Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo: 10 himnos de folclóricas feministas

"Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo": 10 himnos de folclóricas feministas

Música 8-M, feminismo en libertad

"Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo": 10 himnos de folclóricas feministas

De Antoñita Peñuela a Rocío Jurado pasando por María Jiménez: aquí las pioneras en conseguir que el feminismo patrio calase en la cultura popular. 

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Ellas llegaron desde las postrimerías del franquismo a los primeros coleteos de la democracia a poner orden en esa banda sonora patria que rebosaba testosterona: lo hicieron con lunares pintados sobre el labio, con escotes inéditos, con batas de cola y rajas en la falda en una España temblorosa de nacionalcatolicismo. Lo hicieron instintivamente, sin eslóganes ni partidismos, sólo como expresión de su forma vanguardista y rebelde de estar en el mundo. Se manifestaron por sí mismas, pero, a la vez, le abrieron los ojos a todas. 

Llegaron a los oídos de hasta el último de los españolitos; empezando por sus malos maridos y terribles amores. Encañonaron el discurso único con el micrófono. Dejaron de callarse y de agachar la cabeza. Se enfrentaron a una sociedad rancia bien hasta arriba de laca y gracia y narraron historias musicalizadas que jamás se habían escuchado hasta entonces. Hablaron de sexo, hartazgo y revancha. Aquí diez de las primeras canciones que rompieron la playlist machista de España.

Marifé de Triana. La loba. 

Fue una de las primeras folclóricas que dio voz a las expulsadas del sistema. En esta canción, a las madres solteras. “La loba, vaya una fama: no te calles, ¡qué más da!, pero a ver quién me lo llama con la cara levantá”. Relata la historia de una mujer que “perdió su honra” -como se decía entonces- por tener sexo con el hombre al que amaba y después ser abandonada por él, cuando ya estaba embarazada.

A los años, ve cómo su propio vástago hace lo propio con otra mujer y ella se rebela: “Un día una moza lo viene a buscar y ve que su hijo la aparta diciendo ‘perdóname, madre, no la quiero ya’. Palabras de negra historia, palabras de desengaño que vuelven a su memoria al cabo de tantos años (…) ¿La loba? ¿Y haces alarde de jugar con un querer? Voy a llamarte cobarde si no cumples tu deber”. Su hijo se parecía al padre que nunca conoció. 

Antoñita Peñuela. La espabilá.

Himno arrollador en pleno 1971. “En el barrio me critican porque soy la espabilá, porque tengo toa’ la jeta de mi tía Trinidad: que si llevo minifalda y to’ el pelo apanochao’, y me fumo cigarrillos con boquilla amentolados”, cantaba la Peñuela, sabiéndose una “niña ye-yé”. “¿Qué le importa al faraón si me gusta gamberrear y tomarme combinados sobre la barra de un bar?”, disparaba. “Si critican, que critiquen, yo me siento muy honrá”. Una mujer que esquivaba a carcajadas y chulería las convenciones de la época; una artista que se enfrentó al tópico de la hembra complaciente que esperaba al marido en casa. No: ella era la primera que montaba la trinchera desde la taberna y echaba el humo a la cara de cualquier impertinente.

Mari Trini. Yo no soy esa. 

También Mari Trini arremetió contra el modelo de mujer establecido en 1971. “Yo no soy esa que tú te imaginas: una señorita tranquila y sencilla que un día abandonas y siempre persona. Esa niña, ¿sí, no?, esa no soy yo. Yo no soy esa que tú te creías, la paloma blanca que te baila el agua, que ríe por nada, diciendo sí a todo”. Y fue aún más lejos. Ella estaba lejos de la esposa modélica y cerca de la femme fatale: “Pero si buscas tan sólo aventuras, amigo, pon guardia a toda tu casa”.

Cecilia. Dama, dama. 

1975. En Dama, dama, Cecilia hacía un retrato de la mujer adúltera de clase alta, de la doble vida de una señorita bien que, de cara al público, era esposa, madre y devota, pero que soñaba con escribir poemas y escapar de lo predecible con algún canallita intelectual. Tanto teatro, tanto hipódromo, tanto té y tanta sonrisa la estaban enterrando por dentro. No es una crítica, aunque a simple vista pueda parecerlo: late la comprensión de fondo.

Esta obra era carne de cañón para la censura: en el primer verso, “Puntual cumplidora del tercer mandamiento, algún desliz en el sexto” le plantaron un “algún desliz inconexo”. Cómo iba a ser que una señora cometiese actos impuros y los domingos comulgase, por Dios. “Ardiente admiradora de un novelista decadente, ser pensante y escribiente”, amén de “conversadora brillante en cóctel de siete a nueve”. Cecilia acostumbraba a dar en la diana sin que el socavón fuera evidente. Ahí cuando la llama “esposa de su señor… mujer por un vividor”, dando una bofetada sin mano a todos aquellos que creían que una hembra se dignifica como mujer gracias a la monogamia, al parto y al calor de la estufa. 

Rocío Jurado. A que no te vas. 

1969. Rocío Jurado se plantaba en el escenario con un ceñido vestido amarillo, ojos de águila y gesto severo. Se dirigía, esta vez y por fin, a un hombre sumiso, dependiente de ella. Buscaba reyerta. A que no te vas era la consagración de una mujer poderosa que tenía claro que manejaba las riendas de su vida -y, es más, los hilos del tipo que amenazaba con huir si ella seguía provocándole-: “¿A que no te vas, a que no te atreves a marcharte para siempre, como juras que lo harás? ¿A que no te vas: a que sigues aguantando aquí a mi lado lo que tengas que aguantar? ¿A que no te atreves ni siquiera a abrir la puerta por si yo no te reclamo y te tienes que marchar?”.

Sonreía con malicia, con exquisita crueldad. “¿A que no te vas? A pesar de lo que sabes que yo hago, ¿a que no te vas? Porque en realidad tú prefieres estas cartas que te he dado a quedarte sin jugar”. Aquí era ella la que sabía que él aceptaría sus escarceos, sus infidelidades. La mujer no era más la que aguantaba el tirón de un hombre díscolo por preservar la unidad familiar. “¿A que sigues como un perro aquí a mi lado hasta que yo diga ‘ya’? (…) Y aunque siga siendo como ahora y siempre he sido, como tú me has conocido, porque no quiero cambiar… ¿a que no te vas?”.

Cuidado también con Lo siento, mi amor, lanzada en 1978. “Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo”. Más claro, el agua. Es la historia de una mujer casada que se enamora de otro hombre y abandona a su pareja. “Y es que existe otro amor que lo tengo callado, callado”.

El culmen de la liberación llegó con Ese hombre, en 1979: “Ese hombre que tú ves ahí, que parece tan galante, tan atento y arrogante, lo conozco como a mí (…) Es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, inconsciente y presumido, falso enano rencoroso que no tiene corazón. Lleno de celos sin razones ni motivos, como el viento, impetuoso, ¡pocas veces cariñoso!, inseguro de sí mismo. Soportable como amigo, insufrible como amor”.

María Jiménez. Se acabó. 

“Todo lo que yo te haga, antes ya tú me lo hiciste, y ahora, ¿qué quieres conmigo si tú para mí no existes?”, entonaba, desgarrada, una poderosa María Jiménez, alzando con desafío el labio superior. Declaración de intenciones en pleno 1978: “Se acabó. Porque yo me lo propuse y sufrí como nadie había sufrido y mi piel se quedó vacía y sola, desahuciada en el olvido. Y después de luchar contra la muerte empecé a recuperarme un poco y olvidé todo lo que te quería, ¡y ahora ya mi mundo es otro!”. Lo cantaba con el dedo en alto y una pierna asomando con descaro entre el vestido. Aquí la historia de una mujer que se sacude un romance tóxico y empieza de cero, pensando, por fin, en sí misma. 

No es la única oda feminista que ha dejado Jiménez, caracterizada siempre por una fuerza magna y por interpretar como nadie el relato de la mujer agotada que se impone a sus circunstancias, y, aún más, que reivindica su clase. Ojo a Aquella. Cheque en blanco, donde se enfrenta un hombre de negocios que cree que puede comprarla con dinero: “Pero qué mal calculé, si te gusta la basura, pero mira, qué locura: para ti está bien. Pero qué mal calculé, yo te creía decente y te gusta lo corriente… por barato, ¡o yo qué sé! Yo no canto de dolor, yo no busco quien me quiera ni pretendo financieras que me avalen como soy (…) Lo que sí te agradecí es que tuvieras en cuenta que yo no estoy en venta y mucho menos para ti”.

Isabel Pantoja. Hoy quiero confesar. 

Corría el año 1985 cuando una jovencísima Isabel Pantoja se enfrentaba a los cotillas patrios en forma de manifiesto musical. En 1984 había fallecido su amor Paquirri y ella se había convertido en el centro de todos los rumores del país. De alguna manera, sabía que celebraban su descalabro. Disfrutaban del dolor ajeno. Del paisaje de una vida rota. 

El compositor José Luis Perales charló durante horas con Isabel y convirtió en arte sus denuncias con un disco irrepetible, personalísimo, herido y feroz. “Por si hay una pregunta en el aire, por si hay alguna duda sobre mí: hoy quiero confesarme, hoy que me sobra tiempo, voy a contarle a todos cómo soy”. Y ponía las banderillas: “Hoy quiero confesar que estoy algo cansada de llevar esta estrella que pesa tanto, que perdí en el camino tantas cosas y me hicieron a veces… tanto daño. Si estoy alegre o triste, ¿quién lo sabe?”.