Dique de Afsluitdijk.
Países Bajos quiere construir un dique de casi 100 km entre Alaska y Rusia para frenar el colapso de la corriente atlántica
El cierre del estrecho estabiliza la circulación en unas simulaciones, pero la vuelve más vulnerable en otras; la clave sería el “momento” en que se aplicara.
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La idea suena a ciencia ficción. Esta propuesta científica liderada desde la Universidad de Utrecht, en Países Bajos, que plantea, en términos teóricos, cerrar el estrecho de Bering para alterar el intercambio de agua entre el Pacífico y el Ártico e intentar ganar tiempo frente a un posible colapso de la circulación meridional de retorno del Atlántico, la AMOC.
El trabajo se publicó en Science Advances y sus propios autores lo presentan como una prueba de concepto, no una infraestructura en marcha. El estudio habla de un sistema de tres diques dentro del estrecho, con un tramo principal de unos 38 kilómetros, en una anchura total del Bering de casi 100 km.
La lógica científica detrás de la propuesta es esta: parte del agua relativamente dulce del Pacífico entra por el estrecho de Bering hacia el Ártico y, desde allí, influye en el Atlántico Norte.
Como la AMOC depende mucho del equilibrio entre salinidad, temperatura y hundimiento de masas de agua, cerrar ese paso podría, en ciertos escenarios, mantener el Atlántico Norte más salino y ayudar a sostener la circulación. Eso es justamente lo que modelan Jelle Soons y Henk Dijkstra en su estudio.
Aunque no es una solución clara ni segura. El propio trabajo subraya que el efecto depende del estado previo de la AMOC y del nivel de emisiones. Si la circulación todavía conserva suficiente fortaleza, el cierre del estrecho podría retrasar su debilitamiento y ampliar el llamado “presupuesto de carbono seguro”.
Una obra colosal
Si, en cambio, la AMOC ya está demasiado debilitada, el efecto podría ser justo el contrario y hacerla aún más vulnerable. Por ahora, no hay un plan gubernamental neerlandés para levantar una barrera entre Rusia y Alaska.
Lo que hay es un estudio importante académico que reabre el debate sobre una forma extrema de geoingeniería climática, con una cautela considerable incluso por parte de sus autores. Además, los obstáculos serían colosales.
La zona afecta a ecosistemas marinos, pesca, navegación, comunidades indígenas y a una frontera geopolítica extremadamente sensible entre Estados Unidos y Rusia. A eso se suma el hecho de que el estrecho es relativamente somero, pero aun así implicaría una obra mastodóntica en uno de los espacios más delicados del planeta.
Incluso en el mejor de los casos técnicos, la viabilidad política y ambiental sería extraordinariamente baja. Por lo que estamos ante una hipótesis científica de geoingeniería, no ante una obra ya aprobada.