Carlos Alcaraz y el Masters 1.000 de Montecarlo

Carlos Alcaraz y el Masters 1.000 de Montecarlo EE

Tenis

Montecarlo cambia las reglas: unas condiciones de pista únicas que benefician el juego de Carlos Alcaraz con un matiz

El tenista murciano inicia la próxima semana la gira europea de tierra batida en un Masters 1.000 donde defiende el título de campeón.

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El Masters 1.000 de Montecarlo levanta el telón como siempre, con el Mediterráneo de fondo y la sensación de que aquí empieza de verdad la temporada de tierra batida.

Carlos Alcaraz llega como vigente campeón, número uno del mundo y referencia absoluta en arcilla, pero esta vez con un componente extra: defiende título, defiende muchos puntos y se asoma a una superficie que, sobre el papel, potencia su tenis... siempre que sepa controlar un detalle.

El sorteo le ha dibujado un arranque exigente pero razonable. Como primer cabeza de serie, evita la primera ronda y debutará en segunda ante el ganador del duelo entre Sebastián Báez y Stan Wawrinka, un clásico con invitación especial.

Si supera ese estreno, el cuadro le puede poner por delante nombres como Tomás Etcheverry, Grigor Dimitrov, Terence Atmane o Frances Tiafoe en tercera ronda, con Lorenzo Musetti, Alex de Miñaur o Alexander Bublik como amenazas en su mitad de cuadro antes de una posible final soñada ante Jannik Sinner, ubicado en la parte baja.

El escenario está servido: el español inicia su defensa en un torneo que parece moldeado para su forma de entender la tierra batida.

Montecarlo es la primera gran parada de la gira europea de arcilla y tiene una personalidad propia. Se juega en el Monte Carlo Country Club, encajado en una ladera sobre el mar en Roquebrune-Cap-Martin, con pistas en terrazas que miran al Mediterráneo.

La arcilla es lenta y obliga a construir los puntos, pero la humedad costera, el viento y los cambios de temperatura pueden cambiar la cara de la pista en cuestión de horas: en días frescos y nublados, el suelo se vuelve pesado, la bola se frena y los intercambios se eternizan; con sol y brisa ligera, la superficie se seca y el bote sube, haciendo el juego bastante más vivo de lo que su color sugiere.

Carlos Alcaraz dialoga con su entrenador Samuel López, en pleno entrenamiento

Carlos Alcaraz dialoga con su entrenador Samuel López, en pleno entrenamiento EFE

Ahí es donde el tenis de Alcaraz, en principio, se multiplica. Su golpe liftado, cargado de efecto, aprovecha los botes altos típicos de Montecarlo para empujar al rival hacia atrás y obligarle a pegar por encima del hombro, un terreno donde el murciano se mueve como pez en el agua.

La combinación de físico, capacidad para deslizar sobre arcilla y un arsenal que mezcla palos pesados, ángulos y dejadas encaja a la perfección con un torneo que premia la paciencia para construir puntos, pero también la creatividad para rematarlos.

El matiz está en el otro lado de esa moneda. Cuando la humedad se dispara y la pista se riega, la bola se agarra más al suelo, pierde penetración y, por momentos, ni siquiera la potencia y el topspin de Alcaraz bastan para desbordar con dos o tres golpes.

Es en ese contexto cuando más riesgo asume: si intenta forzar demasiado para acortar puntos en una pista que no acompaña, aumentan los errores no forzados, justo el aspecto que él mismo ha admitido que debe controlar en arcilla tras sus primeras experiencias en el Principado.

Montecarlo, en resumen, ofrece un traje casi a medida para el juego de Carlos Alcaraz: bote alto, tiempo para preparar su derecha y un escenario ideal para que su físico marque diferencias.

Pero también le recuerda que, en tierra, no basta con pegar más fuerte que nadie: a veces, la única forma de dominar de verdad una pista tan especial es aceptar que habrá días pesados, puntos interminables… y aprender a ganar también cuando el decorado no le favorece tanto como dice el cartel