Imagen de archivo del filósofo Fernando Savater.

Imagen de archivo del filósofo Fernando Savater. EFE

Ciencia

Savater (78), filósofo: "La felicidad es todavía lo que los políticos no se atreven a prometer en nuestros días"

Admitir que se promete felicidad sería aceptar una responsabilidad desmesurada sobre algo que debería ser una labor del propio individuo.

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P. G. Santos
Publicada

Las claves

Fernando Savater sostiene que la felicidad es un territorio incómodo para la política, pues ningún político se atreve a prometerla directamente.

El filósofo ve la felicidad como un proyecto de inconformismo y una tarea personal, no como un bien que pueda ser repartido por los gobiernos.

Savater advierte que la verdadera función política es eliminar obstáculos, pero no puede sustituir el trabajo íntimo necesario para alcanzar la felicidad.

La felicidad, según Savater, no debe reducirse a un eslogan electoral ni a una promesa de consumo, sino que debe estar en el centro del debate democrático.

El filósofo Fernando Savater dejó escrita una frase que a día de hoy puede sonar a radiografía de las democracias cansadas del siglo XXI. Lo hizo en su libro El contenido de la felicidad, publicado por primera vez en 1985.

La afirmación dice así: "Felicidad es todavía lo que los políticos no se atreven a prometer directamente en nuestros días". En tiempos de campañas diseñadas al milímetro, la felicidad sigue siendo un territorio incómodo porque obliga a sincerarse sobre lo que la política puede –y no puede– ofrecer.

Savater sitúa la felicidad en un lugar subversivo: no como consigna amable, sino como "proyecto de inconformismo" frente a lo dado. La demanda de felicidad es tan vasta que desborda cualquier programa de gobierno, y ahí reside su potencia: lo que se nos ofrece "nada puede bastar".

Frente a las recompensas por obediencia, la felicidad introduce una sospecha radical: ¿y si todo ese engranaje de crecimiento no alcanzara para hacer la vida verdaderamente digna de ser vivida?

Una tarea íntima insustituible

Los políticos lo intuyen. Prometen empleo, estabilidad, bajadas de impuestos, subidas de pensiones, incluso "bienestar emocional" empaquetado en planes estratégicos. Pero rara vez se atreven a pronunciar la palabra felicidad sin refugiarla en rodeos tecnocráticos.

No es sólo pudor semántico: admitir que se promete felicidad sería aceptar una responsabilidad desmesurada sobre algo que Savater considera, ante todo, un trabajo del sujeto, una educación del deseo más que un reparto de bienes externos.

En otro texto, el filósofo advertirá que "los gobiernos no pueden hacer feliz a nadie: basta con que no le hagan desgraciado". La felicidad no es un derecho exigible en ventanilla ni un producto transferible desde el BOE; es una tendencia, no un estado, un movimiento de búsqueda que cada cual encarna a su manera.

Lo político puede crear condiciones, eliminar obstáculos, reducir daños; pero no sustituir la tarea íntima de "ser dignos de la felicidad", que Savater relee en clave kantiana como despejar en nosotros lo que la bloquea.

Tal vez por eso la felicidad, cuando aparece en boca de dirigentes, suele degradarse a eslogan. En la cultura del marketing permanente, la promesa se desplaza hacia consumos, identidades, pertenencias de partido: basta con votar "bien" para estar en el lado luminoso de la historia.

Savater, sin embargo, advierte del riesgo de invertir la fórmula: perseguir una felicidad de "gustos complejos y mente simple", guiada por ofertas políticas cada vez más emocionales y menos reflexivas.

En esa tensión entre lo que se promete y lo que se calla, la frase de El contenido de la felicidad conserva su filo. Que los políticos no se atrevan a prometerla directamente quizá sea, como sugiere el propio filósofo, una forma de respeto hacia un término que no quiere ser reducido a mercancía electoral.

Mientras tanto, la ciudadanía queda interpelada: si la felicidad no cabe en un programa, habrá que sacarla, incómoda y exigente, al centro del debate público, no para pedirla como dádiva, sino para medir desde ella la calidad real de nuestras democracias.