Iker Casillas, durante su infancia.

Iker Casillas, durante su infancia. EFE

Fútbol

Iker Casillas, 45 años: "Mi madre me engañaba para comer y me decía que Arconada comía pescado, y yo devoraba el plato"

La infancia en Móstoles del exguardameta del Real Madrid estuvo marcada por la austeridad y la admiración hacia Luis Arconada.

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Detrás de cada gran leyenda del deporte suele haber una infancia común, moldeada por la normalidad, el esfuerzo familiar y los pequeños mitos domésticos. Para Iker Casillas, el mejor portero de la historia del fútbol español, los cimientos de su éxito no se construyeron sobre campos de césped perfecto ni con guantes de última generación.

Se forjaron en un piso de 60 metros cuadrados en la localidad madrileña de Móstoles, bajo la atenta mirada de unos padres trabajadores que estiraban el sueldo para llegar a fin de mes. En ese entorno humilde, el pequeño Iker ya soñaba con imitar a sus grandes ídolos, una devoción que su madre supo utilizar con astucia felina en la mesa de la cocina.

El propio exguardameta del Real Madrid recordó con nostalgia y humor una de las tácticas más efectivas de su infancia: "Mi madre, para engañarme a comer, me decía que Arconada comía pescado y yo devoraba el plato".

Luis Miguel Arconada, el mítico portero de la Real Sociedad y de la selección española de los años 80, era el espejo en el que Casillas se miraba. Saber que su héroe obtenía su fuerza de aquel plato de pescado era motivación suficiente para que el niño, habitualmente reacio a la comida, no dejara ni las raspas.

Esa inocencia y ese deseo de emulación marcaron los primeros pasos de un niño que, a diferencia de la mayoría, no quería marcar goles, sino evitarlos. Los inicios, sin embargo, estuvieron alejados de cualquier atisbo de lujo. Su padre, guardia civil de profesión, y su madre, peluquera, realizaban sacrificios diarios invisibles para el gran público.

Casillas, portero del Oporto. Foto: Twitter (@IkerCasillas)

Casillas, portero del Oporto. Foto: Twitter (@IkerCasillas) Europa Press

Iker recuerda con especial cariño los trayectos al entrenamiento en un modesto Seat 124 de color rojo y la disciplina de tener que coser y remendar sus propios guantes cuando se rompían, ya que la economía familiar no permitía el despilfarro de comprar unos nuevos cada mes.

Con el tiempo, el engaño del pescado surtió efecto. Aquel niño de Móstoles creció, ingresó en las categorías inferiores del Real Madrid y terminó superando los registros de su admirado Arconada, levantando dos Eurocopas y un Mundial como capitán de la selección absoluta.

La anécdota, convertida hoy en una entrañable declaración pública, refleja que la grandeza de Casillas no solo reside en sus reflejos felinos sobre la línea de gol, sino en mantener intacta la memoria de sus raíces. Aquella astuta mentira materna no solo sirvió para alimentarlo, sino que acabó nutriendo el sueño de un niño que terminó cambiando la historia del fútbol español.