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El pueblo español para recorrer a pie: alberga un artefacto prehistórico único con 3.500 años de antigüedad

En Villena, el yacimiento de Cabezo Redondo conserva un telar de la Edad del Bronce que sobrevivió al fuego y revela cómo se tejía hace miles de años.

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Las claves

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En Villena (Alicante) se ha descubierto un telar de 3.500 años de antigüedad en el yacimiento de Cabezo Redondo, preservado gracias a un incendio prehistórico.

El hallazgo incluye madera carbonizada, fibras vegetales y 44 pesas de barro, permitiendo reconstruir el funcionamiento del telar casi con detalle fotográfico.

El telar refleja la organización social y la producción cooperativa en la Edad del Bronce, con indicios del papel relevante de las mujeres en las tareas textiles.

El yacimiento muestra la importancia de Villena como núcleo regional, con conexiones comerciales y un valioso patrimonio arqueológico y cultural para visitar.

Villena guarda una de las escenas más raras de la Edad del Bronce peninsular. En el yacimiento de Cabezo Redondo, un incendio destruyó viviendas y talleres, pero también preservó un telar de hace 3.500 años.

El hallazgo permite recorrer el municipio alicantino con otra mirada. Más allá del castillo, el casco histórico y el célebre Tesoro de Villena, el cerro conserva una escena casi intacta de trabajo prehistórico real.

El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Alicante y publicado en Antiquity, identifica madera carbonizada, fibras vegetales y un conjunto casi completo de pesas asociadas a un telar vertical antiguo.

Su conservación resulta excepcional porque la madera y las cuerdas suelen desaparecer con el tiempo. En arqueología prehistórica, los telares antiguos se reconstruyen casi siempre a partir de piezas sueltas o simples indicios indirectos.

En Cabezo Redondo ocurrió algo distinto. El fuego carbonizó los materiales y el derrumbe de la cubierta los dejó enterrados bajo los escombros, creando una cápsula arqueológica que llegó intacta hasta los laboratorios actuales.

Gabriel García Atiénzar, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Alicante, resume la clave con una frase directa: “el colapso del techo fue crucial” para lograr conservar la estructura original del telar vegetal.

La paradoja científica reside en el propio incendio. Yolanda Carrión, arqueobotánica de la Universitat de València, explica que el fuego carbonizó los restos y los alteró muy poco después, de modo que “destruyó, pero también conservó”.

El telar apareció en un espacio de circulación de la ladera occidental del asentamiento. Allí se documentó una plataforma elevada con 44 pesas cilíndricas de barro, la mayoría de ellas con unos 200 gramos de peso.

Ricardo Basso Rial, investigador de la Universidad de Granada, destaca que ese conjunto es “característico de un telar vertical de pesas”, aunque el contexto arqueológico estuviera colapsado y faltaran todavía algunas piezas menores.

El fuego que salvó el telar

Junto a las pesas aparecieron varias vigas de madera de pino dispuestas en paralelo. Las más gruesas pudieron funcionar como postes verticales del bastidor, mientras las piezas estrechas corresponderían a las barras horizontales del telar.

Los investigadores también identificaron fibras trenzadas de esparto y pequeños cordones en algunas perforaciones. Esa combinación de madera, pesas y fibras permite reconstruir el funcionamiento del telar con una precisión técnica poco habitual.

El análisis microscópico reveló que la estructura estaba fabricada con pino carrasco, una especie común en el entorno local. Los anillos de crecimiento indican una selección cuidadosa de piezas que eran maduras y resistentes.

Ese detalle cambia la lectura histórica del hallazgo. El telar no era una herramienta improvisada, sino un dispositivo que exigía escoger madera, preparar fibras, fabricar pesas y organizar el trabajo dentro del poblado.

Basso resume su valor al señalar que permite pasar de interpretar pesas aisladas a documentar un telar en funcionamiento “casi con detalle fotográfico”, incluyendo su estructura, sus cuerdas, sus pesas y su contexto arquitectónico.

La pieza se enmarca en la llamada revolución textil de la Edad del Bronce europea, un proceso marcado por la expansión de la lana, nuevas herramientas de hilado y una producción que fue mucho más diversificada.

En Cabezo Redondo, esas transformaciones aparecen en fusayolas más ligeras y distintos tipos de pesas de telar. Algunas habrían permitido fabricar tejidos más finos y complejos, como las sargas de lana de alta calidad.

El contexto también aporta información social relevante. El telar estaba en un espacio exterior compartido entre varias viviendas, lo que sugiere una producción cooperativa en tareas como hilar, tejer o moler el grano.

Las evidencias bioantropológicas apuntan además al papel de las mujeres. En varias sepulturas del asentamiento se han identificado dientes con desgastes compatibles con sujetar fibras o cortar hilos durante el duro trabajo de hilado.

Cabezo Redondo estuvo ocupado aproximadamente entre 2100 y 1250 a.C. y alcanzó cerca de una hectárea. Sus casas se levantaban sobre terrazas, con bancos, hogares, silos y diversos recipientes de almacenamiento de alimentos.

Lejos de ser una aldea aislada, el poblado actuó como un núcleo regional del sureste peninsular. Sus adornos de oro, plata, marfil, vidrio y conchas marinas revelan la existencia de amplias redes de intercambio comercial.

La visita a Villena permite unir esa prehistoria con el patrimonio urbano. El Castillo de la Atalaya domina la localidad, mientras el Museo de Villena ayuda a completar el relato arqueológico y cultural del municipio.

El yacimiento se encuentra a unos dos kilómetros del núcleo urbano y puede integrarse fácilmente en una escapada a pie. Turisme Comunitat Valenciana lo presenta como un poblado clave de la Edad del Bronce.

La importancia del telar está en lo que deja ver. Un conjunto de maderas quemadas, pesas de arcilla y fibras vegetales devuelve una escena directa y real del trabajo textil realizado hace 3.500 años.

En una época sin documentos escritos, esos restos explican cómo se organizaba la producción, qué materiales se elegían y qué papel exacto tenía el tejido en la economía de las comunidades del Bronce.