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Ciencia

Julián Marías, filósofo español: "La felicidad es el imposible necesario, una isla en la absoluta inseguridad de la vida"

Cada logro activa el sistema de recompensa del cerebro, pero la neurociencia demuestra que esa euforia está biológicamente diseñada para desvanecerse en poco tiempo.

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Las claves

Julián Marías definió la felicidad como un "imposible necesario", ya que la vida exige renuncias y nunca concede todo lo que deseamos.

El filósofo distingue entre placer, bienestar y felicidad, considerando esta última como una cuestión personal ligada a proyectos vitales y relaciones humanas.

Marías sostiene que la búsqueda directa de la felicidad es infructuosa; en cambio, surge como consecuencia de perseguir metas significativas y aceptar la inseguridad de la vida.

Afirma que la verdadera felicidad está relacionada con la conexión con otras personas y que experiencias positivas en la juventud fortalecen los recursos emocionales para la vida adulta.

Hay algo inquietante en nuestra obsesión contemporánea por estar bien. Monitorizamos el sueño, contamos pasos y medimos la productividad como si la vida pudiera estabilizarse con suficientes métricas. Y, sin embargo, la insatisfacción persiste. Quizá el problema tenga menos que ver con la falta de bienestar y más con la idea equivocada de felicidad que perseguimos.

“Hace mucho, mucho tiempo que me ha preocupado entender qué es felicidad”, confesaba Julián Marías —fallecido en 2005— al recordar su conferencia de 1952 en Buenos Aires. Allí definió la felicidad como el “imposible necesario”. Imposible, porque la vida nunca concede todo; necesario, porque el hombre “no renuncia nunca a la felicidad”.

Incluso cuando elegimos bien y la circunstancia acompaña, algo queda fuera. “Si estoy en Madrid no estoy en París”, ejemplificaba. La existencia consiste en “una pluralidad de trayectorias” que se excluyen. “El hombre va dejando a la izquierda y a la derecha del camino posibilidades abiertas que querría realizar y no puede”.

Por eso afirmaba sin dramatismo que “la felicidad en este mundo es imposible”. No porque sea absurda, sino porque siempre convivirá con la renuncia. Aun así, buscamos ser felices en cada decisión. Esa tensión permanente es la que nos mantiene en movimiento y da sentido a nuestros esfuerzos cotidianos.

La neurociencia ha puesto nombre a algunas de estas intuiciones. La adaptación hedónica explica por qué el cerebro se acostumbra rápido a los logros materiales. El aumento de sueldo o el éxito profesional activan el sistema de recompensa, pero el efecto se diluye. Volvemos pronto al nivel previo de satisfacción.

Marías distinguía entre placer, bienestar y felicidad. El placer es “una realidad localizada, relativamente superficial”. El bienestar puede cuantificarse. La felicidad, en cambio, es “un asunto rigurosamente personal”. Más que de condiciones externas, depende de la dirección vital y de los proyectos que emergen del fondo de cada persona.

La inseguridad como condición vital

“La felicidad quizá no se puede buscar directamente”, advertía. “Resulta cuando uno busca las cosas que verdaderamente le interesan”. La psicología actual confirma que el compromiso con metas significativas activa circuitos asociados al sentido y la motivación sostenida. La felicidad aparece entonces como consecuencia, no como objetivo aislado.

Otro eje central es la inseguridad. “La vida es radical inseguridad”, repetía, y denunciaba “la pasión inmoderada de seguridad que tiene el hombre actual”. Pretender eliminar todo riesgo nos empobrece. “El que no se expone a la infelicidad no tiene felicidad”. Sin vulnerabilidad, tampoco hay plenitud.

La psicología clínica habla hoy de intolerancia a la incertidumbre como factor clave de la ansiedad. Cuanto más intentamos blindarnos, más frágiles nos volvemos. Exponerse a pequeños riesgos fortalece la resiliencia. La seguridad absoluta puede tranquilizar, pero también inmoviliza y reduce la intensidad de la experiencia.

En medio de esa inseguridad, Marías hablaba de las “islas de felicidad”. Incluso en circunstancias duras, el ser humano puede hallar “una brizna de gracia”. No se trata de negar el dolor, sino de reconocer la capacidad de rebrote que tenemos cuando conectamos con algo que consideramos valioso.

Y ese algo, insistía, suele tener rostro. “Lo único que nos da felicidad verdaderamente son las personas”. Los bienes materiales y los éxitos son periféricos. La felicidad está ligada a la “condición amorosa” del hombre. La evidencia científica sobre apoyo social y salud mental respalda esta intuición con datos contundentes.

También concedía un papel decisivo a la juventud. El joven “no ya tiene derecho, tiene la obligación de ser feliz”. Acumular alegría en los primeros años es una forma de crear reservas emocionales para el futuro. Las experiencias positivas tempranas fortalecen los recursos psicológicos que sostienen la vida adulta.

Cada día ofrece, además, una estructura mínima de sentido. “Hay que pedirle algo a la vida, hay que pedirle algo a cada día”, aconsejaba. Y al final, hacer balance. Esa disciplina cotidiana introduce dirección y responsabilidad. No todo depende del azar; algo depende de nuestra disposición a intentarlo.

“La vida humana termina, desemboca en la muerte”, reconocía con realismo. Si todo acabara ahí de modo absoluto, la felicidad sería un engaño. Pero su reflexión sobre la perduración nace del amor: queremos que sigan viviendo “las personas amadas”. En esa proyección hacia otros se juega el núcleo de nuestra esperanza.