Félix Goiburu, dueño de la única carnicería en un pueblo de 1500 habitantes

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Félix es el único carnicero en un pueblo de 1500 habitantes: "Mis hijos no quieren seguir con el negocio y yo los apoyo"

Félix Goiburu, carnicero de Segura (Gipuzkoa) explica cómo se enfrenta al reto de mantener vivo un oficio en declive.

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En Segura, un pueblo de apenas 1.500 habitantes en la provincia de Gipuzkoa, el paso del tiempo ha ido borrando del mapa muchos comercios tradicionales.

Sin embargo, una carnicería resiste como último testigo de una forma de vida que ha cambiado profundamente. Al frente está Félix Goiburu, que lleva 38 años dedicado a un oficio exigente, cercano y cada vez menos frecuente.

Su negocio es mucho más que una tienda donde comprar carne, es también un servicio esencial para los vecinos, un punto de encuentro en el día a día y un espacio donde se cruzan conversaciones en confianza.

Hemos conocido su historia en el canal de YouTube Etxezarreta, en una entrevista en la que ha hablado sin rodeos de todo lo que hay tras un negocio de esas características.

Cuando Félix abrió su carnicería en 1988, Segura contaba con tres establecimientos similares. Hoy, el suyo es el único que permanece abierto, pero todo apunta a que, pese a ser rentable, no tendrá relevo.

"Yo tengo dos hijos, pero no están por la labor de seguir. Yo tampoco los animo mucho, la verdad", confiesa con cierto tono de resignación.

Una frase que resume la situación de un sector que se extingue en los pueblos pequeños, no por falta de clientela, sino por la dureza de unas condiciones laborales incompatibles con las expectativas de los jóvenes.

"Queremos trabajar 40 horas y de lunes a viernes al mediodía. Entonces, claro, pues la gente no se anima a trabajar", explica Félix. Los festivos, los fines de semana, las jornadas interminables, todo ello aleja a los jóvenes de un oficio que sigue siendo rentable.

Dos tipos de clientela

La carnicería actual ocupa lo que fue el cuartel de la Guardia Civil del pueblo, un edificio con historia donde, décadas atrás, los vecinos acudían a hacer llamadas telefónicas.

Hace 15 años, Félix decidió dar el salto e invertir en este local de 90 metros cuadrados. "Tenía sobre 40 años, y bueno, pues me animé. Digo, bueno, ahora o nunca", recuerda.

En la carnicería trabajan cuatro personas, dos de ellas a media jornada, además de una empleada dedicada exclusivamente a la limpieza. "Eso es lo mejor que he hecho. Me di cuenta tarde, pero eso es una buena inversión", asegura.

Pero mantener una carnicería en un pueblo pequeño exige más que limpieza y buena presencia. "Hoy en día hay que actualizarse muy rápido. Porque cambia la cosa de un año a otro, cambian las tendencias", explica.

Carniceros de ciudad visitan la última carnicería de un pueblo pequeño

La clientela de la mañana, principalmente gente mayor, tiene gustos diferentes a la de la tarde, más joven. "En un pueblo tan pequeño no te puedes encapsular en un segmento. Tienes que abarcar todos los clientes", añade.

Una labor social

La competencia de los supermercados es feroz. Segura está a cinco kilómetros de Beasain, donde se concentran grandes superficies comerciales. "Yo sé que no puedo competir en precio con algunos supermercados ", reconoce Félix.

Sin embargo, matiza: "Cuando tienen un compromiso serio, navidades o cuando quieren garantía, vienen, entonces pienso que algo lo estoy haciendo bien".

Junto a la carnicería, Félix mantiene una pequeña tienda de alimentación. "De 10, 8 se facturan en la carnicería. La tienda no te da más que trabajo", admite.

Pero ese espacio cumple una función social: "Es un servicio al pueblo. Mucha gente que no tiene carné de conducir, señoras o gente mayor que no puede salir del pueblo, pues digamos que es como unos primeros auxilios".

La carnicería es también un lugar de encuentro. "Venir a la carnicería socializa. Todos los días vienen, tenemos nuestra conversación. Yo los pico, me pican", cuenta Félix.

Tiene clientes que acuden diariamente desde hace casi cuatro décadas. Para muchas personas que viven solas, especialmente mayores, la visita a la carnicería es un momento de contacto humano imprescindible.

Un futuro incierto

Félix es consciente de que su carnicería no durará eternamente. "Llegará el día en el que habrá un servicio público o por lo menos subvencionado. Porque si no, se va a quedar...", reflexiona.

Ya hay pueblos en Gipuzkoa donde los ayuntamientos ofrecen locales a precio simbólico para atraer a carniceros. "Si no hubiese servicios, el valor de las casas también bajaría. No somos conscientes de estas cosas", advierte.

La conversación deriva hacia el futuro de la alimentación. Ante la posibilidad de vender carne sintética, Félix es tajante: "Si tengo que vender carne sintética, les diré: por favor, no llevéis esto. Teniendo lo otro, no llevéis esto".

No obstante, reconoce que ya vende algunos productos que él no consumiría, aunque siempre se lo advierte a sus clientes.

Y, en cuanto al futuro del oficio, Félix no se hace ilusiones, pero tampoco se lamenta. "Hay que pelear, pero no nos va mal. Hay que pelear mucho y muchas horas", resume. Después de 38 años, mantiene intacta la pasión: "A mí me gusta el oficio. Y eso es lo más importante".

La carnicería de Félix Goiburu en Segura es un ejemplo más de la supervivencia del pequeño comercio en la España rural. Representa la tensión entre tradición y modernidad, entre servicio público y viabilidad económica, entre vocación y sacrificio.

Cuando cierre, Segura perderá algo más que una carnicería: perderá un espacio de convivencia, un negocio que garantiza calidad y un pedazo de su identidad como pueblo.