Afecto profundo y estrés oculto.
Los veterinarios coinciden: los gatos que lamen a sus dueños demuestran cariño, pero sufren un estrés oculto
Los expertos señalan que el acto de un gato lamiendo a su dueño va mucho más allá de una simple muestra de empatía: puede ser síntoma de un gran estrés.
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Expertos en medicina veterinaria y etología felina coinciden en que el acto de un gato lamiendo a su dueño va mucho más allá de una simple muestra de simpatía. Este comportamiento, conocido científicamente como acicalamiento social, posee una doble lectura psicológica muy importante.
Por un lado, representa una de las mayores demostraciones de confianza y afecto dentro del mundo felino. Por el otro, puede funcionar como una sutil señal de alerta que enmascara cuadros de estrés o ansiedad latente en el animal.
Desde la perspectiva del vínculo social, este hábito es una conducta heredada de la etapa de lactancia, cuando la madre lame a sus cachorros para limpiarlos y calmarlos. Al replicar este gesto con las personas, el gato en cuestión no solo muestra cariño, sino que busca mezclar sus feromonas con el olor de su dueño.
Este proceso genera un "aroma comunitario" que le permite al animal identificar a su "compañero" como un miembro oficial de su grupo, reforzando los lazos afectivos de manera instintiva y natural.
Una doble realidad
Sin embargo, la comunidad veterinaria advierte que el lamido excesivo o compulsivo es un mecanismo de autogestión emocional frente al malestar. El acto repetitivo de lamer estimula la liberación de endorfinas en el cerebro del gato, ayudándole a mitigar la tensión provocada por cambios en su entorno, como mudanzas, ruidos fuertes o la llegada de nuevas visitas.
En estos contextos, la acción se convierte en una conducta de desplazamiento para canalizar el nerviosismo que el gato no puede controlar de otra manera. Digamos que es una manera de liberar directamente ese estrés generado por una situación específica que lleva al animal a estar incómodo y poco tranquilo.
Para los expertos, la clave para descifrar la verdadera causa radica en observar el lenguaje corporal del gato y el contexto en el que actúa. Un lamido pausado durante un momento de descanso es un claro indicador de bienestar.
Pero, por el contrario, un lamido frenético acompañado de pupilas dilatadas, orejas hacia los lados o pérdida de pelaje en el propio animal exige atención. Ante la sospecha de un problema de ansiedad crónica, los profesionales recomiendan acudir a un etólogo veterinario para evaluar el entorno y salvaguardar la salud mental de nuestra mascota.
Lo único que hay que hacer es estar atentos a las señales: son bastante claras si realmente conocemos estos patrones de comportamiento. Y, en consecuencia, ir a visitar al profesional pertinente.