales en el mundo de la alta costura: La importancia de los tejidos, la premisa de que el mínimo en costura es el elemento de la elegancia y el amor por la moda y la costura. "Balenciaga es un Dios", llegó a decir quien preside el Museo Balenciaga en la localidad natal del modisto vasco, Guetaria.



Otra fuente de la que se nutre el diseñador es la pintura. Por ese motivo, en esta muestra los vestidos dialogan con diferentes cuadros de la colección del Museo Thyssen. Transite su "amor" por la pintura de los siglos XVII y XVIII y se muestra junto a un bodegón con un bordado de flor antigua. Incluso tiene cabida Marx Ernst, dialogando sobre pedrería, pasamanería, bordado y encaje. "Hay dos vestidos de noche en los que los cristales parecen esculpidos por Ernst". Y Zurbarán se cuelga cerca de sus trabajos vinculados a los brocados y los complementos. Esto último, cuenta De la Pera, para Givenchy resulta primordial. Una filosofía que compartían las grandes clientas de la firma; estar compuestas con guantes, gafas, tocados, pendientes y pulseras. Así es la relación con Zurbarán: "Santa Casilda va con su diadema, su tiara, sus rubíes y sus esmeraldas". Resumiendo, hay lecturas conceptuales, formales, estéticas y emotivas.



Conjunto de noche llevado por Jackie Kennedy en verano de 1961. En el centro vestido de noche de la Marqusa de Llanzol de 1990. A la derecha vestido de organza azul de Madame Weiller de 1992

No obstante, no es la primera incursión del mundo de la moda entre las paredes de los museos más importantes. Armani vistió el Guggenheim, Jean Paul Gaultier tuvo su idilio con las salas de la Fundación Mapfre con unos maniquís con rostros en movimiento y las joyas de Cartier brillaron en el Thyssen. De este modo asistimos a la eterna pregunta y debate de si la moda es arte o no lo es. "Hay moda que es arte porque está sometida a un proceso creativo en el cual el propio diseñador está movido por ambiciones estéticas que culminan con un bordado en un tejido en lugar de en un lienzo", opina Eloy Martínez de la Pera.



Se podría decir que hay tres elementos que ambas corrientes artísticas comparten: la forma, el color y la luz. "La luz como algo más amplio", matiza el comisario. En cuanto a los colores y las formas, arte y moda se dan la mano. Aunque si hay algo positivo en que los retales entren en los museos es que este tipo de exposiciones congregan a un público diferente, a un grupo de personas que de otra manera no entrarían y se perderían las obras más importantes de la historia del arte. Algo más ecléctico. Una vez dentro cabe la posibilidad de que visiten otras salas, vean otros cuadros y conozcan a los artistas que figuran en nuestro imaginario. Nacionales e internacionales. Serendipia, quizá.