Montaje de David Silva y el lugar donde desconecta.

Montaje de David Silva y el lugar donde desconecta. EE

Fútbol

El refugio de David Silva en un pueblo de 2.000 habitantes: desafío a la gravedad y un vino que cautivó al Imperio Romano

El exfutbolista canario ha encontrado un lugar idóneo para desconectar lejos de las Islas.

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Hay deportistas de élite que, al alejarse de los focos de los grandes estadios, buscan el anonimato en islas privadas o resorts de lujo inaccesibles.

David Silva, sin embargo, prefirió el silencio de las piedras milenarias, el rumor de los ríos profundos y el aroma a uva fermentada. Tras una carrera legendaria en el fútbol mundial, el jugador canario ha encontrado su campamento base idóneo para desconectar en Sober, un pequeño rincón rural gallego que apenas supera los 2.000 habitantes y que custodia los secretos mejor guardados de la Ribeira Sacra.

Sober no es un destino vacacional común; es un viaje al origen. La vida allí transcurre sin prisas, repartida en pequeñas parroquias que salpican un paisaje dominado por el Cañón del Sil. Es precisamente este aislamiento pacífico lo que atrae a Silva.

Lejos de la presión mediática, el exfutbolista se ha convertido en un vecino discreto más, alguien a quien no es raro ver disfrutando de la gastronomía local en los restaurantes de la villa o recorriendo los caminos de tierra que llevan a los miradores.

Sin embargo, su presencia en este recóndito lugar de Lugo no es casual, sino que responde a una profunda pasión compartida con los habitantes de la zona: el culto al vino.

David Silva.

David Silva.

La fascinación de David Silva por Sober se entiende a través de su propia faceta como bodeguero. En estas tierras, el exfutbolista ha encontrado la máxima inspiración técnica gracias a su estrecha amistad con elaboradores locales.

Admirador confeso de la producción artesanal, Silva acude con frecuencia para aprender los secretos de la viticultura heroica, una práctica agrícola que define a la comarca y que supone un auténtico desafío a la gravedad.

En las laderas del río Sil, los viñedos se asientan sobre bancales de piedra con pendientes verticales que llegan a alcanzar el 70% de inclinación. Allí, la vendimia se convierte en un ejercicio de funambulismo donde los agricultores desafían al vacío, subiendo las cajas de uva mediante un inverosímil sistema de raíles y pequeños vagones dentados que trepan por la roca desnuda.

Este paisaje extremo, donde la tierra parece colgar sobre el abismo, no solo asombra a los visitantes contemporáneos como Silva, sino que ya fascinó a las civilizaciones más antiguas. Cuenta la historia que las legiones romanas quedaron tan impactadas por las condiciones de la zona que decidieron potenciar sus viñedos.

De hecho, una arraigada leyenda local asegura que el vino de Amandi -una de las parroquias más célebres de Sober- era tan codiciado por su calidad que se transportaba en ánforas desde el interior de Galicia directamente hasta la mesa de los mismísimos césares en Roma.

Es esa herencia milenaria, unida al misticismo del entorno, lo que convierte a Sober en el refugio perfecto. Entre el recuerdo de un imperio extinguido y el vértigo de unos viñedos imposibles, David Silva ha encontrado el lugar idóneo para detener el tiempo y respirar.