Persona mayor usando un teléfono móvil.

Persona mayor usando un teléfono móvil. Freepik

Ciencia

La psicología dice que entre los 60 y los 89 años usar redes sociales no es el problema, sino hacerlo de forma compulsiva

Ni WhatsApp ni Facebook son malos por sí solos: la señal de alerta en mayores es el uso compulsivo.

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Las claves
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Un estudio en personas de 60 a 89 años muestra que el uso normal de redes sociales no afecta negativamente al funcionamiento cognitivo.

El uso compulsivo o problemático de redes sociales, con conductas adictivas, sí se asocia a peores resultados cognitivos y sociales, sobre todo a partir de los 65 años.

Las redes sociales pueden reducir la sensación de soledad y reforzar el apoyo social si se usan como complemento de las relaciones presenciales.

El problema surge cuando la actividad se vuelve difícil de controlar y desplaza otras actividades importantes de la vida cotidiana.

Las redes sociales suelen presentarse como un riesgo para las personas mayores, pero utilizarlas no implica necesariamente un perjuicio. Pueden facilitar el contacto con familiares, recuperar amistades y mantener una vida social cuando la distancia o los problemas de movilidad dificultan los encuentros presenciales.

Una investigación publicada en European Journal of Ageing introduce una distinción importante: el uso normal no mostró la misma relación con el funcionamiento cognitivo que el uso problemático. Las señales negativas aparecieron principalmente cuando consultar las plataformas se convirtió en un comportamiento difícil de controlar.

El estudio reunió a 529 personas del Reino Unido con edades comprendidas entre los 60 y los 89 años. Participaron 244 hombres, 281 mujeres y una persona no binaria, mientras que tres participantes no indicaron su género.

Los investigadores evaluaron con cuestionarios el uso de redes sociales, la soledad y el apoyo recibido. También realizaron pruebas relacionadas con el funcionamiento cognitivo y la cognición social, es decir, la capacidad para interpretar las emociones, intenciones y estados mentales de otras personas.

Los autores diferenciaron entre utilizar las plataformas y hacerlo de manera problemática. Esta última categoría incluía conductas similares a las observadas en otros comportamientos adictivos, como comprobar las aplicaciones continuamente, sentirse incapaz de reducir su uso o experimentar ansiedad cuando no se puede acceder a ellas.

Los resultados mostraron que el uso corriente de redes sociales no estaba relacionado con un peor funcionamiento cognitivo general. En cambio, el uso problemático sí apareció asociado con puntuaciones más bajas, especialmente entre los participantes de 65 años o más.

La diferencia resulta importante. Pasar cierto tiempo viendo publicaciones, enviando mensajes o hablando con familiares no equivale por sí solo a mantener una relación perjudicial con la tecnología. El problema comienza cuando la actividad deja de ser voluntaria y desplaza otras partes de la vida cotidiana.

La soledad puede cambiar la relación con las redes

Las plataformas mostraron un efecto doble. Un mayor uso estaba relacionado con la percepción de recibir más apoyo social y, a través de ese apoyo, con una menor sensación de soledad. En el conjunto de la muestra, esta vía explicaba aproximadamente el 63% de la relación observada entre uso y soledad.

Para una persona mayor que vive sola, recibir fotografías familiares, participar en un grupo o conversar mediante mensajes puede mantener vínculos que de otro modo serían menos frecuentes. La red social funciona entonces como una extensión de las relaciones existentes y no como un reemplazo completo.

Sin embargo, los participantes que se sentían más solos también mostraban una asociación más fuerte entre el uso habitual y el uso problemático. Esto sugiere que la misma herramienta capaz de proporcionar compañía puede convertirse en una vía de escape compulsiva cuando intenta compensar necesidades sociales no cubiertas.

La investigación no permite saber qué aparece primero. La soledad podría favorecer que una persona consulte constantemente las redes en busca de contacto, pero un uso descontrolado también podría restar tiempo a las relaciones presenciales y terminar aumentando el aislamiento.

La misma precaución se aplica a los resultados cognitivos. Los datos no demuestran que las redes sociales causen un deterioro. También es posible que algunas dificultades previas de atención, memoria o control ejecutivo hagan más complicado regular el comportamiento digital.

Los propios investigadores consideran plausible esta segunda explicación. Una menor capacidad para inhibir impulsos o mantener objetivos podría facilitar la comprobación repetida de notificaciones, incluso cuando la persona quería estar haciendo otra actividad.

El uso general y el problemático también se relacionaron con un peor rendimiento en cognición social. Los participantes más activos tendían a mostrar mayores dificultades al interpretar información emocional, aunque el diseño del trabajo tampoco permite determinar el sentido de la relación.

Una posibilidad es que la comunicación digital, al ofrecer menos gestos, entonación y respuestas inmediatas, ejercite de manera diferente estas habilidades. Otra es que las personas con más dificultades en las interacciones presenciales recurran con mayor frecuencia a entornos digitales que perciben como más controlables.

Por eso, las horas de pantalla constituyen una medida insuficiente. Dos personas pueden permanecer el mismo tiempo conectadas y mantener relaciones completamente distintas con la plataforma. Una puede conversar con su familia durante una hora; la otra puede pasar ese tiempo actualizando compulsivamente el contenido sin encontrar satisfacción.

Las señales más útiles aparecen en el comportamiento cotidiano: entrar en la aplicación sin haberlo decidido, perder repetidamente la noción del tiempo, posponer tareas, abandonar actividades anteriores o sentir nerviosismo cuando el teléfono no está disponible.

También puede resultar revelador comprobar si el uso mejora realmente el vínculo social. Mantener conversaciones, organizar encuentros o compartir intereses produce un efecto diferente al desplazamiento automático por contenidos que deja a la persona más inquieta o insatisfecha.

Los autores encontraron además que las mujeres de la muestra declaraban tanto un mayor uso como más comportamientos problemáticos. No obstante, advierten de que las diferencias podrían estar parcialmente influidas por la disposición de cada grupo a reconocer determinadas conductas en los cuestionarios.

El estudio presenta otras limitaciones importantes. Todos los participantes fueron captados mediante una plataforma digital, por lo que probablemente tenían más experiencia tecnológica que el conjunto de la población de esa edad. Además, el 96,4% era de origen europeo y los datos se recogieron en un único momento.

No se trata, por tanto, de una razón para recomendar que las personas mayores abandonen las redes. La evidencia muestra que estas herramientas pueden reforzar el apoyo social y reducir la soledad cuando se utilizan como complemento de otras relaciones.

La diferencia no está únicamente en cuánto tiempo se permanece conectado, sino en el control conservado sobre ese tiempo. Entre los 60 y los 89 años, usar redes sociales puede favorecer el contacto; necesitarlas constantemente, sentir ansiedad al dejarlas o permitir que sustituyan otras actividades es la verdadera señal de alerta.