Concebido por Richard Venlet, un artista australiano afincado en Bruselas, 'Museum for a Small City' es uno de los proyectos más atractivos que se han podido ver en Europa en los últimos meses, un riguroso y atrevido ejemplo de cómo acercarse a una colección pública desde fuera de los cauces habituales. Organizado por el SMAK de Gante y dividido en varias fases, tiene su origen en el proyecto homónimo que Mies van der Rohe diseñó a principios de los años cuarenta y que se encuentra en la colección del MoMA, donde pudo verse hasta hace apenas 3 semanas en la exposición Cut 'n' Paste: From Architectural Design to Collage City.



El proyecto del arquitecto alemán, realizado entre 1941 y 1943 cuando ya estaba sólidamente instalado en su inequívoco ascetismo formal, evaluaba el modo en que nos acercamos a las obras de arte a partir de las estrategias de presentación que utilizan los museos. Pensaba Mies que "el museo debía ser un lugar que produjera placer y no un espacio para confinar obras de arte". Por eso diseñó un plan para eliminar las barreras entre el público y las obras (paradójicamente, cuanta menos arquitectura más real sería la experiencia) y creó un jardín en el que éstas tuvieran una relación más directa y más libre con quien las contempla, como si las propias obras fueran en sí mismas la única arquitectura viable.



El modo en que Richard Venlet recoge el guante de Mies van der Rohe es de una audacia asombrosa. En uno de los espacios de la primera planta del SMAK belga ha creado un suelo elevado compuesto por 66 unidades modulares cubiertas de moqueta gris que forman una retícula y que de algún modo reproducen un ambiente funcionarial. Este es el 'jardín' de Venlet, que levita sobre el suelo evitando situarse en el mismo plano que la institución; este es su museo, alojado dentro del gran museo que es el SMAK (incluso ha creado sus propias puertas que lo separan del resto de la institución). Los 66 módulos configuran un espacio abierto y maleable, sin división alguna, un lugar en el que las obras puedan comportarse con insólitas naturalidad y fluidez.



Dos de esos módulos elevados tienen un orificio circular. Sirven los dos huecos para alojar las peanas sobre las que se alzan dos piezas de Franz West. Son dos Lemurenkopf, sus conocidas cabezas de lémur, esculturas que tienen tanto de antropomórfico como de deseo de contradecir la proporción misma del ser humano. Las de West son las únicas obras que se mantienen a lo largo de todas las fases del proyecto, testigos del ir y venir de trabajos de otros artistas. Esto les otorga un status especial, como si fueran el motor que activa el funcionamiento de este atípico dispositivo que ha montado Venlet. Parecen, además, cobrar vida pues aparecen en diferentes lugares en cada fase del proyecto, como si custodiaran el lugar.





Ponencia en 'Museum for a Small City'



A Venlet le debe gustar también que West quisiera que nos acercáramos a su escultura sin ningún tipo de prejuicio. Utilizábamos sus passtuck de yeso adoptando posturas inverosímiles propias de un neurótico. Nos sentábamos incómodamente en sus sillas y en sus sofás imposibles. Aunque desde perspectivas muy diferentes, West y Mies querían que el espacio del arte fuera un lugar orgánico en el que obras y audiencias se fundieran con naturalidad.



Probablemente sea esta cualidad orgánica a la que apelaban Mies y West lo que mejor define la secuencia de presentaciones de obras de la colección que ha propuesto Venlet. En un primer estadio, los dos lémures de West estaban acompañados por otras obras pertenecientes a la colección del SMAK y a otras de su entorno belga. Destacaba el Miroir de Epoque Regency de Marcel Broodthaers, que colgaba del techo, exento, en vez de estar colgado de un muro (por la sencilla razón de que el museo de Venlet, como el de Mies, no tiene muros). La presencia de Broodthaers, animador de esa trascendental institución paralela que fue su 'Musée d'Art Moderne, Département des Aigles', no debe ser subestimada, pues este museo de Venlet hereda la mirada crítica y siempre ácida del artista belga. En esa misma línea funcionaban los trabajos de Thierry de Cordier, Art & Language o Manfred Pernice, organizados en un montaje limpio, espaciado, con mucho aire.



En sucesivas fases, nuevas obras, siempre custodiadas por los Lemurenkopf de West, se suben al pódium de este 'museo para una ciudad pequeña'. Deudoras del espíritu orgánico que le imprime Venlet, el conjunto se contrae y se expande. Es ahora Daniel Buren, escoltado por otro guiño a Broodthaers con la inclusión de las cajas de embalaje en el centro mismo del estrado, quien lidera el cuestionamiento de la práctica institucional y su naturaleza patriarcal. En torno a ellas, en esta fase final, el resto de obras aparecen casi amontonadas unas sobre otras, desoyendo cualquier norma en cuanto a la presentación de una colección institucional, rozando el delirio formal.



El de Venlet es un museo en el que no sólo se presentan obras de arte. También hay charlas y debates cuyos ponentes y oyentes tienen que buscar su lugar entre las obras. En las ponencias participan los directores de los museos -los museos reales- de la zona, que no son precisamente instituciones menores. Por ahí andan también los bedeles, sentados entre el público o entre las obras. 'Museum for a Small City' es un organismo vivo de una agilidad desconcertante, capaz de contagiarlo todo. Es una acertada y valiente propuesta en la que se ponen negro sobre blanco las convenciones a menudo anquilosadas y las perennes contradicciones de la institución desde el corazón mismo de la institución.