En Cardiff hay una peña madridista y un pub que es propiedad de uno de los jugadores del Real Madrid. Podrías pensar que en cada partido de los de Zidane el pub se llena de fervorosos fans blancos que cantan el himno de la Décima entre pinta y pinta. Algunas veces es así, pero no siempre ni en la mayoría de ocasiones. El papel secundario y decepcionante del equipo en la Liga y la escasa suerte del jugador propietario del local conspiran en contra.

El pasado domingo, a las 8,45 (7,45 hora británica), el panorama era desolador en el Elevens. Se ve que el partido contra el Girona no se presentaba como muy atractivo y/o que los Erasmus que en su mayoría pueblan la asociación tenían mucha resaca acumulada o muchas ganas de honrar el sobrenombre de su beca (orgasmus) retozando con estudiantes de otras nacionalidades. El hecho es que a esa hora, literalmente, en el Elevens estábamos Mark, el barbudo barman; Geraint, el cocinero, cuya presencia en los fogones se intuía al otro lado; y un servidor de ustedes.

Si no fuera por las pantallas de plasma, que ofrecían el partido del Madrid junto a otras citas ineludibles del deporte, y que aún no existían en los tiempos de Sinatra, la escena remitiría a aquella canción de Ol' Blue Eyes en la que el crooner, irremediablemente borracho, abría su corazón en dos a Joe (el mío se llama Mark pero qué más da).

It's quarter to eight.

There's no one in the place

except you and me.

So set 'em up, Mark.

I got a little story

I think you should know.

Esa es la escena. No tengo, en realidad, ninguna historia que contar a Mark y mucho menos una que deba conocer, y si la tengo me faltan pintas como para creerlo. En la pantalla más cercana Lucas Vázquez acaba de marcar el tercero, que es celebrado con un mohín de aprobación por parte de Mark y un dedo apuntando al techo por la mía. Es una alegría somera, de tarde de domingo con nieve, y si bien lo que llega a nuestros oídos no es un piano melancólico, sino las voces distorsionadas de los comentaristas de Sky Sports, cuelga sobre la sala un ambiente plomizo. Hay un fatum, un poso incómodo y triste en el fondo del vaso. Gareth está en el banquillo y en junio podría irse. Se diría que Mark no quiere siquiera hablar de ello. Es un madridista ejemplar y galés orgulloso y es, por supuesto, muy de Gareth.

We're drinking, my friend

to the end

of a brief episode.

Make it one for Gareth

and one more for the road.

Gareth Bale, en el banquillo.

Gareth Bale, en el banquillo.

Si quisiera ver de nuevo la memorabilia del local (pero no quiero, no, no quiero) ahora mismo me pondría en pie y ya tambaleándome ligeramente me encaminaría por el pequeño pasillo hacia las vitrinas donde se muestran al público las botas que llevaba Gareth en la Final de Milán.

-Mira, hijo- le diría a mi hijo si yo quisiera acercarme a la vitrina (y si mi hijo estuviera allí conmigo)-, mira. Con esta bota chutó Gareth, cojo perdido por lo demás, el penalti que le tocó en la tanda. Gol. Gol, hijo. Hay jugadores que son leyenda viva del Madrid, que además lo son con todo merecimiento, y que nunca han protagonizado un momento así. Hay leyendas vivas del madridismo que no sólo no han chutado un penalti al filo de la vida y de la muerte en una Final de Champions, sino que nunca han jugado dicha Final. Y son mitos. Pero Gareth no lo es, no para muchos, no quizá para la mayoría, y sabes por qué? Porque es frágil, hijo, no garantiza continuidad. Y quién, sino los chupatintas y el hombre de negocios de aquel planeta del Principito, quiere continuidad allá donde hay gloria. Pero Gareth es frágil, hijo. Frágil como la infancia. Frágil como la felicidad. Frágil como Marilyn.

Levanto la vista a la otra vitrina y veo la camiseta que Gareth lució en Milán, firmada por todos sus compañeros uno a uno.

-Esto, hijo, es Gareth diciéndonos: "No te lo pierdas, yo he jugado y he ganado con todos estos genios del fútbol". Es el madridista que Gareth Bale era a tu edad proyectándose al futuro y confiándonos sus sueños. "Te imaginas que yo algún día...?" Es un guiño del futuro a ese pasado, y si viajara a Milán un DeLorean (como el de esa película que te he puesto y tanto te gusta) quizá ahora viéramos cómo las firmas de Marcelo, de Cristiano, de Modric, empiezan a difuminarse pero no. Están aquí, hijo, míralas bien. Hay ingenuidad, hay nobleza en esas firmas que nos hablan de ambiciones y de amor y de madridismo, de puto madridismo. Sí, hijo, ya sé que eso no se dice.

Una voz extemporánea me saca de pronto de mi ensoñación. El Madrid ha marcado el cuarto y comprendo que no estoy con mi hijo y que no estoy delante de las vitrinas sino apoyado en la barra, al otro lado de la cual Mark sonríe de forma agridulce mientras me sirve otra pinta.

-Cristiano- musita Mark, enunciando el penúltimo goleador tanto como sus ganas de cerrar. Ha sido un día largo para él.

Well, that's how it goes.

And Mark, I know you're getting anxious to close.

El comentarista anuncia ahora que Gareth sale al campo y la noticia es recibida con tranquila expectación y un apunte de irrealidad: el dueño del local en la tele. Ninguno de los dos (ni Mark ni yo) lo expone en esos términos pero ambos sonreímos conforme a ellos.

-Habrá ronda gratis si marca, no?

-Ya sabes que no puedo.

-Cómo sois los británicos.

-Yo solo soy galés.

-Whatever you are.

Ya sabemos cómo son los británicos y ya sabemos cómo es Gareth, que no desaprovecha la ocasión para recibir un pase interior y tirar con su pierna mala. El portero rival alcanza a tocar el balón, que entra en la portería llorando. Llorando. Qué apropiado.

Las voces de Sky Sports alertan a Geraint, el cocinero, que sale de la cueva (ya poco le queda por hacer allí) para ver la repetición. Los tres chocamos las palmas con la tontería. Hay celebraciones íntimas que dicen mucho más que el aplauso de un estadio. Las cámaras apuntan a Gareth que obviamente no sabe que el gol es para nosotros tres y que no sabe que nosotros lo sabemos aunque no lo digamos. La sensación es tan rara, hay una sensación de privacidad tan alarmante que es casi como si Gareth estuviera allí, con nosotros, celebrando el gol de otro. Ya casi, un poco, lo es. El gol de otro.

But this torch that I've found

is gotta be drowned

or it soon might explode.

Make it one for Gareth

and one more for the road.

Allá donde te lleve esa carretera, Gareth, lleva en tu frente el beso de mi gratitud. Esto tiene todo el aspecto de una despedida. Antes, intuyo un último arrebato de pasión y una última copa (one more, one for yourself, one for the road) elevada al cielo. Después, toma por favor del hombro al niño madridista que fuiste y caminad, Gareth, caminad.