Djokovic, con el título de campeón del Abierto de Australia.

Djokovic, con el título de campeón del Abierto de Australia. Aly Song Reuters

Tenis Abierto de Australia

Djokovic no tiene rival, ni siquiera Nadal: siete veces campeón en Australia

El serbio se exhibe en la final ante el español (6-3, 6-2 y 6-3) y suma su grande número 15, desempatando con Pete Sampras y colocándose cerca de los 17 del mallorquín.

Melbourne (enviado especial)

La pelea de lobos queda en un león zampándose a una hormiga. No hace falta ninguna batalla épica para que Novak Djokovic se convierta en el primer jugador que gana siete veces el Abierto de Australia. No es un partido titánico. No es un encuentro legendario. No es un cruce emocionante. No es ni siquiera un choque bonito. Es un duelo histórico por el resultado que el serbio le propina a Rafael Nadal (6-3, 6-2 y 6-3) para ganar su tercer torneo del Grand Slam consecutivo (Wimbledon y el Abierto de los Estados Unidos de 2018) y demostrarle al mundo quién manda. Con una exhibición fantástica, Nole desempata en grandes con Pete Sampras (15) y se acerca mucho a los 17 del español, que nunca antes había perdido una final de Grand Slam sin anotarse al menos un set. El caníbal vuelve a estar desatado, voraz, certero e implacable, a años luz del resto. Y otra vez vuelve a ser evidente: sí, Nole lo tiene todo para ser el mejor de siempre. [Narración y estadísticas]

Nadal sale descompuesto a la final. Tiembla. Está tan nervioso como agarrotado. Da señales de estar intimidado. No lleva jugando ni un minuto y respira a bocanadas, con el corazón martilleándole el pecho como si encarase los últimos metros de un maratón. Es un jugador irreconocible que juega sin saque y con el brazo encogido, dejando todos sus tiros cortos, ofreciéndole a Djokovic pelotas a media pista que el serbio recibe sorprendido, pero también encantado. El español no siente la pelota, la toca sucia que dicen en el vestuario. Djokovic, no. Djokovic es todo lo contrario. Djokovic está flotando por la pista.

Con una facilidad increíble, jugando dos marchas por debajo de las que puede alcanzar, el serbio gana 13 de los 14 primeros puntos del partido. Ni 15 minutos pasan y Nole tiene una bola de break para colocarse 4-0. Es oficial: el número uno se está paseando ante el dos. 

Todavía con algunos rayos de sol, las casi 15.000 personas que miran atónitas el abuso de autoridad que se permite Djokovic intentan por todos los medios encender la final. No han pagado una entrada para esto. No se han frotado las manos desde el viernes para esto. No se han despertado nerviosos para esto. Djokovic y Nadal, los dos mejores tenistas del planeta, deberían llevarse al límite como tantas otras veces, empujarse hasta que uno no pueda más, obligar al otro sacar lo mejor de sí mismo. Eso, sin embargo, está muy lejos de ocurrir de principio a fin.

Nadal tarda 33 minutos en llegar al cruce. Hasta entonces, Djokovic gana cuatro juegos en blanco con su servicio, sin inquietarse. Durante esos 33 minutos, el español no es capaz de ganarle un punto al resto a su rival, que aprieta solo cuando lo necesita, en los pocos intercambios donde siente el peligro de acabar desbordado. El puño que saca Nadal para celebrar uno de sus grandes puntos en el partido encuentra respuesta en el grito de Nole. Es la forma que tiene el serbio de marcar terreno: jugar a destruir sin hacer esfuerzo, pero enseñar los dientes al más mínimo problema.

El desdibujado arranque de Nadal marca el desarrollo del encuentro. Por primera vez en todo el torneo, el español siente que no tiene el control de lo que pasa en el partido y cuando se quiere dar cuenta va perdiendo también el segundo parcial, con el break que consigue Djokovic (3-2 y saque) antes de que el reloj alcance la primera hora. Sí, la final va a toda mecha, un mal síntoma para el mallorquín, que golpea las cuerdas de su raqueta con la palma de la mano, que se mueve cabizbajo, que está hundido.

El balear va aplastando rivales durante las seis rondas anteriores impulsado por un juego agresivo que ante Djokovic nunca consigue desplegar. Se pueden contar con los dedos de las dos manos las ocasiones en las que Nadal fabrica sus golpes desde posiciones ofensivas, se pueden contar con los dedos de una cuántos de esos tiros desmontan las impenetrables defensas de su oponente.

En intensidad, tan importante en el juego, Nole es a día de hoy muy superior al español, y eso se nota en los intercambios más duros. En físico, donde siempre han ido a la par, el serbio también le saca una ventaja muy importante.

Así, y aún cediendo la segunda manga, un mundo de distancia en una final de Grand Slam, el mallorquín no quiere aceptar el castigo de Djokovic. Con todo perdido, 3-2 y saque del serbio en la tercera manga, Nadal se suelta de verdad. Juega largo. Mueve al número uno. Hace daño. Al fin es un partido de tenis y en esas condiciones se fabrica su única bola de rotura del encuentro (30-40). Es un espejismo: Nole la salva, cierra su triunfo al resto y abraza el título poco después con una sensación clarísima. Es complicado jugar mejor (34 golpes ganadores por solo nueve errores no forzados) que Djokovic el domingo por la noche.

Para Nadal, derrotado por cuarta vez en una final del Abierto de Australia (2012, 2014 y 2017 anteriormente), el golpe es duro. Sentirse preparado para ganar el título y quedarse tan lejos debe ser difícil de digerir. El español, en cualquier caso, no puede olvidarse de algo: hace menos de tres meses estaba entrando en el quirófano sin saber si podría llegar al primer Grand Slam de la temporada y ahora se marcha de Melbourne con dos semanas de brillantez y una final perdida.