Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Gianni Infantino, presidente de la FIFA, durante una reunión en la Casa Blanca.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Gianni Infantino, presidente de la FIFA, durante una reunión en la Casa Blanca. REUTERS

Fútbol

Dos meses para el Mundial... ¿Más caro de la historia?: 300% de inflación y la odisea de viajar en un clima de tensión global

El 11 de junio arranca la Copa del Mundo y los precios de entradas para algunos partidos llegan ya a los 10.000 euros.

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Faltan dos meses para que comience el Mundial 2026 y el primer gran filtro de esta Copa del Mundo no es deportivo, sino estrictamente financiero.

A 61 días del pitido inicial en el Estadio Azteca, el aficionado de a pie asiste incrédulo a un escenario logístico prohibitivo, marcado por una inflación espectacular en el precio de las entradas, alojamientos con tarifas especulativas y una logística transfronteriza agotadora.

El sueño de cruzar el charco para acompañar a tu selección exige hoy un peaje que supera holgadamente los 8.000 euros. La gran fiesta del fútbol ha colgado el cartel de evento exclusivo, alejándose del hincha tradicional en favor de un nuevo perfil: el turista de lujo.

Además, el desorbitado coste del torneo no se explica únicamente por la ambición de la industria deportiva; está profundamente anclado en el convulso contexto internacional.

La inestabilidad geopolítica de las últimas semanas ha mantenido el precio del combustible en máximos históricos, encareciendo los vuelos transatlánticos e internos a niveles récord.

Volar este verano hacia Estados Unidos, México o Canadá supone asumir unas tarifas aéreas que, en muchos casos, han duplicado a las de la era prepandemia.

A la asfixia económica se suma el inmenso desafío de la seguridad. Norteamérica ha diseñado un Mundial convertido en una fortaleza. Lejos de la libertad de movimientos de ediciones anteriores, el aficionado internacional choca de frente contra un entramado de fronteras militarizadas y vigilancia extrema.

Cruzar de un país sede a otro exige tramitar visados y permisos electrónicos (como el ESTA estadounidense o la eTA canadiense), obligando al seguidor a someterse a controles biométricos exhaustivos en cada aeropuerto.

El despliegue de seguridad -con drones, anillos de control perimetral y presencia policial masiva- recuerda más a una cumbre de jefes de Estado que a una celebración deportiva, añadiendo incontables horas de burocracia, esperas y ansiedad a cada tramo del viaje.

Precios de entradas por las nubes

Si sortear las aduanas y pagar los vuelos internacionales supone el primer gran golpe al bolsillo, lo peor llega en las taquillas. Para esta edición, la FIFA ha abandonado la tradicional política de precios fijos por categorías que vimos en Qatar 2022, implementando un agresivo sistema de "precio dinámico".

Inspirado en el modelo de plataformas como Ticketmaster, el coste de las entradas fluctúa ahora según la demanda y el atractivo de las selecciones, castigando sin piedad la fidelidad del aficionado.

Los datos, actualizados a esta misma semana de abril, dibujan un encarecimiento medio superior al 300%. Mientras que en Doha una entrada básica para la Fase de Grupos rondaba los 55 euros, hoy, asistir a un partido estándar exige un desembolso mínimo de 165 euros, cifra que salta fácilmente por encima de los 600 euros si se trata de selecciones de primer nivel.

FASE MUNDIAL 2022 MUNDIAL 2026
Fase de grupos (básico) 60 165
Fase de grupos (premium) 200 550
Octavos de final 230 555
Cuartos de final 260 935
Cuartos de final (premium) 390 1325
Semifinal 600 2200
Semifinal (premium) 880 4500
Final 1390 10000

La brecha económica se acrecenta al llegar a las rondas eliminatorias, donde un asiento para los cuartos de final roza ya los 1.000 euros.

Sin embargo, el símbolo definitivo de esta gentrificación del fútbol es la gran final. El ticket más exclusivo, que en 2022 costó unos 1.400 euros, ha pulverizado todos los registros históricos superando los 10.100 euros.

Es la consagración del modelo corporativo estadounidense aplicado al fútbol de selecciones: exprimir al máximo a un público de altísimo poder adquisitivo.

De un lado a otro

Además, el hecho de que el Mundial se dispute en tres países diferentes dificulta mucho la movilidad para aquellos aficionados que quieran seguir al menos toda la fase de grupos de su selección.

Por ejemplo, en el caso de España, un aficionado que despegue desde Madrid o Barcelona se enfrenta a una auténtica trampa financiera y de desgaste físico.

Sobre el papel, que los de Luis de la Fuente jueguen sus dos primeros partidos (el 15 y el 21 de junio) en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta parece una bendición logística que evita un vuelo. La realidad es mucho más cruel: obliga al viajero a sostener el altísimo coste de vida de una metrópoli estadounidense durante casi una semana entera.

Un vuelo transatlántico directo a Atlanta en junio no baja de los 900 euros. Una vez allí, conseguir una cama en una ciudad con la oferta hotelera colapsada exige pagar unos 350 euros por noche; esto supone un desembolso ineludible de unos 2.800 euros en alojamiento solo por esperar al segundo partido.

Tras ese encuentro, la burbuja estadounidense estalla y toca hacer las maletas hacia Guadalajara (México) para el decisivo choque final contra Uruguay del 26 de junio. Ese salto fronterizo de apenas cuatro horas cuesta unos 450 euros adicionales, e implica salir del espacio aéreo estadounidense, pasar nuevas aduanas y cambiar de moneda.

A esto hay que sumar el coste del alojamiento en territorio mexicano (inflado por la demanda mundialista) y el inevitable vuelo de regreso a Europa con escala, que añade otros 850 euros a la cuenta.

Al empaquetar estos 14 días de travesía, la factura es demoledora. Sumando vuelos (2.200 euros), 12 noches de hotel especulativo (3.800 euros), tres entradas afectadas por el algoritmo dinámico de la FIFA (900 euros) y la supervivencia diaria de un viaje austero (1.400 euros), la calculadora dicta sentencia: 8.300 euros.