Vivienda en alquiler en España
La psicología dice que los adultos nacidos entre 1972 y 2004 con casa propia no tienen mejor salud que los inquilinos
Ni comprar ni alquilar: la psicología dice que lo importante es qué obligaciones trae la vivienda.
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Comprar una vivienda suele asociarse con estabilidad, seguridad económica y una mejor calidad de vida. Sin embargo, tener casa propia no garantiza automáticamente una mejor salud mental. Un estudio publicado en 2026 ha encontrado que los adultos que vivían en una vivienda en propiedad presentaban, en determinados periodos, más síntomas depresivos que cuando residían de alquiler.
La investigación, publicada en la revista Mental Health & Prevention, utilizó datos del Japanese Life Course Panel Survey recogidos durante 13 oleadas entre 2008 y 2020. La muestra final incluyó a 4.634 adultos de entre 22 y 54 años, equivalentes aproximadamente a personas nacidas entre 1972 y 2004 tomando como referencia 2026. En total, los investigadores analizaron 46.007 observaciones.
La salud mental se evaluó mediante el Mental Health Inventory-5 (MHI-5), una escala que pregunta por cinco aspectos durante las semanas anteriores: nerviosismo, depresión, calma, desánimo y felicidad. Cuanto menor era la puntuación, mayor era la presencia de síntomas depresivos.
Los investigadores compararon primero dos grandes categorías: vivienda alquilada y vivienda en propiedad. Después de ajustar por edad, estado civil, educación, empleo, tamaño del hogar, ingresos y lugar de residencia, los periodos en los que una misma persona vivía en una casa en propiedad se asociaron con una puntuación 0,64 puntos inferior en el MHI-5 frente a sus periodos de alquiler. Es decir, con algo más de sintomatología depresiva.
Ser propietario no siempre equivale a sentirse mejor
El resultado contradice una idea bastante asentada en investigaciones anteriores. Muchos estudios transversales encuentran que los propietarios presentan, en promedio, mejor salud mental que los inquilinos. Pero existe un problema: las personas que compran una vivienda suelen tener también más ingresos, mayor estabilidad laboral, más patrimonio y otras ventajas sociales que por sí mismas pueden explicar parte de esa diferencia.
El nuevo trabajo intentó reducir ese efecto utilizando modelos de efectos fijos, que comparan a cada participante consigo mismo a lo largo del tiempo. En otras palabras, no se limitó a enfrentar a un propietario con un inquilino diferente, sino que estudió cómo cambiaba la salud mental de una misma persona cuando cambiaba su situación residencial.
Además, los autores separaron la propiedad en varias categorías: vivienda propiedad del propio participante, del cónyuge, de ambos conjuntamente, de los padres, de los suegros u otras situaciones. Ahí aparecieron diferencias especialmente interesantes.
Cuando la vivienda era propiedad exclusivamente del propio participante, la puntuación del MHI-5 fue 0,98 puntos inferior respecto a los periodos de alquiler, lo que indica más síntomas depresivos. Cuando la vivienda pertenecía a los suegros, la diferencia alcanzaba 1,67 puntos.
No ocurrió lo mismo con todas las modalidades de propiedad. Tener una casa conjuntamente con la pareja, vivir en una vivienda propiedad del cónyuge o residir en una casa perteneciente a los padres no mostró asociaciones estadísticamente significativas después de ajustar por el resto de factores.
Esto lleva a los investigadores a plantear que el problema quizá no sea la propiedad en sí, sino las obligaciones económicas y familiares asociadas a determinados tipos de propiedad.
En el caso de una vivienda comprada individualmente, una posible explicación sería el peso de la hipoteca. Los autores señalan que esa asociación podría estar impulsada especialmente por los hombres, debido a las normas sociales que tradicionalmente concentran en ellos una mayor responsabilidad económica dentro del hogar.
Sin embargo, al analizar hombres y mujeres por separado, la asociación entre vivienda propia y síntomas depresivos perdió significación estadística, por lo que esta interpretación debe tomarse con cautela.
Entre las mujeres apareció otro patrón. Vivir en una vivienda propiedad de los suegros se mantuvo asociado con más síntomas depresivos, incluso después de tener en cuenta ingresos, empleo y otras características. Los investigadores relacionan este resultado con estudios previos realizados en Asia que han encontrado mayor estrés psicológico entre mujeres que conviven con la familia política y pueden asumir mayores expectativas de cuidados familiares.
El tamaño del efecto tampoco fue enorme, pero los autores lo consideran relevante. La diferencia de 1,67 puntos observada al vivir en una casa propiedad de los suegros suponía más de cuatro quintas partes de la diferencia encontrada entre estar casado y estar divorciado o viudo dentro del mismo modelo.
El estudio no demuestra que comprar una casa cause depresión.
Los investigadores trabajaron con datos observacionales y no pudieron medir todos los elementos que podrían influir en la relación, como el importe concreto de la hipoteca, la calidad de la vivienda, el estrés provocado por la deuda o los motivos por los que una persona decidió comprar o alquilar.
Además, los resultados proceden de Japón, donde las estructuras familiares, el mercado inmobiliario y las expectativas sociales pueden ser diferentes de las españolas. Aun así, el trabajo cuestiona la idea de que ser propietario implique automáticamente vivir mejor psicológicamente.
La vivienda puede proporcionar seguridad y patrimonio, pero también puede incorporar hipotecas elevadas, dificultades para mudarse, responsabilidades familiares o presión económica.