Mientras la Eurocopa sigue su curso, las ligas de baloncesto han terminado con muchos protagonistas. Nadie ha puesto en duda que LeBron James y Sergio Llull han sido los mejores de sus respectivas finales. Determinantes para sus equipos, ambos han sido, además, protagonistas de historias modélicas y generosas que nos muestran que para algunos deportistas profesionales el deporte significa algo más que el sueldo. LeBron renunció a las grandes franquicias de la NBA porque quería ofrecerle a su ciudad algo que no tenía desde que en 1964 los Browns consiguieron para Cleveland el campeonato de la NFL: un título en una de las grandes ligas profesionales. Y Llull renunció a un salario mucho más elevado en los Rockets de Houston, porque su sueño siempre había sido jugar en el Real Madrid.


Jugadores de coraje, poderosos y con un compromiso fuera de lo común, su contribución se ha propagado de forma omnipresente y decisiva durante todos los partidos sin excepción. Pero, curiosamente, no durante los momentos clave de los títulos. En el último cuarto de los encuentros que cerraron ambas finales, cuando la presión subió hasta tal punto que los Warriors y los Cavaliers permanecieron empatados a 89 durante varios minutos, y el Madrid se encalló en 74 puntos para comprobar como el Barcelona liquidaba la diferencia entre ambos, la suerte pasó a un territorio que ni siquiera pisan jugadores tan extraordinarios como LeBron y Llull: el de la creatividad en el alambre. Kyrie Irving y Sergio Rodríguez se convirtieron en los ejecutores de sus rivales sacando a relucir lo inesperado cuando el resto no alcanzaba ni lo rutinario. Un triple imposible de Irving que pasará a los anales de la NBA y dos triples y una asistencia del Chacho que terminaron por romper la orgullosa resistencia del Barcelona.


Con esta victoria, el Madrid completa una meritoria temporada y sumerge aún más a su eterno rival en una crisis que comenzó con las lesiones que lastraron a Navarro y con la marcha de Ricky Rubio a la NBA, y que se prolonga ya durante unas cuantas temporadas. El equipo azulgrana necesita lo que hace grande a su eterno rival: un estilo, una columna vertebral y una afición incondicional. Entre los muchos méritos que cuenta el equipo de Pablo Laso y Juan Carlos Sánchez hay uno que sobresale de forma particular en los tiempos que corren: el Palacio se llena habitualmente y la hinchada es fiel como casi ninguna.


El equipo, con un estilo brillante y ofensivo y una entrega constante, ha encandilado a una afición que se siente parte del relato: sufre con ellos en la derrota y celebra con ellos en la victoria. Y siempre les recompensa su actuación: la ovación que les dedicaron la noche en la que fueron eliminados de la Euroliga fue la más emotiva que se ha podido escuchar en los últimos tiempos. De esta forma, reconoce la humildad, la naturalidad, la educación y el compañerismo de un grupo entregado sin fisuras a la causa de jugar bien al baloncesto. Un ejemplo más de que la victoria sin ejemplaridad no es suficiente.


Así lo entienden, y dieron prueba de ello en la pasada reunión internacional de atletismo de Madrid, Ruth Beitia, a la que vimos en plena competición haciendo de asistente técnica de su mayor rival, Alessia Trost, y Ángel David Rodríguez, que minutos después de perder su récord nacional de 100 metros lisos declaró ponerse a los pies del nuevo plusmarquista y reconocer que tiene un rival superior que le motivará para progresar: Bruno Hortelano. Este trotamundos nacido en Australia, criado en Canadá y que se licenció en Ingeniería biológica en los Estados Unidos batió por dos veces el récord de España del hectómetro. Pero como pronto recortará el de 200 metros, ya habrá tiempo de hablar de él.