Poco antes de iniciarse el actual estado de alarma, cuando en los centros sanitarios (centros de salud, centros auxiliares, hospitales...) ya empezábamos a tener noticias del coronavirus y nos empezaban a llegar posibles protocolos al respecto, EL ESPAÑOL ya me propuso llevar a cabo un artículo sobre cómo es el coronavirus en primera persona.

Desde aquella propuesta, que inicialmente rechacé, habrá pasado algo más un mes. Y la rechacé porque ya estaba viendo lo que se nos venía encima, y el estrés del momento era considerable; oía noticias, datos, protocolos y previsiones a todas horas, tanto en mi trabajo como en las noticias; sin olvidar las dudas de amigos y familiares. No, no quería saber nada sobre el coronavirus.

Actualmente las cosas no han mejorado. De hecho, en aquel momento apenas superábamos los 6.000 casos en total y los 200 fallecidos; en el momento de escribir estas líneas ya rondamos los 200.000 contagios oficialmente, superando los 20.000 fallecidos. No, no han mejorado las cosas, pero tanto yo como otros profesionales nos hemos tenido que adaptar a la situación, sin ninguna otra opción que seguir adelante.

Caos organizativo 

Yo soy médico de familia en un pueblo de tamaño medio de la Comunidad Valenciana, de alrededor de 26.000 habitantes. Cuando se notificó el primer caso de nuestra zona, a finales de febrero, aquí apenas se había dado importancia al virus chino como lo llamaban mis pacientes de mayor edad. De hecho, incluso los profesionales sanitarios veíamos como algo lejano al ya denominado SARS-CoV-2, más conocido vulgarmente solo como "coronavirus". Pero las cosas cambiaron en apenas dos semanas.

La primera muestra de que habíamos infravalorado a esta nueva enfermedad es que la Comunidad Valenciana nos prohibió a los médicos viajar a cualquier tipo de congreso médico a principios de marzo. Inicialmente nos sentó mal, pues creíamos que se estaba exagerando la situación y se había entrado en un estado de alarmismo innecesario; algo que se agravó más si cabe cuando nuestros dirigentes políticos pusieron reticencias a la suspensión de actividades multitudinarias como Las Fallas, o la Fiesta de la Magdalena de Valencia y Castellón respectivamente.

Por suerte, y para enfado de muchos, todos estos grandes eventos se suspendieron. Ahora, con más de 10.000 casos acumulados en mi comunidad y más de 1.000 fallecidos, espero de verdad que se entienda mucho mejor la necesidad de suspender estos actos en el momento actual.

Pero las señales de que la situación iba a ser dura en nuestro centro de salud llegaron más adelante. Casi sin preverlo, llegó el estado de alarma, un sábado, sin tiempo de prepararnos y sin aviso previo por parte de Sanidad. Se nos ordenó de un día para otro suspender cualquier actividad programada, intentando visitar de forma presencial tan solo lo esencial y urgente, y dejando las demás consultas para atenderlas por teléfono.

Evidentemente la primera semana de confinamiento fue un caos, pues la mayoría de los pacientes que tenían visita programada acudieron al centro igual que siempre sin ningún tipo de seguridad (llevar mascarillas no era un consejo sanitario hasta hace apenas unos días). Poco a poco la situación se fue organizando y resolviendo, más o menos.

Posteriormente, el caos se volvió semanal. Cada semana se nos enviaba un protocolo nuevo a implementar en el centro de salud desde nuestra dirección territorial, y cuando ya nos habíamos acostumbrado a una forma de trabajar, de repente había cosas que cambiaban radicalmente: debíamos preparar el centro para atender sospechas de coronavirus, y por supuesto evitar su contacto con pacientes no sospechosos, todo sin saber cómo ponernos un EPI (Equipo de Protección Individual) y sin tener claros todavía los síntomas bajo los cuales debíamos sospechar un caso de coronavirus.

Cada domingo noche, durante 2-3 semanas, mirar el móvil antes de dormir significaba esperar un nuevo caos para la siguiente semana. Actualmente hemos logrado cierta organización, pero siempre bajo la incertidumbre de cualquier cambio susceptible en nuestra forma de trabajar sin aviso previo, con todo el caos que eso conlleva.

Actualmente, como ya ha sucedido en otras comunidades, nuestra comunidad ha decidido cerrar algunos centros de salud y centrar la actividad sanitaria de atención primaria. Mi centro de salud en particular ha servido de zona de centralización de la actividad, y hemos tenido que distribuir el trabajo de dos grandes centros de salud y de hasta siete consultorios auxiliares rurales en uno solo.

Por suerte, el experimento organizativo está saliendo más o menos bien, aunque hemos echado en falta algún tipo de consulta por parte de nuestra dirección territorial respecto a mejores ideas para organizarnos.

Y, evidentemente, organizar las visitas de un centro de salud que inicialmente tenía alrededor de 15.000 pacientes para pasar a atender a alrededor de 35.000-40.000, priorizando la atención telefónica, no es algo tan fácil.

El muro de contención

En las redes sociales está de moda llamar a la Atención Primaria el "muro de contención" frente al coronavirus. No sé hasta que punto esta denominación hace justicia a nuestra actividad laboral, o si solo se utiliza para quedar bien con los compañeros que formamos todo el sistema sanitario de "primera línea", pero así se nos conoce ahora. El muro. Como si nos encontrásemos en una suerte de Juego de Tronos.

La realidad es que la Atención Primaria lleva años maltratada y ninguneada. Y sigue estándolo. Incluso bajo una pandemia mundial, se nos sigue maltratando. Porque seguimos un modelo centrado en la atención hospitalaria que, quiero recordar, se habría saturado totalmente si nuestro "muro de contención" no filtrase los verdaderos casos. Un "muro de contención" falto de personal, ahora y desde hace más de una década.

Para empezar, y sin olvidar que incluso en hospitales ha sucedido esto, mi experiencia con el coronavirus y la seguridad no es nada grata. De hecho, mi primer caso sospechoso (que se confirmó apenas unos días después con un ingreso en la UCI) fue peor de lo que pude haber previsto: lo atendí con tan solo un par de guantes, una mascarilla quirúrgica y una bata desechable. Y sin más; temblando de miedo, aunque espero que el paciente no lo notase.

Y la realidad es que nuestro EPI de aquel entonces, según protocolo, apenas incluía unos guantes, mascarilla quirúrgica, bata desechable y gafas de plástico. Nada más. Ni una bata de plástico antitranspirable, ni por supuesto un EPI tipo "buzo". No, nuestro EPI era ese; lo único que olvidé en ese estado de tensión fueron las gafas. Y para mi suerte no desarrollé síntomas, aunque a día de hoy desconozco si sufrí algún contagio o no.

Posteriormente nuestros EPIs han ido mejorando, añadiéndose sucesivamente las gafas de plástico (que inicialmente algunos profesionales nos compramos por nuestra cuenta), bata antitranspirable desechable, uso de doble o incluso triple guante estéril, visera de plástico, mascarilla tipo FFP2, gorro... Y ahora, hace apenas unos días, también disponemos de EPI tipo buzo blanco; aunque mi experiencia reciente con su uso es poco más que nefasta: al subir la cremallera hacia arriba, aun con cuidado, esta se deshilachó.

La falta de material ha sido más que evidente durante toda la epidemia, algo que ha ido mejorando progresivamente, pero queda mucho por hacer. Difundir cifras sobre toneladas de material no nos tranquiliza; la verdadera tranquilidad llega cuando posees el equipo correcto, y no vuelves a casa pensando que a los pocos días habrás desarrollado alguno de los posibles síntomas de coronavirus por realizar tu trabajo. Este mismo jueves, la consellera de Sanidad de la Generalitat valenciana se ha disculpado por esto, pero lo ha hecho cinco semanas después de la declaración del estado de alarma. 

Para terminar, y en cuanto a los test se refiere, por suerte se nos ha anunciado que ya es posible realizar test rápidos inespecíficos entre nuestro personal. Es una situación similar a otras comunidades, aunque como imagino que creerán muchos de mis compañeros, llega tarde.

Contagios entre sanitarios

En el momento de escribir estas líneas, los contagios entre el personal sanitario rondan los 30.000 casos confirmados. Se trata de casos confirmados con test PCR, y probablemente habrá muchos más casos cuyos síntomas serían suficientes como para diagnosticarse como caso sospechoso.

Pero el Ministerio de Sanidad, en su momento, ya se mostró reticente a realizar test al personal sanitario con la brevedad necesaria, y muchos compañeros han llegado a estar días con síntomas aguantando, sin quejas, y acudiendo a trabajar con todas las medidas de seguridad necesarias para no ser un foco de contagio. Porque entre el personal no sanitario ha sido muy fácil solicitar una baja laboral ante cualquier mínimo síntoma, pero entre los trabajadores "de primera línea" eso no es tan fácil.

Por un lado, cabe recordar que el personal político también ha tenido algún desliz al respecto. Entre nuestros compañeros será difícil olvidar el desliz de nuestra consellera de Sanitat, Ana Barceló, cuando insinuó que los contagios sanitarios podían deberse a "viajes" o "visitas a la familia".

Quiero aclarar que he visto el vídeo completo de las declaraciones, y posiblemente la señora Barceló no quiso poner el foco de atención en estas palabras, pero desde luego las pronunció, consciente o inconscientemente. Olvidando las evidentes faltas de medidas de seguridad entre el personal sanitario en aquel momento y aún hoy en día. Posteriormente se disculpó, pero el daño psicológico que sufrimos será difícil de olvidar.

Pero el asunto no ha quedado ahí, pues el propio Ministerio de Sanidad sigue defendiendo que existen "tres claves sobre la transmisión entre sanitarios", donde se sigue nombrando la transmisión intrafamiliar y los viajes, aunque por suerte también se destaca la atención a pacientes "indebidamente protegidos", especificando el "desabastecimiento de equipos de protección".

Seguimiento exterior

Por otro lado, y para finalizar, está el seguimiento de los pacientes, tanto confirmados como leves. Actualmente sigue vigente el protocolo del Ministerio de Sanidad donde se indica que los test PCR tan solo se realizarán a los casos que se ingresan en el hospital o se consideran graves, por lo que existen muchos casos leves no notificados y que no constan en las estadísticas, pero que siguen siendo casos sospechosos. Y por tanto requieren seguimiento.

En este caso, el caos sobre el seguimiento sigue vigente. Los sucesivos protocolos no son claros, y personalmente creo que no se basan totalmente en la escasa evidencia científica actual. En nuestro centro, por suerte, el seguimiento está muy bien organizado, dado que desde el principio nos basamos en un protocolo elaborado por los centros de salud de la Comunidad de Madrid, la zona que más ha sufrido la actual pandemia.



Posteriormente, la Generalitat Valenciana habilitó una web para que pacientes con posibles síntomas de coronavirus pudieran solicitar cita; se trata de una buena idea, aunque a nivel organizativo también nos volvimos a enterar tarde y mal: algunos nos enteramos por los medios de comunicación, y otros el mismo día de su implantación. La comunicación actualmente, a nivel sanitario, es clave, y más si cabe cuando se quiere mantener el "muro de contención" a pleno rendimiento.

El propio Gobierno español ha solicitado de forma directa el refuerzo de la Atención Primaria, haciendo hincapié en la necesidad de reforzar el seguimiento tanto de casos confirmados como de casos sospechosos, y también de sus contactos estrechos, con el objetivo de frenar el contagio del coronavirus.

En el papel, esta petición queda muy bien, pero no somos pocos los que tememos que jamás se produzca dicho refuerzo, y que al final se acabe sobrecargando el sistema de la Atención Primaria, volviéndolo a ningunear como se ha estado haciendo durante los últimos años: listas interminables de hasta 40 o 50 pacientes por día, con apenas cinco o siete minutos por paciente.

Es una situación que debería terminar gracias a lo que se ha aprendido durante la pandemia, dada la evidencia de todo el Sistema Nacional de Salud de España precisa una mejora significativa en todos los ámbitos.

Por suerte, agradecemos que finalmente la Comunidad Valenciana haya decidido contratar de forma directa a nuestros actuales MIR y EIR, sin entrar en la absurda y completamente fuera de lugar "prorroga" solicitada por el Ministerio de Sanidad: nuestros residentes de medicina y enfermería son el presente y el futuro de la sanidad; faltarles al respecto y ningunearlos es un error.

Sin ellos, ni los centros de salud ni ningún servicio médico podría funcionar como lo hacen hoy en día, ni tampoco en el futuro. Desde 2009, 23.000 médicos se han ido a trabajar a otros países. El año pasado, el 30% de los médicos que acabaron el MIR se fueron. Paremos esa sangría al sistema.

Apreciemos lo que tenemos, apreciemos nuestro actual sistema de sanidad, mejorémoslo, invitamos en él y cuidémoslo como es debido. Mucho más allá de los aplausos de las 20 h, que se agradecen, pero que por desgracia muchos tardarán poco en olvidar. Son una señal de ánimo para seguir, pero jamás nos harán olvidar el maltrato que ha sufrido la sanidad española durante las últimas décadas: aplaudir ahora, porque somos necesarios, no es suficiente; cuidarnos cuando todo esto acabe, sí.

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