Imagen de archivo de un aire acondicionado.

Imagen de archivo de un aire acondicionado. Europa Press

Ciencia

Los psicólogos coinciden: el aire acondicionado por debajo de los 26°C puede prevenir brotes de agresividad y depresión

Al recalentarse el interior de las casas, el cuerpo pierde capacidad para disipar calor y encadena un estrés fisiológico que no siempre se percibe como tal.

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P. G. Santos
Publicada
Las claves

Las claves

Mantener el aire acondicionado por debajo de 26°C en casa puede prevenir problemas de agresividad y depresión, según psicólogos.

Las altas temperaturas nocturnas dificultan el sueño profundo, esencial para la memoria y la recuperación física y mental.

El calor excesivo interfiere en los ritmos hormonales como la serotonina y el cortisol, afectando el ánimo y aumentando el estrés.

Personas mayores son especialmente vulnerables a los efectos negativos del calor nocturno por su menor capacidad de regulación térmica.

El calor ya no solo se mide en las calles abrasadas por las olas térmicas. Cada vez más investigaciones apuntan hacia otro escenario menos visible: el interior de las viviendas. Cuando la temperatura acumulada supera los 26 ºC durante la noche, el organismo comienza una lucha silenciosa.

La advertencia aparece recogida incluso en las recomendaciones de administraciones sanitarias de gobiernos como el canadiense, que identifica los 26 ºC como un umbral relevante para proteger la salud, especialmente entre personas vulnerables.

Mantener temperaturas superiores durante periodos prolongados incrementa la carga térmica que debe soportar el cuerpo humano. Aunque el problema suele asociarse a golpes de calor o deshidratación, los especialistas subrayan que las primeras consecuencias aparecen mucho antes.

El cerebro necesita descender ligeramente su temperatura para iniciar correctamente el sueño, un mecanismo biológico fundamental para la recuperación física y cognitiva diaria. Cuando el dormitorio permanece por encima de los 26 ºC, ese enfriamiento natural se dificulta.

Más allá del sueño

El organismo mantiene activados sistemas destinados a disipar calor mediante sudoración y cambios circulatorios. Como resultado, aumenta la probabilidad de despertares frecuentes y disminuye la continuidad del descanso nocturno.

La consecuencia más inmediata es la pérdida de sueño profundo. Esta fase resulta esencial para consolidar la memoria, reparar tejidos y regular múltiples funciones hormonales.

Diversos estudios muestran que las temperaturas nocturnas elevadas retrasan el inicio del sueño y reducen su duración total. Ese deterioro del descanso tiene además una dimensión neuroquímica.

Los ritmos circadianos que regulan neurotransmisores como la serotonina dependen de señales ambientales estables. Cuando el calor interfiere repetidamente en el sueño, se producen alteraciones en los mecanismos cerebralesrelacionados con el bienestar, el ánimo y el equilibrio emocional.

Los expertos explican que la serotonina participa en la regulación del ciclo sueño-vigilia y actúa como precursor de la melatonina. Si el descanso se fragmenta durante varias noches consecutivas, estos procesos pueden verse comprometidos, favoreciendo irritabilidad, fatiga diurna y menor capacidad de concentración posterior.

A esta cadena fisiológica se suma otro protagonista clave: el cortisol. Conocida popularmente como la hormona del estrés, sigue un patrón diario muy preciso. Sus niveles deberían disminuir durante la noche para facilitar el descanso y aumentar gradualmente antes del despertar matutino.

Sin embargo, dormir en ambientes excesivamente cálidos obliga al organismo a permanecer en un estado de vigilancia fisiológica. El cuerpo interpreta el calor persistente como un factor estresante y mantiene activadas respuestas biológicas destinadas a preservar el equilibrio térmico interno.

El resultado puede traducirse en concentraciones nocturnas más elevadas de cortisol, una situación incompatible con un sueño reparador. Esta alteración favorece despertares, sensación de cansancio al levantarse y una mayor percepción subjetiva de estrés durante la jornada siguiente.

Las evidencias también muestran que el calor nocturno afecta especialmente a personas mayores. Su capacidad para percibir el estrés térmico disminuye con la edad, mientras que los mecanismos de regulación corporal se vuelven menos eficientes frente a temperaturas elevadas mantenidas.

Por ello, los investigadores insisten en que el problema no debe abordarse únicamente como una cuestión de confort. Mantener los espacios interiores por debajo de los 26 ºC durante la noche puede convertirse en una medida preventiva para proteger el sueño, preservar el equilibrio hormonal y reducir la carga fisiológica asociada al calor creciente.