Laura Freixas reivindica la presencia de la mujer en la industria.

Laura Freixas reivindica la presencia de la mujer en la industria. Efe

Libros Feminismo o muerte

Laura Freixas: "Los hombres no permiten la consolidación de las escritoras"

La escritora hace repaso a su vida y a la industria editorial en las memorias 'Todos llevan máscara'. Sus diarios son testimonio de una época en la que todo parecía posible. Uno de los problemas que señala es que "las mujeres editoras no apuestan por las escritoras".

Cuando aterrizó en la industrial cultural hace tres décadas creía que la igualdad de género estaba garantizada, porque “es cultura” y la cultura es la cuna de la civilización y el antídoto contra las injusticias… blablablá. Han pasado los años y las ilusiones. Ahora Laura Freixas (Barcelona, 1958) piensa, por experiencia, que “la cultura tiene problemas con la mujer”. En la industrial editorial, “las mujeres se ponen de moda de manera súbita y desaparecen de manera radical”. Pasa con las escritoras más jóvenes y provocadoras, “las más impertinentes y escandalosas”. “Esto le pasó a Carmen Laforet. Triunfan muy jóvenes, de manera llamativa y luego desaparecen del mapa por completo, porque nadie apuesta por ellas, porque no pasan al canon”, añade.

La presidenta de la Asociación Clásica y Modernas explica que en la cultura patriarcal, la mujer es lo otro. Lo exótico. “Nunca nos ven como interlocutoras o como colegas”. Es más, se pregunta dónde están las maestras, las personas de referencia y de respeto. Han sido invisibilizadas, han sido sometidas al silencio. Freixas, que acaba de publicar el segundo volumen de sus diarios, titulado Todos llevan máscara (Diario 1995-1996), publicado en Errata Naturae, se pregunta dónde están las mujeres con autoridad, dónde las madres simbólicas.

¿Dónde están las mujeres?

“Esta es una cultura en la que las figuras de referencia sólo son masculinas. La imagen de la autoridad y la sabiduría siempre son los hombres. La gente cree que el canon sólo refleja un pasado en el que no había mujeres: pero eso es falso, sí había mujeres. Pero sabemos por experiencia que quien pasa al canon casi siempre son hombres”, dice. Piensa en el caso de Clara Usón, que ha publicado cuatro novelas con Seix Barral, desde 2009, la última El asesino tímido.

“Es una escritora buenísima, pero si aparece una crítica sobre su novela aparece en un faldón, porque el despliegue es para Manuel Vilas, por ejemplo. Clara Usón debería ser la portada”. Los medios simplemente cubren el expediente, pero cree que a las escritoras no se les otorga el respeto que merecen por su calidad y terminan desapareciendo. “El heteropatriarcado no permite la consolidación de las escritoras”, cuenta.

De ahí que una escritora tenga menos oportunidades que un escritor. Ni siquiera en manos de una editora. “Creo que a las editoras puede interesarles lo que hacen las escritoras, pero les cuesta apostar por algo que no va a pasar a las colecciones de clásicos, que no van a recibir el Premio Cervantes…” Su experiencia le dice que cuando hay unas cuantas mujeres, parece que son mayoría. Pero la cúpula es de ellos y quienes filtran quién pasará a la posteridad, también.

Ellos tienen la última palabra

Por eso su denuncia: nos hemos educado leyendo a hombres y lo que los hombres han querido que aprendamos. “Nuestra idea de la literatura es la literatura que escriben y definen los hombres”, asegura la autora que rescata en las próximas semanas la novela Los otros son más felices (en la editorial Tres hermanas).

Sus diarios son testimonio de la evolución de la industria editorial y en estos años ha constatado que las editoriales y las editoras apuestan, pero no por mujeres. Aunque no vendan, aunque fallen en algunos títulos: “Se las publica si venden mucho. Es mucho más difícil para una mujer conseguir que una mujer apueste por ella. Las mujeres editoras no apuestan por las escritoras”.

Todos llevan máscara es un recopilatorio de sus primeros años en Madrid, buscándose la vida como escritora y editora. Son los años de la burbuja española a pleno rendimiento, cuando no había techo de gasto ni de sueños, cuando las ilusiones erraron todos los tiros. Cuando un escritor pensaba que podía vivir de sus libros. Y las ilusiones se hicieron insoportables para una industria que no puede mantener la dignidad de su materia prima: la imaginación. Hace años se dinamitó al escritor de clase media y ahora el escritor es amateur. Sólo unos pocos pueden vivir de lo que hacen y nada los salvará de la precariedad, ni siquiera las máscaras del prestigio.