El análisis microscópico reveló una anatomía sin precedentes incompatible con plantas u hongos.

El análisis microscópico reveló una anatomía sin precedentes incompatible con plantas u hongos.

Ciencia

Medían 8 metros y reinaron en la Tierra hace 400 millones de años: hallan los fósiles colosales de una forma de vida perdida

Un reciente estudio sugiere que 'Prototaxites', un organismo gigante que antes que los árboles dominó el paisaje terrestre, no era un hongo ni una planta.

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Las claves

Descubren fósiles colosales de Prototaxites, un organismo que vivió hace más de 400 millones de años y alcanzaba hasta 8 metros de altura.

Investigaciones recientes indican que Prototaxites no encaja con hongos, plantas, algas ni líquenes conocidos, sugiriendo un linaje extinto y desconocido.

El análisis de su estructura y composición química revela características únicas, como paredes celulares diferentes y compuestos similares a los de plantas, pero sin ser plantas.

Prototaxites podría representar un experimento evolutivo de organismos gigantes terrestres que desapareció completamente, sin dejar descendientes actuales.

En una Tierra que todavía no sabía lo que era un bosque, algo se atrevió a jugar a ser "árbol" antes de que existieran los árboles. Hace más de 400 millones de años, cuando las plantas terrestres apenas ensayaban tallos simples y el suelo era un mosaico de musgos primitivos, hongos y charcas.

El paisaje estaba salpicado por columnas de hasta ocho metros de altura: troncos sin ramas, anchos, casi minimalistas, que hoy aparecen fosilizados bajo el nombre de Prototaxites. Llevamos siglo y medio discutiendo qué demonios era aquello. Y el motivo de la pelea quizá sea el más inquietante: puede que no se parezca a nada vivo porque su linaje ya no existe.

La nueva sacudida llega de un trabajo centrado en Prototaxites taiti, una especie más pequeña, preservada en el célebre yacimiento de Rhynie chert (Escocia), de hace unos 407 millones de años.

El equipo, con investigadores vinculados a la Universidad de Edimburgo y a National Museums Scotland, combina microscopía avanzada con análisis químicos para comparar su "arquitectura" y su firma molecular con la de hongos actuales y fósiles.

Conclusión: las estructuras tubulares internas y la química del fósil no encajan con los hongos conocidos; y tampoco con plantas, algas o líquenes. La hipótesis que queda sobre la mesa es casi de ciencia ficción: un grupo de eucariotas multicelulares completamente extinguido, una rama perdida del árbol de la vida.

Un siglo de confusiones

Conviene entender por qué Rhynie importa. Este depósito es una cápsula del tiempo de uno de los ecosistemas terrestres más antiguos bien conservados: no solo plantas tempranas, también animales, hongos, algas y bacterias preservados con un detalle extraordinario. Eso permite mirar por dentro, literalmente, y no quedarnos solo con la silueta externa del fósil.

El "monstruo" Prototaxites se descubrió en colecciones canadienses del siglo XIX y empezó su carrera de malentendidos como casi todo lo raro en paleontología: por comparación con lo cercano.

John William Dawson lo interpretó como madera en descomposición y lo bautizó en 1859 con un nombre que sugería coníferas primitivas. Décadas después, el péndulo osciló hacia algas gigantes; luego hacia un posible liquen.

Y, ya en 2001, el paleobotánico Francis M. Hueber reavivó con fuerza la opción del hongo colosal. Su revisión es una pieza clave del debate moderno: Prototaxites como un organismo de gran tamaño, comparable a un "pilar" biológico, en un mundo sin árboles verdaderos.

La idea del hongo gigante no solo se sostuvo por intuición anatómica. En 2007, un estudio famoso analizó isótopos de carbono y encontró patrones compatibles con una vida heterótrofa, es decir, que no fabricaba su carbono como una planta fotosintética, sino que lo obtenía "comiendo" materia orgánica de distintas fuentes del entorno.

Ese tipo de variabilidad isotópica se parecía más al comportamiento de un hongo que al de una planta o un alga. Años más tarde, otro trabajo discutió posibles etiqyeras para Prototaxites, explorando analogías con hongos modernos y con los ciclos de carbono de aquellos paisajes paleozoicos.

Pero el problema siempre fue el mismo: Prototaxites se parece a un hongo… hasta que deja de parecerse. Su tamaño descomunal para la época, la ausencia de estructuras reproductivas inequívocas y, sobre todo, esa microanatomía en tubos que no se deja domesticar por los manuales.

De hecho, una línea de estudios defendió que P. taiti tenía rasgos compatibles con ascomicetos basales (incluyendo estructuras fértiles interpretadas como parte de un himenio), algo que, si fuera correcto, lo devolvería al reino Fungi por la puerta grande.

Incluso quienes apoyan esta lectura subrayan un punto crucial: para clavar la clasificación, la reproducción manda; sin ella, todo son apuestas con distinto grado de riesgo.

Química rebelde, linaje perdido

Este nuevo trabajo de 2026 aprieta precisamente ahí, pero en sentido contrario. Al modelar en tres dimensiones cómo se conectan los tubos internos, describe un patrón de ramificaciones y "reconexiones" que, según los autores, no se ve en hongos conocidos.

Y la química tampoco ayuda a cerrarlo: en las coberturas divulgativas de la investigación se destaca la ausencia de señales típicas de pared fúngica (como la quitina) y, en cambio, la presencia de compuestos que recuerdan más a materiales asociados a plantas (tipo lignina), aunque el organismo no sea una planta.

No es un detalle menor: la pared celular es casi un documento de identidad en biología. Si ese "pasaporte" no coincide con Fungi, el caso se complica. Si la propuesta es correcta, la pregunta cambia de nivel. Ya no sería "¿hongo o alga?", sino "¿cuántas veces intentó la evolución construir gigantes en tierra firme?".

Prototaxites pasaría a ser un experimento de multicelularidad grande que floreció en un intervalo particular (aproximadamente entre el Silúrico tardío y el Devónico tardío) y luego desapareció sin descendientes evidentes. Ese tipo de desaparición total no es imposible.

El registro fósil está lleno de linajes que prosperan y se evaporan. Lo que lo hace más incómodo aquí es que hablamos de un organismo enorme, visible, dominante, y aun así huérfano en la biología moderna.

Puede que futuras revisiones lo devuelvan al cajón de los hongos gigantes; puede que nuevas técnicas refuercen la idea de un linaje perdido. En ambos casos, el mensaje es el mismo y no necesita dramatización: cuando la vida colonizó la tierra, no solo estaba conquistando un territorio.

También estaba probando formas. Y algunas, por espectaculares que fueran, no llegaron hasta nosotros.