Eugenia Raskopoulos: Sin título #3. De la serie En una palabra, 2006 (La ansiedad de la imagen)

El eje temático de PHotoEspaña 2012 nos da pie para considerar la situación actual y los retos futuros de las exposiciones y del mercado de la fotografía, en el contexto de la globalización de la imagen a la que alude. ¿Se desmaterializará la fotografía artística en igual medida que la periodística o la personal? Tal vez no.

La revista European Photography hizo hace tres años una revisión de los festivales internacionales de fotografía más relevantes y contabilizó 43. Entre ellos, dos españoles: PHotoEspaña en Madrid y Fotonoviembre en Tenerife. Desde la creación, en 1969, de los Rencontres de Arlés, los festivales supusieron durante décadas la mejor oportunidad para el público de conocer a fondo a autores y tendencias, dado que la fotografía no había llegado al mercado del arte y no formaba parte, más que de manera muy minoritaria, de las colecciones y programaciones de los museos y centros de arte. Ahora eso ha cambiado: la fotografía está en todas partes, y en ocasiones es difícil distinguir claramente sus usos artísticos y utilitarios. Pero empiezan a marcarse, entre unos y otros contextos en los que aparecen, diferencias que tienen más que ver con las formas de presentación y distribución de las imágenes que con la naturaleza o características de las mismas.



Desde que abandonó las placas metálicas de los daguerrotipos, la fotografía tuvo el papel como soporte: en periódicos y revistas, en carteles y vallas publicitarias... y la fotografía artística también se exhibía y comercializaba en papel. Los artistas utilizan desde hace décadas otros formatos, como las cajas de luz, la proyección de diapositivas o transparencias, la serigrafía o la emulsión de objetos tridimensionales... Pero el papel ha seguido siendo el soporte más empleado; incluso la fotografía realizada en la actualidad con cámaras digitales se imprime, por distintos motivos, en papel.



Todo apunta a que la prensa será definitivamente digital. Se acentúa cada día la tendencia a ver textos e imágenes en estas otras cajas de luz que son nuestros ordenadores. La mayor parte de la fotografía en circulación -periodística, publicitaria y comercial, personal- se desmaterializará. ¿Pasará lo mismo con la fotografía artística? Puede que no, o al menos no a corto o medio plazo. Hay dos fuerzas que frenan el avance de esa tendencia: de un lado, el mercado del arte y, de otro, los hábitos culturales que nos llevan a ver exposiciones. La fotografía artística ha evitado hasta ahora la venta y distribución en Internet porque el mercado demanda "objetos". Y esto no tenemos por qué considerarlo como algo negativo. Quizá dentro de unos años nos parezca obsoleto pero hoy por hoy es una realidad no única pero sí mayoritaria, pues el mercado digital de fotografía artística -mediante descarga de archivos digitales de alta resolución que permitan impresiones de buena calidad a tamaño razonable- ni siquiera ha nacido, aunque se esté gestando lentamente.



El modelo actual de comercialización, además, exige ediciones limitadas, que determinan los precios elevados que el sistema requiere para perpetuarse. No sólo eso: requiere copias en formatos a menudo grandes, utilizando en su montaje materiales delicados, como el aluminio o el metacrilato, que encarecen mucho el proceso y plantean problemas de conservación. ¿Sería posible, o deseable, abandonar ese modelo? En la obra de algunos artistas, que utilizan procesos analógicos, incluso deliberadamente arcaicos, o que cuidan al extremo la impresión ya con nuevas tecnologías, es muy importante la calidad de la copia. En la de otros, lo más importante es la imagen, y no les importa que la copia no sea perfecta. El espectador, por ese hábito de ver objetos artísticos en las exposiciones, ha desarrollado el aprecio del detalle, de las texturas, de la relación holística, en el espacio de la galería o del museo, con las obras. Echaríamos mucho de menos ese disfrute y ese contacto.



Pero hay otros factores a considerar. El coleccionismo de obras de arte ha estado siempre reservado a los museos públicos, las instituciones o empresas y los individuos más o menos adinerados. La fotografía y el vídeo podrían haber abierto el camino a un coleccionismo más extendido del arte, pues su reproductibilidad mecánica posibilitaba una amplia distribución a precios mucho más reducidos. Pero no ha sido así. Es muy probable que surjan pronto nuevas formas de distribución y comercialización de la fotografía y el vídeo, que pasen por la venta de los archivos digitales, o de copias bajo demanda. No es necesario elegir: vender sólo en las galerías o vender sólo a través de Internet. Ambos modelos son compatibles. Incluso un mismo artista podría decidir comercializar una parte de su obra de esa manera, y reservar para las colecciones importantes las copias limitadas realizadas bajo su control. Es evidente que Internet desdibuja los conceptos de propiedad, exclusividad, inalterabilidad... que el mercado del arte procura conservar. Algo va a moverse, en cualquier caso.



Volviendo al eje temático del PHotoEspaña: tanto la fotografía desmaterializada como la que mantiene una entidad física experimentan una internacionalización acelerada. Los festivales de fotografía aún juegan cierto papel en este proceso pero es más intenso y evidente el intercambio de artistas en las galerías y en los centros de arte, donde la atención a la escena foránea es la norma incluso en enclaves periféricos y puede llegar a ser hasta excesiva. Como dimensiones, contexto e internacionalización no han tenido en las últimas décadas la misma consideración, siendo el desequilibrio más acusado en España que en otros países. Sí ha habido una cierta atención al contexto regional pero el fenómeno con resultados más claros ha sido la movilidad de los artistas que renuncian o no en ese desplazamiento a su imbricación en lo local. Y, según están las cosas, me temo que podríamos asistir a una fuga de talentos como la que ya se está produciendo en la investigación científica. La expatriación, temporal o permanente, debería ser consecuencia de un ejercicio de libertad, no de la presión política o de la precariedad económica. Para integrarse en una cultura internacional, si eso existiese, cada nodo -no voy a hablar de países o naciones- debería tener entidad propia.