‘Entre dos aguas’: pobreza y desesperanza en la tierra de Camarón.

‘Entre dos aguas’: pobreza y desesperanza en la tierra de Camarón.

Cine La película de la semana

‘Entre dos aguas’: pobreza y desesperanza en la tierra de Camarón

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En 2011, en un encuentro digital en RTVE.es, a Isaki Lacuesta le preguntaban por sus películas favoritas del cine español reciente. Mencionaba con sorna Las hurdes, de Luis Buñuel, porque si no era actual lo parecía. Hablaba de esa España abandonada, que no sale en los telediarios, y que parece condenada a la miseria. Pueblos y ciudades pequeñas, lejos de los grandes centros urbanos, que aunque sí hayan descubierto lo que es el pan, tienen muy difícil ganárselo.

Demostraba el director español que ese tema, esos paisajes de los que la gente no puede escapar y que parecen un agujero negro, le atraían. Lo había demostrado cinco antes con La leyenda del tiempo, esa hipnótica mezcla entre realidad y ficción que seguía a dos hermanos gitanos en San Fernando, la tierra de Camarón.

Doce años después, Lacuesta ha regresado a San Fernando, y los sueños de Isra y Cheíto, aquellos niños marcados por el asesinato de su padre y por la pobreza del lugar, no se han cumplido. Uno de ellos acabó en la cárcel por trapichear, el otro enrolado en la marina y con el sueño intacto de poner una panadería para no tener que abandonar constantemente a su familia.

Tráiler de Entre dos aguas

Entre dos aguas coge el nombre de la canción del cantaor flamenco para hablar, precisamente de ese sitio donde nació. Ese lugar que a pesar de su mar y de su luz, parece sucio y desangelado. La gente que malvive en San Fernando son los olvidados de una sociedad que mira hacia otro lado. Los políticos no hablan de gente como Isra, ni como Cheíto, tampoco en plena campaña electoral andaluza, y ellos tienen que sobrevivir como pueden. Doce años después para Isra el trapicheo sigue siendo la mejor opción. España sigue igual, especialmente para los más pobres.

Lacuesta ya tiene sus Hurdes, también su Boyhood. El director (junto a Isa Campo) ha seguido la vida de estos dos hermanos gitanos, y ahora la cuenta dramatizada en una película que borra de un plumazo la línea de la ficción y el documental. ¿Quién puede asegurar que lo que ocurre en pantalla no es real? Lo que vemos en Entre dos aguas es la vida, y cómo se ceba con ciertos lugares. A pesar de su extrema duración (un recorte la hubiera acercado a un público más amplio) uno encuentra más verdad en sus fotogramas que en el 80% del cine que se estrena en nuestras pantallas. Verdad nada complaciente, que duele, que nos hace asombrarnos con ese retrato desolador de San Fernando.

De la ausencia de postureo, de la honestidad de su propuesta y de su mirada sale un filme que emociona y que, como señaló el jurado del Festival de San Sebastián, ofrece una mirada compasiva y hasta humanista. Allí ganó por “absoluta unanimidad” la Concha de Oro al Mejor filme. La segunda que gana el realizador, aunque esta mucho menos polémica que aquella que logró por Los pasos dobles. Entre dos aguas confirma a Isaki Lacuesta como un director único y personal dentro de nuestro cine que vuela a su propio aire.