La psicóloga y doctora en Neurociencias, Susana Carmona.
Susana Carmona es neurocientífica y estudia el cerebro de madres: "Algunas no sienten amor al nacer el bebé"
La ciencia revela cómo la ansiedad posparto y los cambios hormonales influyen en la salud mental materna tras el nacimiento del bebé.
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El cerebro femenino no permanece intacto tras la maternidad. Lejos de ser un proceso meramente emocional, el embarazo activa una profunda reorganización neurológica que modifica la manera en que una mujer percibe, siente y responde al mundo.
La neurocientífica Susana Carmona, formada en Harvard, explica en el podcast A lo grande que durante la gestación se produce una plasticidad cerebral comparable a la adolescencia. Este reajuste optimiza el cerebro para priorizar el cuidado del bebé y su supervivencia.
Los cambios afectan especialmente a regiones vinculadas con la empatía y la llamada "teoría de la mente". Es decir, la capacidad de interpretar emociones ajenas y anticipar necesidades, algo esencial cuando el recién nacido aún no puede comunicarse.
Además, existe un fenómeno biológico sorprendente: el microquimerismo fetal. Durante el embarazo, células del bebé permanecen en el cuerpo de la madre durante décadas, incluso en órganos como el cerebro, creando una conexión física duradera.
Esta transformación también impacta en la identidad. Muchas mujeres describen una sensación de "expansión del yo", como si su propia existencia se extendiera hacia el hijo, reforzando un vínculo que condiciona emociones y decisiones a largo plazo.
Conexiones neuronales
Sin embargo, Carmona desmonta un mito muy extendido: "Algunas mamás no sienten amor cuando nace el bebé". Los circuitos cerebrales implicados están ligados a la motivación y el interés, no necesariamente al disfrute instantáneo.
El vínculo afectivo, según la experta, se construye progresivamente a través de la interacción. Conocer al bebé, equivocarse y aprender forma parte de un proceso donde el amor no aparece como un "instinto automático", sino como una experiencia.
Factores como el tipo de parto o la vivencia emocional del mismo pueden influir en ese inicio del vínculo. El estrés, el miedo o la ansiedad pueden dificultar el desarrollo temprano de la conexión afectiva entre madre e hijo.
En paralelo, la depresión posparto sigue siendo una realidad compleja. No responde solo a causas biológicas, sino también a variables sociales como el apoyo recibido, la situación económica o las expectativas previas de la madre.
El conocido "baby blue", más leve y frecuente, se explica por el brusco descenso hormonal tras el parto. Cuando los síntomas se intensifican o se prolongan, puede derivar en una depresión posparto que requiere atención especializada.
También aparece la ansiedad posparto, alimentada por un sistema de alerta hiperactivado. Los pensamientos intrusivos, la necesidad de control o el miedo constante forman parte de una respuesta cerebral orientada a proteger al bebé, aunque resulte abrumadora.
Carmona insiste en que estos cambios no representan un deterioro cognitivo. Al contrario, constituyen una adaptación evolutiva que dota a las madres de habilidades más afinadas para el cuidado, con efectos que pueden mantenerse durante años.
Pese a su relevancia, la investigación sobre el cerebro materno ha sido históricamente limitada. Comprender estos procesos resulta clave para abordar mejor la salud mental femenina y desmontar ideas simplistas sobre la maternidad.