Noam Chomsky. Foto: Chatham House, Londres

Noam Chomsky. Foto: Chatham House, Londres

Ciencia

Noam Chomsky (98 años), filósofo, sobre la felicidad: "Comienza por asumir nuestro instinto natural para la libertad"

En su opinión, la elección consciente de comprometerse con un mundo mejor es la única vía posible para combatir la desesperanza y dotar de sentido a la experiencia humana.

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Las claves

Noam Chomsky defiende que la libertad es un instinto natural humano, no solo un principio moral o cultural.

La libertad, como capacidad de elección, es fundamental para la felicidad y la realización personal, según Chomsky y la tradición filosófica.

Chomsky advierte que el pesimismo puede convertirse en una profecía autocumplida y llama a asumir la responsabilidad individual de actuar.

La neurociencia y la psicología actual respaldan la idea de que la toma de decisiones y los actos altruistas son claves para el bienestar y la felicidad.

El debate sobre la relación entre libertad y felicidad ha atravesado la historia del pensamiento como un dilema persistente. ¿Son realidades equivalentes, fines distintos o conceptos que dependen uno del otro? Tradicionalmente aparecen entrelazados: la libertad, entendida como capacidad de elección, suele operar como condición previa de la felicidad, concebida como un bienestar interior sostenido.

Desde Aristóteles, que vinculó la eudaimonia a una vida virtuosa guiada por decisiones libres, hasta John Stuart Mill, que hizo de la libertad individual un motor del progreso humano, la autonomía ha sido el eje de la realización personal. Más tarde, Zygmunt Bauman añadió un matiz decisivo: la felicidad asumir la responsabilidad de elegir la propia actitud vital.

Para el lingüista y activista estadounidense Noam Chomsky, la libertad no es un ideal abstracto ni un principio moral, sino una dimensión constitutiva de la naturaleza humana. Influido por Bakunin, la define como un instinto de libertad y la reformula como un auténtico problema biológico, inseparable de la condición humana.

El longevo pensador se distancia de la tradición europea que, desde Kant, abordó la libertad como una cuestión de razón práctica. Para él, la capacidad de elegir no es una construcción cultural tardía, sino un rasgo tan evidente como cualquier otro aspecto de nuestra biología. “Desde un punto de vista estrictamente fenomenológico, la libertad de la voluntad es casi tan obvia para nosotros como cualquier otra cosa”, afirma en una entrevista en Bloghemia

Esa evidencia no implica, sin embargo, que la libertad sea plenamente explicable. Chomsky recuerda que nuestras mentes son organismos biológicos con capacidades y límites definidos.. “Tenemos esencialmente las mismas opciones, sea cual sea nuestra expectativa de éxito”, señala, subrayando que la acción no depende del optimismo, sino del reconocimiento de esa capacidad de elegir.

Asumir ese instinto natural implica una responsabilidad ineludible. Aunque reconoce el peso de los condicionamientos sociales y culturales, Chomsky insiste en que el individuo conserva siempre un margen de decisión. En ese punto introduce una advertencia tajante: “Si asumes que no hay esperanza, garantizas que no habrá esperanza”, una formulación que describe cómo el pesimismo puede convertirse en una profecía autocumplida.

Frente a esa parálisis, el pensador plantea la alternativa como una elección consciente. “Si asumes que existe un instinto de libertad, hay oportunidades para cambiar las cosas, hay una posibilidad para que contribuyas a hacer un mundo mejor. Esa es tu elección”. En esa decisión, sostiene Chomsky, se juega el sentido mismo de la acción humana y de una vida con significado.

El mensaje es un llamado a la acción sin garantías de éxito. La lucha por mejorar la realidad no depende de la expectativa de victoria, sino del compromiso con el acto mismo de intervenir. En esa agencia humana, Chomsky sitúa la única vía para escapar del determinismo y de las ataduras mentales que alimentan la desesperanza contemporánea.

Libertad individual y propósito compartido

Este planteamiento encuentra apoyo en la psicología y la neurociencia actuales. A pesar de vivir en una época objetivamente más próspera y segura, la felicidad subjetiva no ha avanzado al mismo ritmo. La libertad individual, lejos de eliminar el malestar, ha intensificado la responsabilidad de decidir y actuar, transformando la experiencia emocional contemporánea.

El psicólogo de Harvard Steven Pinker ha señalado que la ansiedad no es una anomalía, sino el precio psicológico de la autonomía moderna. La ausencia de caminos vitales predeterminados obliga a elegir de forma constante, y esa exigencia convierte el malestar moderado en una señal de implicación activa con la propia vida.

La neurociencia refuerza esta lectura al mostrar que la toma de decisiones y el bienestar tienen una base biológica profunda. El neurólogo Antonio Damasio explica que el marcador somático, el sistema mediante el cual las emociones orientan la acción, no solo guía hacia el beneficio propio, sino que se proyecta hacia la vida social.

Según Damasio, la felicidad solo se sostiene cuando se negocia con la del otro. Los actos altruistas activan los circuitos cerebrales de recompensa, de modo que la cooperación y el propósito compartido no son solo valores éticos, sino extensiones funcionales del equilibrio biológico individual.

En este punto, la neurociencia converge con la tesis de Chomsky. La libertad no es una abstracción moral ni una ilusión cultural, sino una capacidad biológica orientada a la acción. La felicidad no es fruto de la ausencia de conflicto, sino del ejercicio consciente de esa libertad, asumida con responsabilidad, dirigida hacia un sentido y sostenida en relación con los demás.