Grabado de la muerte de Esquilo.

Grabado de la muerte de Esquilo. British Museum

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La muerte más absurda de la historia: la tortuga que terminó con la vida del dramaturgo Esquilo

El Oráculo de Delfos le advirtió que fallecería tras caérsele una casa encima, por lo que se mudó lejos de la ciudad.

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Esquilo cambió por completo las representaciones teatrales de la Antigua Grecia. Nacido en el siglo VI a.C., el dramaturgo griego, predecesor de Sófocles y Eurípides, fue el primer gran representante de la tragedia griega. Se presentaban como trilogías y cada una venía seguida de un drama satírico. En las obras esquileas destaca principalmente el sufrimiento, a menudo presentado a través de historias personales del propio Esquilo.

Así, en Los Persas o en Los siete contra Tebas, su obra más conocida, el griego relata sus experiencias en la guerra. Y es que, lejos de dedicar toda su vida a la escritura, combatió en las batallas de Maratón y Salamina. De hecho, es su faceta de guerrero la que mencionaron en su epitafio: "De su valor Maratón fue testigo, y los medos de larga cabellera, que tuvieron demasiado de él". Luchó junto a los atenienses para frenar el avance del rey persa Darío I, quien pretendía invadir la actual capital griega.

Asimismo, a los 45 años de edad participó en el combate naval que enfrentó a una alianza de ciudades-estado griegas con la flota del Imperio persa en el golfo Sarónico, a escasos kilómetros de su hogar.

Sin embargo, su fallecimiento, que llegaría en el año 455 a.C., no sería en el campo de batalla. El Oráculo de Delfos auguró que el dramaturgo moriría aplastado por el derrumbe de una casa. De esta manera, tratando de engañar al destino, Esquilo se mudó a las afueras de la ciudad, donde viviría con un ritmo más pausado que le permitía dedicarse enteramente a la escritura. No obstante, eludir el destino no le fue tan sencillo como le pareció en un primer momento.

Un quebrantahuesos surcaba los cielos en busca de una roca para romper el caparazón de la tortuga que tenía entre sus garras. Mientras planeaba, el ave arrojó a su presa con el infortunio y la casualidad más trágica de que terminó golpeando en la cabeza del dramaturgo. Murió en el acto. El destino se había guardado el derecho a consumarse en una metáfora trágica que nada tenía que ver con sus obras. Una vez más, la realidad superó a la ficción.