Kinsky, consolado por sus compañeros.

Kinsky, consolado por sus compañeros. REUTERS

Fútbol

Dos errores, tres goles y una sustitución: los quince minutos de tortura del guardameta Kinsky en el Metropolitano

El checo se ganó la titularidad en la Champions después de una temporada a la sombra, pero apenas duró un cuarto de hora fruto de sus propios fallos garrafales.

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Quince minutos de juego. 3-0 en el marcador para el Atlético y tres errores garrafales que los podría haber firmado cualquier equipo alevín. Dos de ellos, clamorosos e imperdonables, obra de Antonin Kinsky.

El guardameta del Tottenham le puso en bandeja la eliminatoria de los octavos de final de Champions League al Atlético de Madrid con una actuación incomprensible para la élite. Tanto, que fue duramente castigado por su entrenador Igor Tudor con el cambio.

Un error gigante, visto en perspectiva, del propio técnico la apuesta en el Metropolitano. El portero checo era el suplente habitual en el Tottenham y apenas había jugado dos partidos en todo el año, pero buscando un lavado de cara el míster de los Spurs buscó la revolución en la portería.

El cambio no le pudo salir peor. El Metropolitano se convirtió en la tumba, en el lugar de la peor pesadilla de Antonin Kinsky.

No se habían disputado ni siquiera cinco minutos de encuentro cuando el portero checo se resbaló tratando de despejar un balón. El resultado de ello, el primer gol. Le regaló la posesión a Lookman, este sirvió para Julián y el argentino conectó con Llorente. Fácil para el 1-0.

Un error igual de desafortunado de Van den Ven, central de los ingleses, puso en bandeja el 2-0 para el Atlético sin que Kinsky tuviera mucho que decir en esta ocasión, pero no iba a tardar en volver a aparecer para alegría de la afición atlética.

KInsky, desolado al ser sustituido.

KInsky, desolado al ser sustituido. REUTERS

Al minuto siguiente, Kinsky hizo de las suyas. En una cesión para que volviera a despejar, no se sabe muy bien cómo pero le pegó una patada al aire en vez de contactar con el balón. Julián Álvarez, en línea de gol, agradeció el regalo para empujar el 3-0.

Fue ahí cuando Tudor dijo basta. Rápidamente le dijo a Vicario que se preparara porque su salida al campo era inminente. Entre el jolgorio y la estupefacción, la afición del Metropolitano acudió encantada al espectáculo.

Kinsky se marchó rápido entre los abrazos de varios de sus compañeros que fueron a consolarlo. Especial fue el achuchón del propio Vicario. No estaba para bromas el checo, que sin cruzar mirada con su entrenador se marchó directo al vestuario sin querer saber nada de nadie.