Recreación de los hábitats propuestos por la NASA

Recreación de los hábitats propuestos por la NASA NASA

Investigación

Cuatro lugares donde el ser humano vivirá si abandona la Tierra

El reciente descubrimiento de un sistema solar con varios planetas terrestres templados reaviva el viejo sueño de la expansión humana al espacio. 

Después de 45 años sin que ningún ser humano haya viajado más allá de la órbita terrestre, hoy los viajes espaciales aún nos parecen tan lejanos en el futuro como van distanciándose en el pasado. Pero voces como la del físico Stephen Hawking nos advierten de que este planeta se nos agota, y que el único porvenir de la humanidad está "mirando hacia las estrellas".

"No creo que sobrevivamos durante otros mil años sin escapar más allá de nuestro frágil planeta", decía Hawking durante una conferencia en Oxford el pasado noviembre. Y aunque un milenio nos parezca hoy una cómoda fecha de caducidad, si el científico estuviera en lo cierto, sería irresponsable no asegurar la supervivencia a nuestros descendientes. El descubrimiento de siete planetas templados en la estrella TRAPPIST-1 ha vuelto a espolear el interés por la búsqueda de nuestro futuro en el espacio. Estas son algunas posibilidades, hoy remotas; mañana, quién sabe.

Venus

Por supuesto, el primer destino en la lista debe estar en nuestro vecindario más próximo. Lo habitual es que todos los ojos se vuelvan hacia Marte. Pues bien, ahora gírense 180 grados y miren en dirección contraria: Venus. No sólo es realmente nuestro vecino más cercano, sino que a menudo se le conoce como el gemelo de la Tierra. Los dos planetas son muy similares en masa y tamaño, y por tanto la gravedad es casi idéntica en ambos.

Pero Venus es el gemelo descarriado. Su atmósfera de CO2, con nubes de ácido sulfúrico, es 90 veces más densa que la terrestre. El efecto invernadero calienta su superficie a una temperatura que fundiría el plomo. Y sin embargo, la ciencia y la ficción han especulado con la posibilidad de colonizar Venus; pero no en su superficie infernal, sino arriba, en las nubes.

Un globo lleno de nuestro aire, más ligero que la atmósfera de Venus, flotaría a decenas de kilómetros sobre la superficie, donde la temperatura es tolerable; sería como colocar un bloque de madera sobre el agua. Los colonos en estas ciudades flotantes estarían protegidos de la radiación nociva del Sol por la capa atmosférica superior.

Y lo mejor de todo: dado que un globo asciende hasta que las presiones interior y exterior se equilibran, en caso de pinchazo no habría descompresión; para repararlo, los técnicos no necesitarían trajes presurizados, sino sólo aire para respirar y, eso sí, protección contra las nubes de ácido corrosivo. La NASA ha explorado esta posibilidad en su Concepto Operativo a Gran Altura en Venus (HAVOC), de momento sólo fantasía. Claro que también impondría la necesidad de hacer ingeniería química avanzada a gran escala para obtener allí todo lo imprescindible: por no haber, en Venus no hay casi ni agua.

Marte

Nuestro vecino exterior es el favorito de las visiones de colonización interplanetaria. Marte y Venus son tan diferentes que casi son polos opuestos: Marte es gélido y pequeño, con una superficie total menor que la del Océano Pacífico, una gravedad algo mayor de un tercio de la terreste y una presión atmosférica más de cien veces menor. Un traje presurizado y calefactado sería imprescindible para los colonos, que se sentirían como superhéroes en la ligera gravedad marciana. Al menos hasta que la baja gravedad comenzara a deteriorar sus huesos y músculos, y la radiación cósmica y las fulguraciones solares empezaran a hacer mella en su salud.

Dejando aparte el complicado sostenimiento de una colonia en Marte, algo que ilustraban el libro y la película The Martian, la protección contra la radiación es uno de los mayores quebraderos de cabeza de quienes tratan de abrir el camino hacia un posible futuro del ser humano en Marte. A principios de este año, la NASA publicaba un concepto de hábitat marciano, una especie de iglú hinchable rodeado por un grueso escudo de hielo que protege un pequeño apartamento para dos personas. La solución más permanente, sin embargo, debería estar bajo tierra.

Pero si las perspectivas de la agencia estadounidense de enviar humanos a Marte aún suenan lejanas, hay alguien que se ha propuesto hacerlo realidad en la próxima década: Elon Musk, el empresario fundador de PayPal, SpaceX y Tesla Motors. El pasado año, Musk anunció su proyecto del Interplanetary Transport System (ITS), una nave con capacidad para cien personas con la que planea fundar una colonia marciana. Existen además otros proyectos privados con Marte en el punto de mira, como Mars One o Mars Direct.

Naves interestelares

Si algún lejano día el ser humano se decide a explorar otras estrellas, las inmensas distancias en el universo abrirán una separación definitiva entre los viajeros y sus parientes en la Tierra. No serán viajes de ida y vuelta, y quienes despeguen jamás llegarán a ningún destino. Las naves deberán ser biosferas autosuficientes, capaces de sostener múltiples generaciones de colonos que nacerán, vivirán y morirán en el espacio durante siglos, hasta que algún día sus descendientes lleguen por fin a puerto. No serán medios de transporte, sino mundos errantes.

Tales travesías sólo serían posibles con sistemas de propulsión capaces de acelerar las naves generacionales a una fracción considerable de la velocidad de la luz. La iniciativa Breakthrough Starshot, anunciada el pasado año por el inversor ruso Yuri Milner y el físico Stephen Hawking, pretende lanzar al espacio una flota de un millar de veleros solares y propulsarlos desde la Tierra con enormes disparos láser para acelerarlos a un 20% de la velocidad de la luz. Así, las sondas podrían alcanzar en sólo 20 años el sistema estelar más próximo, Alfa Centauri, a 4,37 años luz.

Recreación de una nave interestelar

Recreación de una nave interestelar Steve Bidmead Pixabay

Pero hay una pega: el tamaño de las naves no superaría el de un sello de correos. Y hay otra pega: frenar al final del viaje. Un reciente estudio proponía un mecanismo de frenado utilizando también velas solares y la gravedad de las estrellas. Pero siguen las pegas: para frenar una sonda del tamaño de una pastilla de jabón se necesitaría una vela de 100.000 metros cuadrados.

En resumen, una nave generacional es hoy sólo un sueño. Incluso tal vez una pesadilla, como ha retratado la ciencia ficción. Uno de los ejemplos más recientes y bien documentados es la novela Aurora, de Kim Stanley Robinson, que subraya todo lo que podría fallar y probablemente fallaría, desde el colapso del ecosistema hasta el desmoronamiento de una pequeña comunidad que sería en la práctica una cárcel espacial bajo un estado totalitario.

Proxima Centauri b

En agosto de 2016, un equipo internacional de astrofísicos dirigido por el español Guillem Anglada Escudé, de la Universidad Queen Mary de Londres, publicó el descubrimiento del exoplaneta más cercano a nosotros de entre los más de 3.500 conocidos hasta hoy. El hallazgo de Proxima b fue acogido con el entusiasmo que merece un planeta a sólo 4,2 años luz de distancia (los nuevos planetas de TRAPPIST-1 están a 39 años luz), con 1,3 veces la masa de la Tierra y que orbita en la zona habitable de su estrella. Todo ello le valió a Anglada Escudé un puesto entre los diez científicos más importantes de 2016 según la revista Nature.

La enana roja Proxima Centauri es la menor de las tres estrellas de Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano al Sol. La revelación de que alberga un mundo posiblemente rocoso y cuya "temperatura de equilibrio está dentro del rango que permitiría el agua líquida en su superficie", según escribían los investigadores, disparó las reacciones: hay quienes pretenden enviar un mensaje, mientras que otros prefieren escuchar por si hay alguien allí. Proxima b se convirtió también en el objetivo deseado por la iniciativa Breakthrough Starshot, que planea enviar pequeñas sondas robóticas a Alfa Centauri.

Pero no tan deprisa, dicen los científicos. Hay letra pequeña: Proxima es una estrella muy temperamental (o técnicamente, fulgurante), y sus repentinos subidones de actividad podrían haber arrasado cualquier amago de vida, a no ser que cuente con una atmósfera gruesa y un potente campo magnético. Claro que, haya vida nativa o no, esto no impide que podamos soñar con Proxima b como la primera estación del ser humano en su expansión interestelar; al fin y al cabo, si un día encontramos la manera de llegar hasta allí, el de las fulguraciones solares debería ser un problema técnicamente resuelto.