Ricardo López, durante un partido con Osasuna.

Ricardo López, durante un partido con Osasuna.

Fútbol

Ricardo López (54), exfutbolista, sobre sus inversiones: "La venta de productos dermocosméticos es un negocio redondo"

El exportero del Osasuna, Atlético de Madrid o Manchester United probó también con las criptomonedas: compró bitcoin y "toqueteó algo" de trading en bolsa americana, hasta que empezó a recibir llamadas sospechosas invitándole a meter más dinero.

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C. S.
Publicada

Ricardo López se hizo un nombre en la élite con el Atlético de Madrid, Valladolid, Manchester United y, sobre todo, Osasuna, pero que con el tiempo descubría el reverso menos amable del éxito.

Entre anécdotas de vestuario y proyectos empresariales, el madrileño dejaba en el podcast Los Fulanos una radiografía muy clara de un gremio proclive a dejarse llevar: "el futbolista es confiado, confía mucho en los representantes, en los amigos… y luego al final pues te la pegan", admitía.

Lejos de la portería, el exfutbolista se había reinventado en un terreno poco habitual para un exfutbolista: la estética y la cosmética. En la entrevista recordaba cómo puso en marcha en Pamplona un centro de belleza, Pamplona CL, que funcionaba "bien" y que incluso le llevó a crear su propia línea de productos dermocosméticos junto a su entonces mujer, Marta.

"Veía que mi mujer usaba de todo: cremas corporales, sérum de vitamina C, sérum de ácido hialurónico, hidratantes, contorno de ojos… una lista interminable", contaba, antes de explicar que, con un proveedor en Madrid, el margen de beneficio era demasiado estrecho.

De ahí surgió la idea de ir directamente a un laboratorio. López se dedicó a llamar, recibir muestras y convertir el salón de casa en un pequeño banco de pruebas: "ellos me mandaban pruebas y yo se las daba a Marta para que las probase ella, que llevaba 20 años en el negocio y era una sibarita de la pedicura y la manicura", relataba.

Ricardo López, durante un partido con el Osasuna.

Ricardo López, durante un partido con el Osasuna.

Hasta que dieron con un laboratorio "que daba en el clavo", con una cosmética "muy buena" y la posibilidad de desarrollar marca, envase y frascos propios. "Ahí empecé yo a diseñarlo con el diseñador de allí: el nombre, las cajas, todo", decía, orgulloso de un proyecto al que su exmujer acabaría dando continuidad tras la separación.

El salto a marca propia transformó las cuentas del centro. López ponía números a ese cambio de modelo: "a lo mejor, de tener un margen del 15-20% pasas a tener un 60. Negocio redondo, muy bueno", explicaba, convencido de que el secreto estaba en controlar la cadena y aprovechar una clientela fiel en Pamplona.

La siguiente fase lógica era la venta online, un paso que él ya no lideraría tras desvincularse del día a día, pero que dejaba sobre la mesa a modo de guiño a posibles inversores: "el próximo paso es comercializarlo en internet, pero yo me he salido; ahí se queda Marta para que lo explote".

La inversión en el ladrillo

Más allá de la estética, el exguardameta se apoyaba en un clásico refugio patrimonial: el ladrillo. Detallaba que tenía una casa en Madrid, en la zona de Pirámides, un inmueble en Las Rozas que acababa de quedarse sin inquilino y un apartamento en el centro de Manchester, comprado durante su etapa en la Premier.

"Manchester lo tengo alquilado, la casa de Las Rozas también la tenía alquilada hasta ahora… y como hemos deshecho el matrimonio, ahora toca partir un poco las peras", resumía, mezclando humor y realismo sobre el reparto de bienes.

No todas las jugadas financieras le salieron igual de bien. López recordaba su incursión en bolsa de la mano de un asesor, Jesús Mariñas, en plena guerra tecnológica.

"Invertí en Nokia y ahí me fue un poco más mal", admitía. Cuando vio que el rumbo cambiaba, insistió: "le dije: 'Mariñas, saca, saca'. Menos mal que me hizo caso, porque fue justo la época en la que explotó Apple y Nokia… ahí perdí algo, pero poco", explicaba, consciente de haber esquivado un golpe mayor.

Con las criptomonedas, el portero también probó, pero siempre con el freno de mano echado. Se abrió una cuenta en Coinbase, compró bitcoin y "toqueteó algo" de trading en bolsa americana, hasta que empezó a recibir llamadas sospechosas invitándole a meter más dinero.

"Lo saqué todo rápido, porque luego hubo una gente que me llamó que era muy sospechosa… hay que tener mucho cuidado con eso, no te puedes fiar de la gente", insistía, enlazando su propia experiencia con el caso de un joven pamplonés del proyecto GQ, detenido por presuntas estafas con inversores en criptoactivos.

Su primer sueldo 

En medio de tantas cifras, López no perdía de vista el componente emocional del dinero. Su primer sueldo serio, alrededor de 50.000 pesetas en el Atlético juvenil, tuvo sabor a pulpo y gambas con su amigo Javier Gómez Matallanas, hoy portavoz de la Federación Española.

Después de aquel homenaje gastronómico, llegó el gesto que más recuerda: "ir a mi casa y decirle: 'mamá, toma', porque habíamos pasado una época difícil viviendo de alquiler; cuando luego pude comprarle el piso de Pirámides, imagínate la felicidad de mi madre", narraba.

Ricardo López, en un entrenamiento con el CA Osasuna.

Ricardo López, en un entrenamiento con el CA Osasuna.

Caprichos de lujo, reconocía, tuvo pocos: algún reloj y, sobre todo, un autogiro. "Puedo informar y informo de que soy piloto de autogiro, comandante", bromeaba. Se gastó unos 80.000 euros en un ultraligero y otros 300 euros al mes en hangar y cuota del aeródromo de Lumbier, todo para poder sobrevolar la sierra, la Foz de Lumbier e incluso llegar a Francia.

"Me lo he pasado con el autogiro muy bien, pero volé tanto que lo vendí porque me cansé; cuando vuelas solo, al final te pones a hacer piruetas y un día me voy a matar", confesaba, consciente del riesgo de jugar demasiado con el límite.

Ya instalado en una vida más tranquila, entre banquillos y pizarras, a Ricardo se le encendía la bombilla con un invento doméstico al que veía recorrido comercial: unas pequeñas fichas de resina epoxy con la foto del jugador y un imán, pensadas para pizarras magnéticas. "Para todo el que sea entrenador dirá: 'qué buen invento'. De un problema, de escribir todos los días los 24 nombres, pasas a tenerlos con su foto pegados en la pizarra", explicaba.

Así podía ordenar lesionados, ausentes y disponibles sin volverse loco: "con eso no fallas, sabes quién ha venido a entrenar; muchas veces tienes 25 jugadores y siempre te falta uno en la lista", añadía, entre risas.

El proceso, contaba, nació casi de casualidad en casa, mezclando dos botes de resina que se calentaban y endurecían de golpe. "Al principio me asusté, creía que quemaba la casa", admitía, antes de detallar cómo vertía la mezcla en moldes, colocaba la foto y dejaba que se solidificara en una pieza transparente y dura, "como metacrilato".

"Es una cosa muy práctica y en la que sí invertiría; no para hacerte millonario, pero puede ser chula", decía, mientras se planteaba patentarla y lanzaba una especie de ronda de financiación improvisada ante los micrófonos.