Un gato y un perro.

Un gato y un perro. Istock

Ciencia

Los veterinarios coinciden: llevamos toda la vida tratando a los gatos como si fueran perros pequeños y les perjudica

El estrés, la alimentación y el entorno influyen en diagnósticos y tratamientos de una especie que necesita protocolos distintos a los de los canes.

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Las claves

Las claves

Veterinarios especializados advierten de que durante años se ha tratado a los gatos como si fueran perros pequeños, un sesgo que perjudica su alimentación, manejo clínico y bienestar general.

El estrés que sufre un gato en una clínica convencional puede alterar los resultados de la exploración, por lo que surgen centros felinos que adaptan sus espacios para reducir el miedo.

Los gatos tienden a ocultar el dolor y la enfermedad con señales muy sutiles, lo que hace cruciales las revisiones veterinarias periódicas para una detección temprana de problemas de salud.

La nutrición del gato, como carnívoro estricto, y la organización de su entorno con recursos como rascadores, areneros y lugares elevados son fundamentales para su bienestar.

Durante años, muchas familias y clínicas han interpretado al gato con criterios pensados para el perro. Ese sesgo afecta a la alimentación, el manejo veterinario, el diagnóstico y el bienestar de una especie con necesidades propias.

La advertencia parte de una entrevista publicada en La Vanguardia a Belén Montoya, veterinaria especializada en medicina felina. Su diagnóstico encaja con una tendencia creciente: adaptar la atención clínica al comportamiento del gato.

Montoya trabaja desde hace más de una década dedicada a esta especie y fundó Felinaria, una clínica especializada en gatos. Su enfoque resume un cambio cada vez más visible dentro de la veterinaria.

El problema histórico ha sido extrapolar esquemas caninos en exploración, conducta y alimentación. Sin embargo, el gato interpreta el entorno de otra manera y expresa el miedo, el dolor o la enfermedad con señales mucho más sutiles.

Según las guías de la Sociedad Internacional de Medicina Felina (ISFM), el manejo clínico felino debe “reducir el impacto del miedo” y de otras emociones negativas. Ese principio transforma la consulta desde la sala de espera hasta la exploración.

El gato llega a la clínica en una situación complicada. Sale de casa contra su voluntad, viaja en transportín y entra en un espacio lleno de olores, sonidos y movimientos que puede interpretar como amenazas.

Ese estrés puede alterar la exploración y dificultar el diagnóstico. El aumento de cortisol y adrenalina modifica algunas respuestas fisiológicas, complica la toma de muestras y puede hacer menos fiable la lectura del estado real del animal.

Por eso las clínicas felinas han empezado a cambiar sus protocolos. Menos ruido, ausencia de perros, luz suave, tiempos más lentos y manipulación cuidadosa ayudan a que el gato tolere mejor la visita.

Detectar una enfermedad antes de que sea evidente es uno de los grandes retos. Los gatos tienden a ocultar el dolor o la debilidad, una conducta útil en la naturaleza y peligrosa dentro de casa.

Un paciente que oculta el dolor

Según la ISFM, los gatos no siempre muestran signos claros de estrés, aunque “sí experimentan estrés” cuando sus necesidades no están cubiertas. Esa discreción retrasa muchas consultas.

Son muchas las recomendaciones que aconsejan revisiones completas al menos una vez al año en todos los gatos. En animales sénior, las visitas deberían realizarse como mínimo cada seis meses.

Ese seguimiento permite localizar cambios pequeños. Pérdida de masa muscular, pelaje descuidado, movilidad reducida, alteraciones dentales o variaciones en la respiración pueden apuntar a problemas que el tutor todavía no ha detectado.

La nutrición también exige una mirada específica. El gato es un carnívoro estricto, con una relación particular con la proteína animal, la hidratación y la conducta de caza.

Tratar su dieta como si fuera la de un perro puede generar errores. No todos los gatos beben suficiente agua, y muchos dependen en parte de la humedad presente en la comida para mantener una hidratación adecuada.

Por tanto, es importante recordar que el bienestar felino debe atenderse “en cualquier entorno”, desde el hogar hasta la clínica veterinaria o un refugio. La organización del espacio resulta decisiva.

Eso incluye areneros, rascadores, zonas de descanso, comida, agua y lugares elevados. La clave está en ofrecer recursos suficientes, separados y colocados donde el gato pueda sentirse seguro.

El juego y la conducta predatoria también forman parte del bienestar. Juguetes, comederos interactivos y pequeñas tomas repartidas reducen el aburrimiento, estimulan la actividad mental y ayudan a mantener rutinas más saludables.

El arenero, el rascador o el transportín tampoco son accesorios menores. Para un gato, esos elementos forman parte de su territorio, de su seguridad y de su capacidad para controlar el entorno.

La relación con el tutor marca buena parte del tratamiento. Medicaciones crónicas, dietas especiales o revisiones periódicas funcionan mejor cuando el veterinario adapta las opciones al animal y a la familia.

El cambio de fondo consiste en dejar de medir al gato con patrones caninos. Su medicina necesita tiempo, ambiente, manejo, nutrición y diagnóstico pensados para una especie que expresa el malestar con enorme sutileza.