Tsunoda camina por el paddock durante los test de Baréin.

Tsunoda camina por el paddock durante los test de Baréin. Europa Press

F1

Yuki Tsunoda, piloto de la F1, sobre sus inversiones: "Quiero abrir mi propio restaurante de comida japonesa"

La fascinación del japonés por el ramen y el sushi le han llevado a querer explotar su faceta empresarial, aunque no sería el cocinero.

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Yuki Tsunoda afronta el 2026 como una de las grandes incógnitas de la Fórmula 1, relegado al papel de piloto reserva de Red Bull tras perder su asiento titular, pero con un sueño muy claro lejos de los circuitos: abrir su propio restaurante de cocina japonesa.

El japonés, conocido en el paddock por su carácter explosivo en la radio y su pasión casi obsesiva por la comida, había convertido esa idea en algo más que una ocurrencia simpática de entrevista con el canal oficial de la Fórmula 1. En su cabeza, el proyecto de un local propio funcionaba como una segunda vida posible cuando el ruido de los motores se apagara.

Durante los últimos años, el de Sagamihara había ido verbalizando ese plan con una mezcla de timidez y determinación. "Es cierto que algún día quiero abrir un restaurante", explicaba en una pieza de la serie Behind The Visor, dejando claro que no se trataba de una simple fantasía.

"Primero quería ser campeón del mundo o, ya sabes, tener éxito en la Fórmula 1. Esa era mi prioridad, pero si tenía tiempo definitivamente quería abrir un restaurante", añadía, marcando el orden de sus objetivos.

El sueño gastronómico nacía de una ambición deportiva cumplida a medias, pero sobre todo de una personalidad construida alrededor de la comida y de los recuerdos que la acompañaban.

Yuki Tsunoda, en la foto del equipo Red Bull al término de la temporada 2025.

Yuki Tsunoda, en la foto del equipo Red Bull al término de la temporada 2025. Europa Press

Tsunoda se definía como un "foodie" empedernido, alguien que organizaba su agenda fuera del coche en función de los restaurantes que podía visitar en cada Gran Premio.

En entrevistas recientes detallaba su fascinación por el ramen y el sushi, por esos locales con el chef preparando las piezas frente al cliente, y por la competencia feroz que, según él, garantizaba la calidad en las calles de Tokio.

Pero su restaurante soñado no quería ser una réplica más de la gastronomía japonesa tradicional, sino una especie de diario de viaje comestible construido a partir de años volando de circuito en circuito.

"Siempre la base iba a ser la comida japonesa, pero quería usar la experiencia de cada país que visitaba con la Fórmula 1 y combinar los puntos fuertes de cada cocina", admitía, al hablar de ese proyecto del que solo se atrevía a "revelar un poco" por confidencialidad.

Una comida vanguardista

En su visión, el menú se articulaba en clave de fusión: Japón como eje, y alrededor influencias italianas, europeas y de otros rincones del calendario mundialista, destiladas en forma de platos pensados para que el comensal quisiera volver aunque viviera lejos.

La idea respondía a una convicción casi romántica: el restaurante debía ser una extensión de su personalidad, un lugar que contara su historia a través de los sabores.

Paradójicamente, el propio Tsunoda asumía que no estaba llamado a ser el chef de ese sueño. "Abriría el restaurante, pero no sería el cocinero, porque sé que ser chef es muy duro y no creo que tuviera tiempo para practicar", reconocía, subrayando el respeto que sentía por la profesión.

Su rol ideal se situaba en un punto intermedio entre propietario y curador culinario: "Cada menú que pusiera el chef, yo siempre lo comprobaría antes. Ese sería mi tipo de restaurante, ¿sabes?". La exigencia que aplicaba al desarrollo de un monoplaza se trasladaba aquí al detalle del plato, en un control casi obsesivo de la carta.

La marcha atrás de Red Bull, que lo había dejado sin asiento titular y lo empujaba al rol de reserva en 2026, reinterpretaba ese plan gastronómico desde otra perspectiva. El golpe deportivo, que él mismo había confesado que le había "decepcionado" y "enfadado", abría también una ventana para imaginar con más seriedad el futuro lejos de la parrilla.

Mientras sigue ligado a la estructura de Milton Keynes y a Racing Bulls en tareas de pruebas y simulador, Tsunoda parece haber encontrado en la idea de su restaurante una tabla de salvación emocional, un lugar al que proyectarse cuando el presente se torna incierto.

En un paddock acostumbrado a escuchar a los pilotos hablar de títulos, récords y legados, la confesión de que el gran sueño personal de Yuki no pasaba solo por ganar carreras, sino por abrir un pequeño templo de cocina japonesa de vocación global, sonaba casi subversiva.

Quizá por eso sus palabras habían calado tanto entre los aficionados: en un deporte construido sobre la velocidad y la presión, el japonés se permitía imaginar un futuro a fuego lento, entre ollas y recuerdos, sirviendo en la mesa las experiencias que acumuló a más de 300 km/h.